James Gunn volvió a hacerlo. Cambiando de escudería, pero con la misma desfachatez que mostrara en Guardianes de la galaxia (2014), Gunn se sumerge de lleno en esta historia con otro cómic Clase B. Si en la década pasada dio una clase magistral de cine de acción y aventuras superheroico metiendo todo el imaginario pop a esa historia de galaxias lejanas repletas de humor y ternura, en El escuadrón suicida repitió la fórmula con el mismo resultado. Tanto en Marvel como en DC, Gunn se mueve como un maestro en el terreno que conoce. La acción nunca es solemne y el relato le da cabida a una serie de personajes desconocidos que, de este modo, ingresan en las grandes ligas. Luego de las experiencias fallidas de Batman vs Superman y de La Liga de la Justicia de Zack Snyder, las nuevas ficciones de DC comienzan a pensarse como universo de un modo orgánico. Wonder Woman fue, de algún modo, el puntapié inicial y la cuestión del heroísmo en clave de perspectiva de género fue acompañada por el Aquaman de James Wan, una película de aventuras sin ningún tipo de pretensión que terminó convirtiéndose en una bocanada de aire fresco en un universo que estaba imbuido de solemnidad y, por momentos, de absurda pomposidad. El ingreso de Gunn a la escudería que tiene como estrellas rutilantes a Batman y Superman pareciera dinamitar esas ideas sobre las que estaba edificado el universo DC y que se hacían evidentes en las últimas versiones cinematográficas de las naves insignias de la escudería.

Cruza entre Doce del patíbulo de Aldrich y Freaks de Todd Browning, la película de Gunn propone una ácida mirada geopolítica que la diferencia de la mayoría de las películas de superhéroes contemporáneas. Esa es una virtud que distingue a esta versión de la irregular primera parte, que quedaba encajonada en un formulaico ejercicio de acción sin gracia. Gunn rastrea en la infancia de cada uno de sus personajes y trabaja con ese trauma fundacional para organizar la trama desde esa herida sin cicatrizar. Cada uno de los traumas de estos héroes será puesto en tensión y, a diferencia de lo que sucede en el cine mainstream contemporáneo, el punto de vista sobre el que se decide trabajar no es el de la lucha tradicional entre el bien y el mal. No solo cuesta distinguir entre buenos y malos, sino que esa ambigüedad moral le sienta muy bien a un relato en el que la diversión y la profundidad van de la mano. Desde la primera escena está claro que los que organizan al «escuadrón suicida» carecen de cualquier atisbo de moral y escrúpulos. De este modo se potencia el rasgo heroico de los protagonistas, que se encuentran solos, librando una batalla que no eligieron dar. La idea de otredad sobre la que trabaja Hollywood a menudo muta aquí en una mirada que cruza la perplejidad con el extrañamiento.

Como en toda película de superhéroes que se precie, los malos siempre están lejos geográficamente: en este caso, en Sudamérica, en una isla imaginaria llamada Corto Maltese en donde conviven dictadores, científicos nazis y políticos corruptos (en este caso, el argentino Juan Diego Botto hace de presidente de esta ficticia república bananera). Pero la virtud del director de Guardianes de la galaxia es no tomarse nunca demasiado en serio esta línea argumental. Gunn está preocupado por las relaciones vinculares que unen a este grupo de convictos enviados al muere por la agente Waller (interpretada con frialdad y cinismo por Viola Davis). Cuando posamos los ojos en su personaje, la trama pareciera dejar de lado su costado lunático y divertido para tornarse repentinamente amarga y densa. Ya en la primera escena, en la que la película decide olvidar a su predecesora, entendemos que el escuadrón suicida se encontrara a la deriva y que buenos, lo que se dice buenos, no hay casi en ningún lado.

Gunn demuestra su virtuosismo para filmar escenas de acción al ritmo de una hermosa banda de sonido que refuerza el poder de cada una de sus imágenes, construyendo de este modo un imaginario estético que lo acerca al Tarantino de Kill Bill. Como si la violencia desmesurada del film solo pudiera representarse desde un tratamiento visual que aliviane su carga originaria. Ese contraste potencia la historia a narrar, le da a Gunn la posibilidad de entrar y salir de ese mundo desde una estética cool, jugando con las formas del videoclip como en la escena en la que Harley Quinn descarga sus ansias de venganza al ritmo de Just A Gigolo, en un momento que condensa el espíritu de época con la corrección política que estos productos brindan de manera protocolar.

Gunn es fanático de los cómics de El escuadrón suicida, que eran el secreto mejor guardado de DC Comics desde mediados de la década del 80. Representantes del nuevo lenguaje de las historietas que nacieron al calor de la interpretación que Frank Miller realizara del mito de Batman, los cómics de El escuadrón suicida hicieron gala de una violencia desmesurada y un humor desaforado que Gunn capturó muy bien en la puesta en escena y en el guion que él mismo escribió. La construcción de estos personajes resulta tan importante como las escenas de violencia coreografiada. Y, a la ya mencionada Harley Quinn (interpretada con exquisita perversidad por Margot Robbie), se suman Ratcatcher II (Daniela Melchior), una hija envuelta en el melancólico recuerdo de su padre, y Bloodsport  (Idris Elba), quien mantiene una relación conflictiva con su hija. Ellos dos son los que construyen, entre batalla y batalla, una relación de afecto que los une desde la carencia, gestando un vínculo filial por fuera de los lazos de sangre. Completan el equipo de héroes disfuncionales el muy divertido Dot Man (David Dastmalchian), que utiliza el enojo con su madre para enfrentarse a los malos de turno, el adrenalínico Peacemaker (John Cena) y King Shark, un tiburón gigante con un apetito voraz que en la versión original tiene la voz de Sylvester Stallone.

Hay algo en la película de Gunn del espíritu del Stallone de Los indestructibles, quizás ese modo irreverente de reírse de la trama geopolítica que a menudo se filtra como sentido común en el cine mainstream. El espíritu clásico y sin golpes bajos define a El escuadrón suicida como uno de los mejores productos cinematográficos de DC en lo que va del siglo XXI. Una apuesta por el cine pensado como entretenimiento que recupera la verdadera idea de goce. Quien hubiera imaginado que el cine de superhéroes nos podría dar semejante lección.

Calificación: 8/10

El escuadrón suicida (The Suicide Squad, Estados Unidos, 2021). Dirección: James Gunn. Guion: James Gunn. Fotografía: Henry Braham. Montaje: Fred Raskin, Cristian Wagner. Musica: John Murphy. Elenco: Margot Robbie, Idris Elba, Viola Davis, Joel Kinnaman, John Cena, Daniela Melchior, David Dastmalchian, Silvester Stallone, Alice Braga, Juan Diego Botto. Duración: 132 minutos.


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