Mostrar lo que se suele ocultar. Esa parece ser la consigna central que guía a los documentales que abordan los problemas derivados de la contaminación ambiental. En esa decisión, lo habitual es que lo puntual –el escenario específico que se quiere retratar-, incluso cuando haya intenciones de universalización, se termine imponiendo por sobre las características sistémicas. Queda como una sensación de distancia insalvable entre el ojo de la cámara que registra las imágenes y la vivencia del espacio retratado, como si se tratara de la mirada de un viajero que no puede subsanar ese corte abrupto con el espectador del otro lado de la pantalla. La consecuencia es que, al eventual espectador eso que se cuenta le queda lejos: le genera indignación, una posible empatía con los afectados, pero difícilmente pueda verlo como algo que pueda ocurrirle. Es la distancia que se manifiesta entre el espectador urbano que constituye la mayor parte de quienes compran una entrada de cine y la realidad que suele narrarse que pertenece al territorio de lo no urbano.

Taranto tiene una serie de elementos que alimentan esas producciones de manera sistemática: las aguas contaminadas, el registro estadístico de la incidencia de enfermedades en la zona involucrada, la connivencia entre empresarios y políticos, la indefensión de los ciudadanos y el cuestionamiento al sistema capitalista en el que solo importa la generación de ganancias sin tener en cuenta el costo que impliquen. Pero hay una dimensión en la que se aparta radicalmente de otros documentales sobre la misma temática. Es la forma en que reconduce el relato hacia una proximidad que pone en cuestionamiento los lugares comunes formulados. Si en sí misma, Taranto es una ciudad que se diferencia de otros emprendimientos contaminantes no lo es tanto por la incidencia de las enfermedades, sino porque la industria se instaló en un pueblo consolidado. No se trata tanto de la creación de pueblos o ciudades satélites alrededor de las empresas, sino de la forma en que la empresa se instala en el territorio ya habitado. Es crucial en ese sentido el rescate que hace de un noticiero de época, cuando se ve a las topadoras arrasando con las tierras fértiles, con los bosques cercanos a la ciudad, dejando un espacio yermo, desierto: allí está el germen invasivo que con los años explotará por sus consecuencias. Allí está la prehistoria de la práctica de las últimas décadas de desmonte para cultivos que transforman el planeta.

Pero es también en el cruce con otros elementos documentales del pasado que se instala en principio, otro eje de la discusión que suele ser evitado, como si no fuera parte del problema. El peso de un sistema económico que establece una división tajante, una incompatibilidad entre el trabajo y la salud, como si fueran excluyentes. Esa percepción que ya anida tibiamente en la mirada de los documentos de época, se actualiza rabiosamente en el cruce que se produce entre dos habitantes de la ciudad. El espacio no puede ser más simbólico: la discusión se produce en el cementerio de la ciudad, que no casualmente, linda con parte de las instalaciones de la empresa Ilva. Mientras el hombre de mediana edad recupera la cuestión de la salud y exige en cierta medida el cierre definitivo de la fábrica para recuperar el pueblo, una mujer mayor se ampara en la necesidad de trabajo de la población para justificar su continuidad. Entre la salud negada y la negación de la enfermedad, Taranto como pueblo, como ciudad, parece jugar su destino en ese pendular irresuelto. Es esa misma justificación, la que en el pasado se puso en primer plano: cuando una jueza decidió la clausura de las instalaciones, el argumento esgrimido en su contra fue la pérdida de los empleos para más de 10 mil trabajadores.

Si el sistema se verifica en esas instancias como una construcción que tiende al enfrentamiento entre pares como forma de supervivencia, lo que deja en claro Taranto es que la presencia de los intereses económicos y políticos se mueven en otro nivel, ante los cuales los ciudadanos parecen no tener defensas ni alternativas –ver la discusión que se plantea en la visita del primer ministro, o la cara imperturbable del ministro cuando en la reunión pública, los representantes del pueblo le señalan sus mentiras con datos concretos. Tal vez no haya una síntesis más concreta que la que el documental encuentra en uno de los habitantes del pueblo para comprender lo que ocurre: el hombre que ha tenido que sacrificar a todos los animales que le permitían su subsistencia económica, ante los corrales ahora vacíos, no solo señala que para el Estado la solución única es matar, sino que en esa decisión está llevando a los habitantes de Taranto hacia el matadero, como a sus animales.

El mérito mayor del documental es transmitir el desasosiego logrando romper esa distancia con el espectador. Los mensajes esperanzadores del final, de ese habitante que cambió la siembra y los animales por las plantaciones de cannabis que absorben parte del veneno del aire, sirve apenas para mantener encendido un fueguito tan pequeño y tibio como desolador en el conjunto. En todo caso, lo que prima es la visión terminal que los entrevistados manifiestan a cámara. La transformación que implica no poder dormir porque estaban acostumbrados a los sonidos de los animales que ya no están. La conciencia de estar condenados y la única esperanza que consiste en que la enfermedad tarde en desarrollarse. Pero quizás sea una frase la que defina con mayor elocuencia el estado de cosas. Uno de los entrevistados, después de detallar todas las personas que han muerto por enfermedades en uno de los edificios, dice: “Un niño que tiene un tumor en la cabeza ya antes de nacer, es el fin del mundo”. Taranto se ha convertido en una sala de espera de una muerte que sobrevendrá más temprano que tarde, un espacio devorado por un monstruo quieto que lanza sus maldiciones al aire. Un monstruo que está siempre ahí, como en cada uno de los planos que vemos desde las casas de la ciudad, y donde inevitablemente vemos, erguidas, dominando el espacio, a las chimeneas de la fábrica.

Calificación: 7/10

Taranto (Argentina, 2021). Guion y dirección: Víctor Cruz. Fotografía: Matteo Vieille, Víctor Cruz. Montaje: Marcos Pastor, Víctor Cruz. Música original: Francisco Seoane. Duración: 64 minutos. Disponible en Cont.Ar.


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