
Todo empieza con un mensaje. “No quiero pasar un año más sin ser fiel a lo que soy”, dice La Kalo, como es conocida hasta ese momento por sus trabajos como drag queen. En esa frase aparece implícito el proceso que está encarando con su cuerpo. Una transición, como lo pone en palabras: un período de tiempo en el que se pasa de un estado a otro. Transición voluntaria, pasaje de una identidad original, biológica, a otra deseada y percibida. En fin, que el deseo es el único motor.
El título, en toda su contundencia afirmativa, se apoya tanto en la conjugación en presente en primera persona, como en el acompañamiento del pronombre femenino. No es “Soy la Kalo”: como señala en algún momento, cuando explicita el por qué de su nombre en el nuevo documento de identidad, La Kalo es una parte de ella, la que aparece sobre los escenarios. Debajo, cuando no está “montada”, no se siente en la obligación del brillo que implican las luces de escena. El “ella” remite a una identificación con el universo femenino, que es lo que impulsa esa transición que emprende. Algo que solo la madre pareció advertir desde temprano, cuando la instó a definirse según sus propios deseos.
“Mi transición es dolorosa” dice más adelante. Y ese habitar el dolor implica la adaptación de su cuerpo, en ese paso en el que las hormonas comienzan a bloquear los componentes de la masculinidad para que vaya asomando lo femenino. El cuerpo cambia, se va afirmando lentamente a partir de formas más cercanas a las de una mujer. El crecimiento lento de los pechos está hecho de la mixtura entre el avance perceptible y los pequeños fracasos que implican estancamientos. La transición exige paciencia, como dice en algún momento, pero también aceptar el dolor que implican los cambios (la escena de la última sesión con la depiladora es notoria en ese sentido).
En realidad, el documental narra dos transiciones. Una es la actual, la corporal. La otra es previa, es el tiempo en que el chico que había nacido varón, elige ser trans. No hay un momento preciso, sino que esa etapa se narra como parte del ecosistema familiar: Milena Kalo y su madre vuelven sobre el pasado para contar, a veces con diferencias entre sí –como cuando ella se fue de la casa- ese momento en el que se asume en primer lugar como gay y luego comienza el trayecto hacia el ser trans. En ese relato que oscila entre Tucumán y General Rodriguez aparece la moralidad impuesta por las religiones, el fanatismo de lo punitivo y finalmente la liberación de la castración del deseo. Y especialmente, el lugar que ocupa la madre, que consigue anteponer que se trata de su hija y que no importa la elección sexual que haya hecho. Eso que en algún momento la llevará a decir: “Tengo un hijo trans y lo digo con orgullo”.

El documental sugiere que La Kalo es una máscara, un disfraz. Un lugar en el cual poner aquello que no podía exhibirse a la luz del día. “La Kalo es un monstruo” dice en algún momento, como si intuyera en ella una capacidad para devorar a todo lo demás. En todo caso, es un monstruo creado, uno que oculta lo que hay debajo, bajo capas de maquillaje, pelucas y vestuario en el que se superponen capas hechas de fragmentos. La Kalo es la performer que se sube al escenario, la que puede salir montada en la noche por las calles o en las marchas del orgullo. El cambio es que Milena puede salir por las calles, no solo porque comenzó a poder verse en el espejo y aceptarse, sino porque ahora su cuerpo y su vestimenta tienen parte de esa identidad buscada. El disfraz y la máscara quedan ahora circunscriptos al escenario (Milena, parece por fin, haber dominado al monstruo). En las calles, en la intimidad de la casa, en las reuniones familiares o en su trabajo como niñera, Milena afirma una identidad propia a la luz del día.

Soy ella es, en ese sentido, un acercamiento que logra diferenciarse de otros documentales que abordan el tema –su posible diálogo podría establecerse con Tristán y los días por venir-. En ese punto en el que se suele tender a cierto exceso en la afirmación del universo trans por sí mismo, la película se retrae, prefiere dialogar desde los elementos conflictivos y desde la superación que implica comenzar a percibirse de otra manera, a concretar una imagen de sí misma que represente a la persona en cuestión. La cercanía constante de la cámara con el sujeto que registra, transmite esa intimidad en la que, como hace con su cuerpo ante la doctora, Milena desnuda su historia, la relata sin más pretensión que afirmarse en ella para decir quién es.
Soy ella (Argentina, 2026). Dirección: Cecilia Pinotti. Fotografía: Virginia Rojas. Edición: Cecilia Pinotti. Duración: 85 minutos
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