Los 90 son el tabú de nuestras generaciones. El fracaso de un proyecto democratizador de corto vuelo (los dos primeros años de Alfonsín) derivó en el ascenso de Menem al poder (la derrota de Cafiero en la interna del PJ fue el reflejo hacia adentro de aquel fracaso) y el repliegue del progresismo ante el arrasamiento que supuso. Un Vilcapugio y Ayohuma resucitados para poner en fuga o al menos en suspenso cualquier intento de recomposición. Por esa razón, los 90 no fueron contados, después de las urgencias acometidas desde la comunicación popular (nacimiento de piqueteros y agrupaciones de desocupados). Porque implica, en la mayor parte de los casos, la narrativa de una derrota y de una resignación. Los que registraron la década, en todo caso, fueron los periodistas, pero a riesgo de un olvido más pronto que tardío. O los que encontraron en la narrativa de ficción, una forma de volver a ella sin necesidad de la gestualidad política que la cuestione (la serie Menem es el ejemplo más notable). Fue más fácil, más productivo y paradójicamente cercano, instalarse en la ebullición de los 80 o pegar el salto hacia adelante para narrar la crisis de 2001, como si alcanzara con limitarla a las torpezas de la Alianza y a las tendencias golpistas de algunos gobernadores peronistas. Los 90 siguen ahí, asomando esporádicamente, lateralmente -como en Una noche en Palladium (Francisco Novick, 2025)- pero sin constituirse como relato.

El valor de Eramos tan flacos radica justamente allí, en detenerse en ese tiempo en el que nadie quiere reparar. El tiempo en que comienza el desgajamiento de los partidos políticos tradicionales entre un peronismo liberalizado (“A Perón no se lo nombra porque gobierna Menem” advierte la voz desde el comienzo) y un radicalismo fracasado al que solo le quedaba Franja Morada (con ese acierto en la definición como “militancia mainstream”). Pero especialmente el tiempo de una efervescencia de la resistencia que se mantenía en pie yendo a contracorriente. La focalización de tiempo y lugar (los 90 en la ciudad de La Plata) concentra no solo el significado de esos tiempos, sino que permite trabajar sobre un material que los años fueron sepultando bajo capas de acontecimientos y movimientos estructurales. Castro vuelve sobre sí mismo y su vida en esos años para dar cuenta del contexto y a la vez de su mirada. De ese ejercicio de llevar la cámara como modo de militancia en las calles, registrando las imágenes que terminan de adquirir sentido no tanto en aquel tiempo, sino en la organización que se les otorga en este presente.

1995 y 1996 son los momentos a partir de los cuales se organiza el material. Para llegar allí se impone como movimiento previo registrar el ambiente asambleario de los claustros y el mix entre lo festivo y la militancia por fuera de ellos. Lo dice alguien por allí: son tiempos de orfandad política, de juventudes políticas degradadas que derivan en el boom de las agrupaciones “independientes”. Esos años registran la eclosión de la lucha contra el proyecto de Ley de Universidades Nacionales enviado por el Poder Ejecutivo al Congreso primero y contra la adecuación de los estatutos de la Universidad Nacional de La Plata después. Lo que encuentra Castro es la posibilidad de contar incluso la derrota desde la continuidad de la lucha, desde el sostenimiento de una dignidad casi épica en el contexto (no es exagerado que se plantee la toma del Rectorado como la del Palacio de Invierno), sin tergiversar los hechos, sin llegar a una victoria inexistente. Lo que cuenta Eramos tan flacos es la lucha por sostener un entramado estatal que permita estudiar, recibirse, perfeccionarse.

Las imágenes que registran los hechos plantean una presencia y una ausencia en el campo visual. La presencia se articula en dos ejes: el relevamiento de los actos y formas de la militancia estudiantil y la disposición de un aparato estatal dispuesto para el control y la represión. La ausencia es la de quienes detentan las formas del poder, quienes, eludidos de la imagen, se proyectan como sombras permanentes sobre lo narrado (de las autoridades de la Universidad Nacional de La Plata a Carlos Menem y Eduardo Duhalde). Las primeras son la potencia central que domina la película, especialmente a partir del momento en que se va a tratar la Ley. Más que el consignismo, lo que las imágenes muestran es un momento de acción que incluye la toma de facultades en primer lugar, del Rectorado después y las movilizaciones (incluyendo el “tren de los miércoles” a Buenos Aires) para evitar el tratamiento de la Ley. Y como consecuencia de esa acción, su principio contrario, el de la reacción represiva y la continuidad de la resistencia como forma colectiva (esa notable imagen de los detenidos en el patio de Caballería en 1 y 60). Donde ese cuerpo de imágenes adquiere una densidad política extraordinaria es cuando encuentran su reverso, cuando las imágenes que filmaba la Policía de la Provincia de Buenos Aires para la DIPPBA se ponen en relación y revelan el cruce de miradas, un duelo establecido entre dos instancias que se revelan, en ese punto, también simbólicamente contrapuestas. Un juego en el que el mirar al otro (“Mirar a los buenos porque en algún momento dejan de serlo”) implica la conciencia de estar siendo observado, un registro que en lugar de tensionar un equilibrio lo lleva al desajuste (la mirada es testigo del accionar del otro, justificación para la acción propia). Los ausentes son la representación de aquello contra lo que se combate aunque permanezcan en las sombras: son reemplazados por la fuerza represiva mientras se resuelven las cuestiones que atañen a su poder, en recintos ajenos, blindados al público y a la mirada (el Congreso de la Nación, el recinto de la Universidad Nacional de La Plata). De la misma manera, el documental persiste en el presente, en el testimonio de aquellos que marcaron esa historia con sus presencias, porque son ellos los que pueden relatarlo desde la perspectiva que se busca.

“Los 90 fueron largos” dice uno de los entrevistados. Una sensación del tiempo marchando a contramano de los tiempos, subyace en ese dicho: la lucha continua hace que las nociones temporales se disipen, se dilaten. Pero cuando la película está llegando a su final, entre derrotas (la ley votada) y victorias no tan pírricas como pueden suponerse (la Universidad Nacional de La Plata no pudo aplicar el estatuto aprobado), otro testimonio recupera la gesta con un gesto. “Los 90 nos dejó la vara muy alta”, dice para señalar tanto la decisión de luchar como la hermandad que los sacó de la orfandad política. Si la continuidad de ese momento se reconfigura en López Murphy reduciendo el presupuesto universitario en la previa al desbarranco del 2001, resuena en un presente similar en el que parece que la experiencia militante no hubiera sido aprovechada. Eramos tan flacos mira hacia el pasado pero lo hace pensando en un presente equivalente: su pretensión no se detiene en ese tiempo, sino en la necesidad de recuperarlo para encontrar herramientas que en el presente parecieran haberse extraviado.

Eramos tan flacos (Argentina, 2025). Dirección y guión: Carlos Castro. Fotografía: Sebastián Miglio. Edición: Pedro Barandiarán. Duración: 80 minutos.

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