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Domingo, mediodía. Ayer en Cuevana: Noche de miedo y Frost/Nixon. La primera es la remake de una película de los ’80 que no vi, una historia de vampiro y adolescentes que se desarrolla entre la inminencia del debut sexual y su consumación demorada. Buenísima idea. La otra es un drama liberal narrado como si fuese un duelo, según la matriz narrativa de las historias de box. En este rincón, el periodista Frost y su equipo. En aquel otro, el ex presidente Nixon y el suyo. Preparación del combate. Analogías. Cada entrevista, un asalto. La secuencia de asaltos, un crescendo. Es básica pero atractiva, convenientemente filmada con cámara en mano en varias ocasiones. Y tiene esta idea simpática: un intelectual crítico (me refiero al asesor de Frost) aprende luego de su experiencia que la televisión no solo es un arma de distracción masiva sino que puede en un primer plano revelar algo que ningún otro lenguaje es capaz de revelar.

10 de diciembre

Lunes, dos de la tarde. Ayer vi cuatro películas en Cuevana, mi actual clínica para adictos. En realidad fueron tres porque la otra, Vil romance, la había descargado por Emule. Debe haber estado bueno ver la de Campusano en el festival, sin muchas previsiones, y descubrir unos personajes y un conurbano desconocidos para el cine argentino. Las otras tres son parte de lo mejor que ofreció Hollywood en los últimos veinte años. El fugitivo tiene un feo trabajo de sonido en los flashes del asesinato, pero el resto es, como se dice, trepidante, y tiene al menos una secuencia –la de la visita a la cárcel y posterior fuga en medio del desfile irlandés– absolutamente memorable. Harrison Ford está perfecto, aunque en el mismo registro es superior su actuación en Búsqueda frenética. Después vi RoboCop y Duro de matar. Hacía mucho que no veía la de McTiernan y recién ahora descubro todo lo excelente que hay en ella. Incluso es notable el modo en que incorpora el comic relief ochentoso sin que resulte insufrible. Rickman la rompe pero la película es de Bruce, que corre, suda, mata, sangra y recupera su matrimonio. Un campeón. RoboCop es maliciosa. Sus delincuentes de caricatura y diversa procedencia étnica no son tan distintos de los empresarios, también ellos figuras planas. El dinero ensangrentado es una lexía que tendría que perseguir. La recuerdo en Ojos de serpiente: el momento en que Cage dice No (y que Mitre no debe haber visto nunca). La guita sucia en RoboCop tiene que ver con el libre mercado, las corporaciones, el control financiero de la seguridad y la política. No es poca cosa. Las emisiones televisivas –noticias y publicidades– son buenísimas. Dice un personaje sobre lo que prefieren los americanos: «Más grande, cada vez más grande». Verhoeven volvería a la carga años después con Invasión, una película que espero revisar en estos días y que en su momento califiqué estúpidamente de fascista. De El vengador del futuro –que vi cuando tenía 16- tengo un gran recuerdo. Michael Ironside (para mí siempre Tyler) perdiendo los brazos. La enana con tres tetas. Además la fui a ver con Claudio.

11 de diciembre

Martes, mediodía. C. tiene el casamiento de Beatriz así que voy a dedicar todo el día a ver películas. Una detrás de otra, como si fueran cigarrillos en una sobremesa larga. Ayer vi tres, luego de salir a comprar unas camisas, pasar por Fray Mocho y no traerme nada, que para qué, si apenas leo. Primero, Blade Runner. Las razones por las cuales goza de prestigio deben ser similares a las que elevan a Kubrick tan por encima de sus méritos, entre ellas el peso del diseño y la presencia de temas importantes. Pero es pueril y aburrida. Después vi Contracara y Agente internacional. La primera es genial y a veces imbécil, aunque las palomitas blancas y las reparaciones no pueden hundir la imaginación visual, el impulso cinematográfico de cada corte y cada pirueta, la desaforada actuación de Nicholas Cage, el mejor peor actor de Hollywood, tan memorable acá como en Ojos de serpiente y Un maldito policía en Nueva Orleans. Agente internacional es tremenda. No recordaba casi nada excepto la escena en el Guggenheim y los techos turcos del final. La escena de apertura es maravillosa. Aún más, el plano de apertura, con la cara de Owen y los títulos a un lado, es de antología. Luego, la persecución de un banco es siempre una gran idea, porque no hay villano peor ni tan metamórfico. La película consigue, además de atacar las nefastas operaciones en dinero y armas, enfrentar a dos hombres solitarios: el sheriff en busca de una justicia imposible y el ex comunista que trabaja ahora para el banco, un derrotado que ha decidido aceptar el carácter invulnerable del poder que combatió toda su vida. El final en Turquía es extraordinario. No hay lugar en el mundo para Owen: ni dentro ni fuera de la ley.

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12 de diciembre

Miércoles, siete de la tarde. Tengo un día de mierda, o mejor dicho, tengo un desánimo que me roe lentamente y cada tanto se me hace claro. Recién casi lloro, sin razón aparente. Es mi momento La noche, mi momento Viva el amor. Angustia y abstinencia, no sé si la primera viene de la segunda o son independientes y se juntaron hoy para joderme el día. Hace un rato vi Bastardos sin gloria, que es lo más grande que hay. Cuando la película terminó y no pude enganchar otra en Cuevana empecé a sentir el peso del tiempo. Muy firme, muy físico. Encima ayer vi La mamá y la puta. No fue hasta un rato después de terminarla que me di cuenta de la desazón suprema. Capaz que lo que me pasa hoy viene de ayer, de mi pésima elección. Qué rigor para el desencanto tiene Eustache. Que de derecha (no sé qué digo) puede ser la angustia pero que verdadera es así, cuando se mete hasta el tuétano. Solo Céline se animó a tanto.

17 de diciembre

Lunes, mediodía. Me cuesta mantenerme lejos del cigarrillo. Sigo combatiendo las ganas de fumar revisando películas. Ayer vi Enemigo público, que me había gustado diez años atrás pero de la que no recordaba más que unos satélites. Como historia paranoica funciona diez puntos. Tengo un problema con Will Smith, al que le queda grande el papel del hombre medio metido en una situación riesgosa y de enorme alcance que tan bien le sale a Harrison Ford. La historia es puro liberalismo progresista: los servicios de inteligencia y toda su maquinaria contra un abogado laborista que sin comerla ni beberla se ve involucrado en la puja por una ley que amenaza la vida privada. La gran frase del film, la que sostiene todo, la dice la esposa de Smith cuando su marido le pide que abandone la casa, que no es segura: “Yo elegí esas cortinas”, contesta. O sea: ni a palos. Genial.

18 de diciembre

Martes, tres de la tarde. Ayer, atacado por la abstinencia, me descubrí apostando como cuando era pibe un futuro a la superación de cierta prueba. El asunto es simple: si hago tal cosa, entonces sucederá tal otra. Las reglas del juego son claras: el desafío no debe involucrar un tema conocido o una habilidad cierta (hoy diría: el cine, el rock argentino) sino algo coyuntural, nacido de la situación misma en que la necesidad del juego nace. Si golpeo con estos caracoles aquella piedra, grande y relativamente cercana, entonces las ganas de fumar se me irán pronto. Así jugué en la playa. El tamaño y la distancia de la piedra hacían posible que obtuviera un buen resultado, pero la exigencia de que todos los caracoles que tenía en la mano debieran golpearla funcionaba como obstáculo. No se trata del azar o de algo en lo que no participo. De nada sirve decir: si Independiente gana cuatro partidos seguidos entonces tal cosa. O: si durante veinte días no llueve entonces tal otra. No sirve porque son casos en los que estoy imposibilitado de afectar el futuro. Cuando tenía ocho o nueve el juego tenía que ver con la gloria deportiva: hacer goles en el Rojo, dar un pase bochinesco. A los once o doce se relacionaba con la enfermedad de mami. Si hago tantas flexiones, mami mejora. Si me salen tres o cuatro solitarios de los diez que conozco el dolor de mami se calma. Ahora tengo casi cuarenta. No debe hablar bien de mí esta manera de enfrentar las cosas.

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Miércoles, medianoche. Ayer vi en malas condiciones la remake de El tren de las 3:10 a Yuma. Entre sueños, me pareció buenísima. También vi In Time, una de ciencia ficción que literaliza la idea de que el tiempo es dinero y piensa que con eso basta. La dirigió el mismo estafador de Gattaca. Actúa Justin Timberlake, al que insisto en llamar Jude Law. El peinado de la actriz es una cita de Alphaville. En los papeles hay cosas que están buenas. La ciudad se divide en zonas de tiempo. Para pasar de una a otra es necesario pagar peajes, y a medida que se va del gueto al centro los precios aumentan. No hay una ley que prohíba el traslado sino una realidad social que lo hace imposible. Todos son en principio inmortales, pero una vez cumplidos los 25 hay que juntar tiempo, y las posibilidades de conseguirlo dependen de la clase a la que cada uno pertenece. El tema es así. Si tenés poco tiempo tenés que trabajar o robar. Si tenés mucho podés tomarte todo con calma, caminar lentamente, disfrutar de cosas que los otros no tienen en cuenta porque están ocupados en sobrevivir. Escribo y me digo: distopía anticapitalista. ¡Debería gustarme! Pero no. Una película no se sostiene con ideas buenas, y menos que menos con ideas justas. Se sostiene –por lo menos en un caso como este- con escenas de acción deslumbrantes, con una historia de amor que emocione, con actores carismáticos. No hay nada de eso acá. In Time es mala y embolante. Antídoto absoluto: Bajos instintos, que no tiene ninguna idea justa. Qué bien filma Verhoeven. Qué buena es esta película, que hace con el thriller erótico lo que RoboCop con la ciencia ficción: asume el género y disfruta el ridículo con una desvergüenza propia de los grandes. Debo ubicarla junto a Perversa luna de hiel y Posesión en mi grupo de placeres absolutos y descarados. Transcribo un diálogo fenomenal: “Mis amigos me llaman Katherine / ¿Y cómo te llamaba Manny Vásquez? / Puta, básicamente”.

20 de diciembre

Jueves, medianoche. Hoy terminamos de ver con C. la miniserie que hizo Todd Haynes sobre Mildred Pierce. Me gustó mucho y tengo la melodía en la cabeza, creo que porque me recuerda una canción de Nick Cave. No leí la novela de Cain así que desconozco si es cierto que la serie la sigue con fidelidad, como leí por ahí. Igual me importa un pito: para la fidelidad están los perros y el matrimonio. Sí identifico bastantes diferencias con la versión de Curtiz y Joan Crawford, que vi hace no tanto. Cuando escribí el ensayo sobre las madres pensé ponerla en relación con Stella Dallas, pero al final preferí hablar de All I Desire. Stella hace todo por una hija encantadora y pizpireta. El de Mildred es un sacrificio mayor: se desvive por una víbora que no la quiere más que como banco. En una línea diría: esta es la historia del ascenso social de una mujer en busca de la felicidad de su hija. Mildred cocina tortas en su casa, trabaja como camarera, pone un restaurante y luego abre toda una cadena. Su progreso afirma una idea muy americana de las cosas, que premia el trabajo obsesivo con un rendimiento seguro y que tiene su contracara en el buen vivir aristocrático: un conjunto de modales que desprecia el dinero que necesita para desplegarse. El cine estadounidense lo tuvo siempre claro: el capitalismo debe ser defendido de sus deformadores, y sus beneficiarios desagradecidos deben ser moralmente juzgados. Capra filmó un cuento con brujas en forma de banqueros que especulan y con hadas en forma de banqueros que invierten. Curtiz filmó la historia de una madre que produce y una hija que gasta y se queja del olor a grasa que tienen sus billetes.

image (1)Lo mismo pasa en las cinco horas y media de la miniserie. Pero Haynes filma en color, mantiene el orden cronológico, se aparta del cine negro y confía en que Kate Winslet sostenga la larga historia. Y Kate Winslet la sostiene, obvio, como hace siempre. Otras diferencias que me vienen a la cabeza: en esta versión Veda se convierte en una exitosa soprano luego de fracasar como pianista, Monty no es asesinado y al final de tantas peripecias Mildred vuelve a casarse con su primer esposo, vuelve a su casa después de su experiencia nefasta en Pasadena y vuelve a la producción de tortas luego de perder sus restaurantes. La gran frase de la película -“Con Veda me di cuenta de que los cocodrilos hacen bien: se comen a sus crías”– se convierte acá en un largo y notable parlamento del director de orquesta italiano que copié a las apuradas, me parece que con bastante fidelidad: “Usted parece razonable. Va al zoológico, ve una pequeña serpiente. Es de India, toda roja, amarilla, negra. Muy linda serpiente. ¿La lleva a casa? ¿La tiene de mascota como un cachorro? No, usted tiene sentido común. Se lo dije, es lo mismo con Veda. La serpiente es para mirar, no para llevar a casa”.

En el papel en el que copié esta frase había otra. Tardé un rato en darme cuenta de dónde venía. Es de Contagio, la tal vez última película de Steven Soderbergh, el tipo que filma demasiado. Es fría como un cubito, y es posible que la exposición seca de la epidemia sea una virtud (no así todas las grageas de historias que le sirven de soporte dramático). La frase que anoté es esta: “Tener un blog no es escribir. Un blog es grafitti con puntuación”. Es falso. Pero tiene malicia. A pesar de la frasecita, Contagio trata de incluir de un modo novedoso el fenómeno de la comunicación virtual. Por lo menos yo no registro otra película que tenga un personaje como el de Jude Law. Law se pone en escena en la red, denuncia complots y se muestra como prueba de lo que afirma. Es como Piñeyro en El rati horror show, pero su heroísmo de ciudadano probo y corajudo resulta un bluf: el tipo es otro garca, uno más en la red de ventajeros que tratan de hacer plata en medio del desastre. Sin héroes liberales por acá.

21 de diciembre

Viernes, dos y media de la mañana. Películas que ocurren en un día. Hoy vi dos de esas. Una me pareció excelente, y si tuviera que hacer una lista de los años 90 le reservaría un lugar. Es Twister. Quién lo hubiera dicho. La recordaba vagamente, como entretenida. Pero hoy a la tarde fui feliz, y me importan un pito la música y el trauma de infancia “Papi se fue volando”. Twister es aventuras y screwall comedy. Viento y rematrimonio. Qué lindo. Cuánto hacía que no me sentía tan excitado mirando una película. Que no se acabe, pensaba. Que no llegue nunca el turno de la última maquinita y el tornado número 5. Pero a la vez: que se besen, que consigan hacer volar los sensores. Ya lo dijo Wilde en Ernesto: “Este suspenso es insoportable: que no termine”. En su feliz ignorancia de la psicología –el personaje que ejerce esta profesión es justamente el que se tiene que mandar a mudar –la película divide todo en dos grupos: de un lado los que quieren fama y dinero, del otro los que aman el viento. Bill Paxton tiene que decidir entre sentar cabeza y seguir corriendo. Helen Hunt tiene el papel de su vida. Hawks. Sin dudas Hawks. Aguante Eolo. La otra película –Peligro en lo profundo o algo así- no tiene remedio. La vi recién en el cine. Trasnoche, tiburones y 3D. Una combinación potable, sobre todo después de haber visto Piraña en casa. Pero no. No funciona nunca. Y ni una teta se ve.

27 de diciembre

Jueves, tres de la mañana. Sigo con el cine. Vine hace un rato de otra función gratuita, Un zoológico en casa. No sé qué decir excepto que es de lo peor que uno puede ver en la maldita cartelera comercial. Crowe, su director, es nadie, y todos deberíamos saberlo. No ocurre lo mismo con Damon, un actor que despreciaba y en el que cada vez confío más. En la película todo es fofo. Quien quiera elevar el tono puede decir: la reconciliación entre padre e hijo se da de cara a la muerte. Lo que significa: el pobre tigre se está muriendo y es cuando hay que tomar la decisión de matarlo que el diálogo nace y cambian las cosas para bien. Pero nada redime tanta pavada, y tampoco importa que en el prólogo aparezca un Chávez señalado como dictador, luego una alusión a Bolivia y luego otra a los mineros chilenos.

28 de diciembre

Viernes, medianoche. Repasé en esta semana las tres películas de Bourne. La primera es la mejor, las otras tienen secuencias estupendas pero pierden el interés a medida que el personaje gana en biografía, recupera datos y consigue una conciencia. Los flashbacks afean la superficie. El personaje de Joan Allen es horrible y funciona como salvavidas de los servicios del estado, la paloma que se impone a los halcones y compadece a Bourne. La cámara –sobre todo en la última entrega– tiembla demasiado. Lo que me parece interesante es la idea de oficina-mundo que aparece en las tres películas, la contraposición –pero también la metonimia– entre un lugar cerrado repleto de máquinas y técnicos de la información y la tierra entera, convertida ya en un espacio sin recovecos capaces de durar.

Bourne es la expresión máxima del sistema pero también su falla, y cuando la falla se expresa en escenas de acción, cuando es su habilidad con los puños o su inteligencia para interpretar el espacio lo que se muestra, entonces la película consigue grandes escenas, como la cuádruple persecución en Tánger. Pero cuando la falla se expresa en los sentimientos las cosas no salen tan bien, y el único camino que la saga puede transitar es el del humanismo más pueril, y eso que Damon se carga valientemente las escenas sobre sus hombros y pide perdón como un verdadero actor de cine. También vi Deja vu. Washington es el anti Damon y me rompe las pelotas como casi siempre, pero la película tiene una carga de romanticismo enorme, valiente y descocado, y un momento hermosísimo e inolvidable en el plano que muestra a la mujer en la pantalla y a Washington frente a ella, cada uno en su propio tiempo, uno vivo y la otra muerta (o no). El populismo del cine yanqui nos tiene acostumbrados a los héroes bomberos, abogados de segunda línea, periodistas, médicos, policías sin cargo jerárquico y hasta trabajadores como el Cruise de La guerra de los mundos. Un parlamento genial de Washington resume esto: “Hablaré despacio para que entiendan los que tienen un doctorado”.

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29 de diciembre

Sábado, dos de la mañana. Me queda un poco lejos la comedia contemporánea. No exactamente lejos, porque comprendo sus códigos sin tanto esfuerzo, sino más bien incómoda, como si no consiguiera sintonizar totalmente con un género que tiene su gracia, que tiene su pop, que tiene su fraseología pero que en muchas ocasiones no supera la narración más básica, torpe, falta de ritmo. Me pasó hace unos meses cuando vi Anchorman y me pasó otra vez hoy con Ricky Bobby. Algunas escenas se me hacían tan largas que parecían secciones televisivas, y terminé pensando en los Monthy Python, un grupito al que solo los snobs pasados de moda pueden considerar superior a Ferrell y compañía. Lo más interesante de Ricky Bobby es el modo en que se burla de la estupidez americana, aunque lógicamente esa estupidez termina siendo querible, por naif y generosa. Ferrell y su amigo, la esposa rubia y modelo, los hijos, el padre alocado: son todos imbéciles, igual que las costumbres de la competencia automovilística, su transmisión y sus espectadores. El personaje francés –excelentemente interpretado por el de Borat, que me había parecido entonces un pelotudo– subraya esa falta total de luces. No es que sea una autoridad, porque también el aire cultural europeo está parodiado, un poco a la manera de nuestro Fausto, en el que Del Campo jode con la gauchesca y también con el verosímil de la ópera. Pero es memorable el dialogo en que declara que el valor histórico de Estados Unidos es nulo, mientras que Francia inventó tres cosas fundamentales: la democracia, el existencialismo y el pete. Me reí hasta el dolor de panza. En otro momento lo vemos leer El extranjero mientras conduce. El Godard de JLG/JLG y Elogio del amor debería entender que sus epigramas contra los Estados Unidos son menos agudos que estas tonterías.

Después fui a ver El juego de la fortuna. Es una película muy interesante. El gordito que en la comedia aquella debía llevar a una estrella de rock a un recital que él mismo ideaba como relanzamiento de carrera hace de nerd universitario metido en el mundo del baseball. Brad Pitt hace de manager abierto a los cambios. Lamento no entender nada del juego, pero los pocos planos que muestran sus movimientos me confirman que en él hay verdadera fotogenia. Lo sé por lo que veo acá pero también porque lo sé de antes, ya que tengo la suerte de conocer El campo de los sueños y Eight Men Out, además de cientos de escenas de chico y padre con guante y pelota, que me gustan siempre, vengan de donde vengan. Pero lo que importa para la historia no ocurre en la cancha sino en bambalinas. Ahí, en una oficina llena de videos y con algunos programas de estadística, se cuece un cambio de paradigma. Pitt adopta los criterios del nerd y consigue que un equipo mediocre repita la actuación que logró la temporada anterior con estrellas: final y derrota. El punto de vista está con ellos dos. Los de la vieja guardia, los cazadores de talento a ojo, los que reivindican los imponderables, los que no aceptan que se pueda mensurar el juego, quedan mal parados, no necesariamente porque sean chantas o mezquinos sino porque las ideas nuevas los superan. El asunto es dónde queda lo que llamamos genio, dónde la dinámica de lo impensado. La película no desconoce su participación pero la subordina a la probabilidad. Haciendo esto tenemos tantas chances más que haciendo aquello. La impronta individual podrá moverse en ese espacio ya cartografiado. El equipo consigue el récord de 20 victorias consecutivas gracias a una decisión imprevista de su DT y a la actuación de un jugador que cumple por un instante un rol no programado. Pero este es el clímax dramático. Fue el sistema el que obtuvo los 19 triunfos anteriores y preparó el terreno para que brillen el talento y la intuición, el ojo sensible y el viejo modo.

Otra cosa. El juego de la fortuna (mejor Moneyball, que es más corto) tiene mucho que ver con Red Social, gentileza de su guionista. Pero para mí son casi opuestas. O sea: una me gusta y la otra no. Se me ocurre que son los personajes. Algo me vino a la cabeza en el cine, mientras veía una escena buenísima. En las dos un personaje le cuenta una historia a otro, como metáfora o parábola (las palabras aparecen en las películas, si no me equivoco). La de Moneyball es la del bateador que hace un Home Run sin darse cuenta. La de Red Social tiene que ver con un tipo que vendió apresuradamente su compañía y terminó suicidándose cuando se dio cuenta de que había perdido la oportunidad de ser billonario (espero no recordar mal). La historia del bateador se la cuenta el gordito nerd a Pitt. Es decir, el que ideó un modo de controlar el juego al que confió en él y lo llevó a la práctica. La historia del empresario se la cuenta el de Napster a Zuckerberg. Es decir, nadie a nadie. En la primera, que tiene su escenario en una oficina que el gordo habita como si fuera su pieza, hay intimidad, gratitud y amor por el juego. En la otra, que transcurre en una disco o algún otro lugar inhabitable, no pasa nada de eso, porque entre esos dos pendejos horribles no hay ni un gramo de comunión. El baseball es la pasión de los de Moneyball. A los de Red social Facebook les chupa un huevo.


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