
Lo que se escucha son instrucciones que vienen a través de un intercomunicador. Se observa un espacio oscuro en el que se intuye la figura de una persona que no se puede identificar. Se escucha luego una cuenta regresiva para subir a un escenario. Finalmente, esa mujer sale de las sombras y avanza hacia la luz, hacia ese auditorio repleto de gente que la aplaude. El comienzo del documental define de esa manera la forma que va a adquirir la experiencia. Por un lado, está construido como si se tratara de los momentos previos a un recital de rock. El ingreso a la sala define a Rita Segato, que de ella se trata, como una especie de rockstar (y es prueba, adicionalmente, de cómo la estética del show de rock ha invadido otros ámbitos). Por otro lado, al cortar la escena en el momento en que se produce la salida a escena, señala que el interés del documental no es ese lado del estrellato o del reconocimiento masivo, sino lo que acabamos de ver: ese otro lado previo a la salida al espacio público, previo a las consideraciones de una estrella del pensamiento feminista y descolonizador.
En la casa de los amigos de Rita se cata la zamba “Las golondrinas”, de Eduardo Falú. Se llega al estribillo, cuando dice “Vuela, vuela, vuela golondrina/vuelve del más allá/vuelve desde el fondo de la vida/ sobre la luz, cruzando el mar”. Rita es esa golondrina que vuelve (el tono de esa zamba, de ese adiós deseante de volverse a ver es un anticipo del momento en que Tukuta Gordillo cante la “Zamba para un adiós en Tilcara”, la canción que le escribió a Rita 30 años atrás), para vivir en Argentina. En algún momento del documental, el recuento se vuelve específico. 5 años en Venezuela –el espacio del destierro que provoca un abrazo emocionado con la directora del documental-, 5 en Irlanda del Norte, 2 en los Estados Unidos y más de 30 en Brasil. Pero deja de ser importante porque esos lugares se vuelven distancia. Son recuerdos o eventualmente destinos de viajes en los cuales cumplir con obligaciones. El retorno para vivir en el país pone en paréntesis ese otro espacio, aun cuando uno de “sus” lugares sigue siendo Brasil, donde tiene una casa y donde vive su hijo Ernesto. Hay justamente un diálogo entre Rita y Ernesto que transita esos lugares y la pertenencia. “Vivir acá es cosa tuya”, le dice Ernesto en relación a su decisión de afincarse en la casa de Tilcara. El en cambio adoptó a Recife, el lugar donde su madre hizo su tesis doctoral. La voluntad de Rita Segato de asentarse en un espacio que implica un retorno a las raíces –es el lugar donde se siente más ella misma- implica cumplir con aquello que menciona en algún momento: que cuando se fue del país a los 23 años, se fue pensando siempre en volver.
En el diálogo con Ernesto surge también la idea de familia y la relación entre Rita y sus hijos. Aparece algo curioso. Rita se observa a sí misma, de manera retrospectiva, como una madre ausente, que depositó la crianza de sus hijos en su propia madre. Se permite incluso la chanza –“No soy una madre chantajista. No fui a la escuela de madres”- pero es su hijo el que la desautoriza, al confrontar con su mirada: fue una buena madre, dice, Y agrega que la admira. Ernesto, en todo caso, puede reconstruir la imagen de la familia de su infancia, como una “familia foro, una familia debate”, donde primaba una discusión intelectual o política que fue la base para sus propios intereses posteriores. Algo de esa construcción se intuye no solamente en el cruce mencionado entre madre e hijo, sino en esa escena en que Rita comparte con su hija Jocelina alrededor de la imagen de un cuadro de Antonio Berni. En ese lugar, las miradas diferentes de la madre y de la hija sobre una misma imagen se vuelven el reflejo de una construcción en la que cada uno de los miembros fueron forjando sus posiciones desde la puesta en discusión de las ideas.
Si la primera imagen recorta el espacio de representación del personaje, el resto del documental asume ese camino como eje central de su desarrollo. La Rita Segato intelectual, la autora de libros esenciales para comprender nuestros tiempos, se disuelve, y aparece solo como resultado de los viajes (el doctorado honoris causa que recibe en la Universidad de Cuyo, la firma de los ejemplares de su libro para los estudiantes en New York) o como trabajo por hacer interrumpido por esa cotidianeidad (el texto de cinco páginas que debe escribir para un libro). Pero el documental pone en suspensión esa dimensión de Segato, incluso hasta cuando refleja su participación en encuentros con otras mujeres, a partir de un corrimiento de la masividad, pero también de un recorte practicado en el montaje. Hasta cuando es invitada a la asunción del presidente chileno Gabriel Boric, el documental elige mostrar lo previo, ese momento en que termina de prepararse con ayuda de su hija, antes de salir de la casa, en lugar de registrarla como parte de esa escena, si se quiere, protocolar. El documental elige ese desplazamiento de manera continua, sistemática, para mostrar ese “lado B” al que alude el título. Pero lo hace también como si siguiera un concepto que se explicita en algún momento: “El proceso de la producción es más importante que el producto”. El documental es una prueba palpable de la puesta en práctica de ese concepto, a la vez que registra la forma en que su personaje central lo aplica en su vida diaria: aquí se trata del proceso de seguir a Rita Segato en ese espacio privado –y que paradójicamente, el documental vuelve público- lo que se vuelve importante, más que seguir el delineamiento preciso de un posible retrato audiovisual del personaje. El registro se vuelve entonces proceso que registra otro proceso: el de aquello que sostiene, desde la vida diaria, la construcción de un universo personal, teórico e intelectual de una pensadora de nuestra época.
Rita Lado B (Argentina, 2025). Guion y dirección: Gabriela González Fuentes. Fotografía: Ernesto Carvhallo. Edición: Guillermina Chariglione. Duración: 82 minutos.
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