“Las Dos caras de la realidad” rezaba el slogan de un exitoso noticiero de la década del ‘80, que operaba como pretensión de resumen y registro de una totalidad. Nadie explicaba cómo era eso de “las dos caras” ni en qué consistía, pero la frase prendió. De algún modo, ese esquema binario parece reproducirse en la forma en que Resistenza aborda al objeto de su relato. Situado en los tiempos de la última dictadura asume, desde el relato de Enrico Calamai, por entonces vicecónsul italiano en Argentina, esa doble vara. Una era la de una Buenos Aires céntrica que exudaba “normalidad” (esa que había anunciado Clarín en su tapa del 25 de marzo de 1976) tras el golpe de Estado. Otra era la de una nocturnidad que se desperdigaba por espacios menos centralizados y que, dice Calamai, le fue referida por primera vez por Giangiacomo Foa, el corresponsal en Argentina del Corriere Della Sera. Esa dualidad que el documental encuentra replicada entre la Embajada y el Consulado de Italia: uno se escudaba en la realidad diurna; el otro reconocía el territorio nocturno y acogía sus consecuencias. “Lo que no se representaba, no sucedía”, señala cerca del final Calamai, como reflejo de esa dualidad que se instalaba entre la negación y la realidad.

Ese doblez de lo real que dejaba lo oculto como un sobre-entendido o como una inexistencia –o una fabulación- se traslada a la búsqueda que se emprende en Resistenza. Lo anuncia Fernando Birri en ese fragmento que puede interpretarse como prólogo: se trata de recuperar la parte luminosa de esos años de exilio. Para ello, ese lado oscuro no es negado, sino que se reduce, a sabiendas de que allí hay historias que han sido contadas demasiadas veces. Las amenazas, los secuestros, las torturas quedan entonces como latencias que sobreviven en los relatos individuales: están allí como marcas, como puntos de partida inevitables, condicionantes de la necesidad imperiosa de partir hacia sitios seguros en los cuales poder preservar la vida. Son esos intentos, esos escapes los que configuran el comienzo de lo luminoso, como si se guiara por esa frase que dice una de las entrevistadas: “Pese a la incertidumbre, tenía la vida”. Y que va a dar lugar a la recuperación, más que de las experiencias individuales, de las formas en que la solidaridad se constituyó en contención en un territorio ajeno.

Si el recuerdo del exilio se recompone como los tiempos duros en los que era difícil conseguir algún trabajo para sobrevivir, lo hace contraponiendo la idea de que para los italianos –o al menos para una parte de ellos- la tragedia de la Argentina arrasada por la dictadura militar se percibía como propia. De esa manera, lo que se consigue es formular una narración en la que se van entrelazando elementos de la acción pública con lo cotidiano privado, lo que implicaba el pasaje de la organización para sobrevivir a la acción para exponer la situación del colectivo y los crímenes de la dictadura. Allí se cruza entonces la convivencia en la Pensión Claudia –una especie de refugio multinacional para quienes llegaban desde todo el mundo a Roma-, la unión del sentimiento del emigrante a partir del tango o la creación y venta de esas marionetas de patos –un hallazgo del pasado repetido en el documental, en tanto permitió a los exiliados sobrevivir durante años- con acciones de tipo guerrilla –los globos en el Vaticano o la bandera en la pelea entre Victor Galíndez y Richie Kates que dicen “Videla asesino”- o los intentos de difundir la situación recurriendo a los jugadores de la selección de fútbol de Italia –aunque solo Antognoni parece haber sido receptivo- o en el propio Vaticano apelando a Juan Pablo II. Lo que expone ese doble recorrido es una vitalidad de la acción que contrastaba con las negaciones que se sostenían tanto desde Argentina como desde buena parte del estado italiano (unidos, como señala el documental por los vínculos a través de la logia P2 y la figura de Licio Gelli).

Lo que se construye, entonces, en Resistenza no es solo la determinación de ese grupo de personas exiliadas por hacer de ese exilio una continuidad de la lucha, sino la forma en que el recuerdo de esta sostiene la existencia de unos otros que se confabularon para ayudar. El primer tramo de la película puede pensarse entonces como la construcción de un héroe. Un héroe modesto, instalado en los pliegues de una burocracia pero que consciente de ello, utiliza sus reglas y sus espacios grises para revestirse de esos atributos que le permitieron salvar la vida de muchas personas. Enrico Calamai, vicecónsul italiano en Argentina, se refugia en esa imagen de hombre común que persiste en el presente –una continuidad de esas pocas imágenes suyas del pasado que el documental logra rescatar-, protegido visualmente por el retrato que alude a la Revolución Mexicana al momento de ser entrevistado. En el pasado, se acuñó una contraseña: “pregunten por Enrico Calamai” le decían a quienes buscaban ayuda y refugio. Los testimonios lo recuperan en esa dimensión que parece perdida en el tiempo y que no parece reflejarse en su tiempo presente (aunque el documental parece haber encontrado ese camino al volver a preguntar por él). El hombre que tenía 30 años, que había llegado a la Argentina en 1972, será, como señala Camarda, un hombre determinado. Conseguir pasaportes, articular redes de refugios –entre casas particulares e iglesias-, encontrar formas y lugares seguros para salir del país; acompañar, en suma, el destino de un puñado de personas que pasaron a depender de sus acciones. El heroísmo de Calamai no es el de un personaje de comic, sino el de una realidad que Camarda resume en una frase: es “un uomo de estato”. Un hombre de Estado. No hay mejor definición que esa para el personaje ni mejor acción de estado que la que practicó en esos años.

La segunda parte del documental focaliza, en cambio, en Italia. En esa forma entre hostil –por idioma, por ausencia de referencias- y acogedora con los exiliados. Los recuerdos –y los recorridos- de algunos involucrados por esa ciudad, recuperan los gestos de organización –especialmente el CAFRA- y de solidaridad –las parroquias romanas que se hacen eco del ayuno de los exiliados hasta forzar la mención pública de Juan Pablo II-, que permitieron avanzar en la conciencia pública sobre lo que estaba ocurriendo en la Argentina. Como en todo el recorrido que articula el documental. La resistencia y el avance se vislumbran como dos elementos complementarios, simultáneos. Y allí está su representación en el espacio privado, en la actividad desplegada por Giorgio Corrente, como psicoanalista de sus compañeros de exilio –pertenencia, pero desplazada, en su necesidad de tomar distancia para poder cumplir con su trabajo- y reflejo de ese flujo entre lo público y lo privado, organizando las sesiones en un café céntrico de Roma. Y en el público, en la publicación de una lista de desaparecidos en la portada del Corriere Della Sera, que obligó a que el silencio impuesto por medios y Estado italiano se resquebrajara definitivamente. Resistenza pone en escena esas tensiones formuladas entre dos espacios –Argentina e Italia- entre los que se articulaba la posibilidad de la muerte y de la vida. Una síntesis de nuestra historia que encuentra su explicitación en la Embajada Argentina en Italia. Allí, de un lado, el busto de Bartolomé Mitre, el constructor de una historia oficial y oficializada, clasista, atravesada por la conquista y la masacre. Del otro, Manuel Belgrano, luchador por la independencia y creador del mayor símbolo patrio. El enfrentamiento que esos bustos simbolizan, aún perdura y la historia que el documental recobra es la prueba más contundente de ello.

Resistenza (Argentina, 2024). Dirección: Omar Neri, Mónica Simoncini. Duración: 87 minutos.

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