Hace un par de semanas volví a ver, después de bastante tiempo, The Southerner (1945), obra maestra de Jean Renoir. En aquella película, la familia Tucker, liderada por Sam, decide abandonar el algodonal en el que trabajan por la paga diaria y seguir el consejo del tío Pete de morir de un infarto en la plantación: “Trabajá para vos mismo, cultivá tu propio alimento”. Entonces Sam hace un trato con su jefe para ocupar una parcela abandonada y pagarle con la cosecha; y parte con su esposa Nona, sus dos hijos y la abuela rompebolas.

Al llegar se encuentran con una tierra descuidada, salvaje, y una casa hecha pelota. Lo que sigue es un año en la vida de esta familia y la lucha contra las inclemencias de la naturaleza, del clima, de un vecino celoso y resentido y de la enfermedad. Sin embargo, Sam jamás se rinde, jamás baja los brazos. Cuando la casa se hace mierda por una tormenta, que además inunda la plantación destruyendo la cosecha, Sam vuelve a rechazar la oferta de un amigo para ir a trabajar a una fábrica en la ciudad (una salida fácil, en relación de dependencia, con sueldo asegurado) y mirando el desastre, simplemente dice: “Hay que volver a empezar”. Ese amigo es, también, el que ante una enfermedad del hijo le regala una vaca para poder darle la leche que necesita y que no puede comprar.

Al terminar El amor a la tierra (su atinadísimo título en español), no podía dejar de pensar que Renoir es un humanista y cómo el humanismo en el cine (rasgo original y primigenio, indivisible en sus comienzos), casi extinto, le dejó el lugar a la misantropía (que se confunde con profundidad) de chantas como Von Trier o Haneke o Iñárritu, que te enrostran que el mundo está lleno de hijos de puta, que tu vecino seguramente es un hijo de puta, que tu compañero de laburo es un hijo de puta, y que lo más probable es que te pase algo malo. Puede que esto sea cierto, ¿quién lo va a discutir? Pero en realidad, ¿a quién le importa?

La pregunta (una de las preguntas) es por qué ir al cine a ver una película para salir con el estómago revuelto por haber sufrido un largo rato (porque estos “maestros” hacen películas largas) viendo algo que ya sabés pero que, disfrazado por la solemnidad, parece importante y profundo y novedoso. Como dice el protagonista de Ilusión (Daniel Castro, 2013) cuando una chica llega a la librería y quiere comprar Cache, Funny Games y La Cinta Blanca: “Usted sabe que estas tres películas muestran al ser humano como un conjunto de vicios y miedos sin ilusión alguna y que en el fondo, a pesar del supuesto prestigio del pesimismo, no son más complicadas que un episodio malo de Brigada A. ¿Por qué no se lleva Besos Robados? Cada película de Haneke vendida hace el mundo un poco peor”. Viene bien recordar que en esa película el mismo personaje le manda un mail a Haneke luego de ver La Cinta Blanca, en el que le dice, entre otras cosas, que es un amargado y que abrace la esperanza, porque hay más en el mundo que miseria, dolor y sufrimiento. Como se ve, esto lejos está de ser un alegato en contra del realismo, o del cine que te dice “la verdad” y te cuenta “las cosas como son”, sin anestesia, en pos de un cine pasatista y distractor. El tema, como siempre, es el cómo, es la forma.

Kelly Reichardt lo sabe, por eso el humanismo está casi extinto y no desapareció del todo. Kelly es la última humanista, y First Cow, de alguna forma, es su amor a la tierra y Cookie (John Magaro), su Sam. Acá el tiempo es otro, alrededor de un siglo antes; el núcleo es otro, no es la familia sino la amistad, y los algodonales se trasladan a un boscoso Oregón que recién está naciendo, en unos Estados Unidos que se están formando. Como le dice King-Lu (Orion Lee), el otro protagonista, mientras recoge las ardillas muertas de sus trampas, a Cookie: “Veo algo en esta tierra que no he visto antes. Casi en todas partes la gente ya exploró. Pero esto es todavía nuevo. Tantas cosas sin nombre por aquí”. Cookie no coincide y le responde que no le parece nuevo, que le parece viejo y King-Lu le retruca que todo parece viejo si lo mirás así. Y sigue: “La historia aún no ha llegado. Ya viene, pero llegamos aquí temprano esta vez. Tal vez esta vez podamos estar preparados para ello. Podemos tomarlo en nuestros propios términos”. En el fondo no importa quién tiene razón, quizás los dos, quizás ninguno. Y no va a importar en el transcurso de las dos horas de película en las que King-Lu piensa y habla y trama, y en las que Cookie hace y escucha y cocina. Lo que sí importa, lo único que importa, es que estos dos hombres solos se encontraron y se hicieron amigos.

Al comienzo de First Cow, luego de un prólogo que traslada la acción del presente al pasado, aparece Cookie recolectando hongos y plantas, como acariciando la tierra, intentando modificarla o molestarla lo menos posible, para alimentar al grupo de hombres que acompaña, hombres de su tiempo, agresivos, brutos, peleadores, que se dedican a buscar pieles. Una noche aparece, escondido entre los arbustos, King-Lu, un chino que se está escapando de unos rusos que lo quieren matar. Cookie lo alimenta y lo esconde y el chino se va. Ya terminado el viaje con los tramperos, en el bar de una especie de ciudad primitiva, con más intemperie y barro que estructuras y organización, King-Lu y Cookie se reencuentran para nunca más separarse. Incluso en ese comienzo de la amistad, da la sensación de que ya eran amigos. Eso se nota cuando llegan a la casa del chino. Brindan por… algo -todo es nuevo, aún no hay nada por qué brindar, más que la posibilidad de tomar con un amigo-, y King-Lu le dice que se ponga cómodo, que va a preparar el fuego. Mientras está cortando unas maderas, Cookie agarra una escoba y se pone a barrer, como si esa ya fuera su casa. Y corta unas flores e inventa un florero: ya es su hogar. Cuando King-Lu vuelve le dice que la casa se ve mejor. Se refiere a las flores, pero sin saberlo está hablando de Cookie. Lo que faltaba en esa casa, en esa vida, era Cookie, su amistad.

Hay que resaltar la maestría con la que la directora introduce, en el personaje de Cookie, el antiguo concepto de héroe, ese que con el tiempo se fue transformado en antihéroe (porque las luces tienen sombras y la perfección no existe, dicen), y acá vuelve a aparecer en las ropas de un tipo común que se toma el trabajo de hacer las cosas lo mejor posible sin joder al otro, ya sea un hongo, una vaca o el prójimo. No es el héroe mítico, quizás, o mitológico, o bíblico, pero sí es un héroe en esta historia.

Los dos están bien, dentro de todo, porque tienen para comer y para dormir y porque se tienen el uno al otro. El chino tiene muchas ideas, casi todas imposibles y lo sabe: “El rompecabezas es el comienzo. Un hombre pobre no puede empezar. Necesita capital”. “Una palanca”, completa Cookie. “Un milagro. O cometer un crimen”, remata King-Lu. El milagro sucede: llega -como en la de Renoir- una vaca al pueblo, Eva (obviamente), la primera vaca, solamente porque al Jefe Supremo (Toby Jones), un inglés, le gusta tomar el té con crema. Y cansados del pan hecho de agua y harina, aparece el “crimen”: por las noches van a ordeñar esa vaca para hacer unos deliciosos pastelitos. Cuando el chino los prueba, lo primero que se pregunta es cuánto pagaría alguien por tal exquisitez. Sin darse cuenta, descubren el capitalismo pero sin ser los dueños de los medios de producción. Lo mismo que le pasaría a la familia de Sam en The Southener 100 años más tarde.

Los pasteles resultan ser un éxito y la gente hace fila para comprarlos hasta que se agotan. Es interesante el rol que juega esa comida en la historia. Lo que para los protagonistas es su entrada de dinero, al crisol de personas (indios, chinos, ingleses, norteamericanos y más) el sabor les recuerda lo que dejaron atrás, el pasado, ya sea un pueblo o una abuela muerta. Hasta que el pastelito llega a manos del Jefe Supremo que, sin darse cuenta de que están usando la leche de su vaca, casi en lágrimas recuerda el Londres de su infancia.

Es formidable cómo Reichardt filma cada ordeñe como la ceremonia que es. Cookie le habla a la vaca y la acaricia y le agradece porque nadie le pregunta a una vaca si quiere ser ordeñada y Cookie lo sabe. También es maravillosa la forma en que Kelly crea un western absolutamente masculino (algo que es casi mala palabra en la actualidad) dejando de lado los aspectos varoniles del género. Dos ejemplos: al comienzo, cuando dos tramperos se empiezan a pelear, y en el bar, cuando se agarran a trompadas entre varios, reencontrando a King-Lu y a Cookie, Reichardt se encarga de dejar la cámara lejos de la violencia aunque no completamente fuera de campo. Se sabe que la violencia es fundacional pero no en este caso para estos dos.

Por otra parte, la relación entre ambos está vaciada de lo que la mayoría relaciona a lo masculino, peyorativamente hablando, afirmando que lo masculino no es malo sino todo lo contrario. En este sentido, a pesar de que el otro western de la directora es Meek´s Cutoff, la película con la que más se relaciona es Old Joy, también la historia de una amistad entre dos hombres. La diferencia radica en el momento en que se encuentra la relación entre ambos. Mientras aquí está empezando, fundando los roles de cada uno, en aquella ya son amigos hace tiempo aunque se hallan parados en diferentes lugares: uno va a ser padre y el otro no podría estar más lejos de eso. Quizás Cookie y King-Lu de First Cow sean Mark y Kurt de Old Joy.

Por otro lado, retomando la idea inicial, ya el comienzo no deja dudas del humanismo de la directora. Cuando se descubren los dos esqueletos juntos, que luego sabremos que son los dos amigos, la adicción a lo lúgubre y morboso, tan de moda, deja su lugar a lo que viene después. Finalmente, no se sabe cómo mueren King-Lu y Cookie; lo que importa es que lo hicieron juntos.

A lo largo de First Cow y su aparente simpleza, el ojo de Reichardt consigue encontrar lo que a simple vista parecerían ser detalles sin importancia pero que no lo son. La mencionada relación de Cookie con la naturaleza, la forma en que camina, en que limpia las botas nuevas que acaba de comprar, en que cocina, en que toma whisky. O King-Lu cosiendo relajado, glosando. Pero también elementos que casi pasan desapercibidos, como un bote navegando en el río, con un perro atento; un hombre con un cuervo en el hombro, observando a los dos amigos como si fueran extraterrestres, o como si la relación entre ellos fuera extraterrestre; o un indio realizando alguna danza ancestral que Cookie ve enmarcada en una ventana, como si fuera una película.

Lo mismo ocurre cuando Cookie va a la casa del Jefe Supremo. Allí aparecen un Capitán y un jefe indio que necesita un traductor, que es traductora en este caso. Cuando se menciona a la vaca, todos salen a verla y la cámara, por un instante, se queda con la traductora y la mujer del Jefe Supremo, que empiezan a charlar y reír, como liberadas de la mirada masculina. Pero es por un segundo, o menos. Porque lo que importa y nunca deja de importar, son los hombres. Son todos momentos minúsculos que sumados al resto hacen al universo de First Cow.

En definitiva, la razón de por qué, de todos los rasgos del ser humano, al cine, con el paso de las décadas parece interesarle más el sadismo y la crueldad es un misterio, pero no tanto. El mundo no es peor ahora que hace 100 años, en todo caso es tan malo ahora como entonces. Es la mirada la que se modificó, el dramatismo, el cinismo, la victimización, el egoísmo, la pereza. Acá no estamos hablando de decisiones estéticas o éticas (aunque a veces sí), sino de una posición, de una lectura del mundo y del ser humano en el mundo. Tanto First Cow como The Southener para un cínico o un amargo, para un Haneke o un Von Trier, pueden ser fábulas inocentes -supongo que más la de Renoir-, pero quién sabe, allá ellos, porque muy lejos están de ser algo así. Por el contrario, son películas que, frente al mundo, toman partido. No quedan muchas, diría que casi ninguna; First Cow es una.

Calificación: 9/10

First Cow (Estados Unidos, 2019). Dirección: Kelly Reichardt Guion: Jonathan Raymond, Kelly Reichardt. Fotografía: Christopher Blauvelt. Música: William Tyler. Reparto: John Magaro, Orion Lee, Toby Jones, Ewen Bremner, Scott Shepherd, Gary Farmer, Lily Gladstone, Alia Shawkat, John Keating, Dylan Smith, Jared Kasowski, Rene Auberjonois, Todd A. Robinson. Duración: 121 minutos.