EJUANNxiste un eufemismo con el que intelectuales, artistas, escritores −“fracción dominada de la clase dominante”, según la archicitada definición de Bourdieu, otro intelectual− pretenden ponerle una máscara popular a sus gustos excéntricos. Paladee el saborcillo a culpa en una expresión como “género menor”, aprecie la sutil vacilación del sentido, el equilibrismo moral entre snobismo y amor humano, elite y masa, la palmadita condescendiente en nuestra espalda analfabeta. ¿Cómo debe leerse el adjetivo “menor”? ¿Qué connota: baja calidad, bajo presupuesto, nulo prestigio, irrelevancia, producciones chotas pero salvables? Las novelas policiales, las telenovelas, la historieta, los limmericks, cada cual a su turno, han sido calificados de “géneros menores”. La cuestión se presta a confusiones, pero menores o mayores, académicos o populares, amateurs o comerciales, no cabe duda de que la cruz de una época son sus géneros, las maneras inexplicables, con frecuencia bochornosas, que inventa para narrar al mundo y narrarse a sí misma. Entre los ochenta y los noventa, pleno frenesí neoliberal, los programas televisivos fueron virando gradual pero inexorablemente hacia una serie géneros cocainómanos como el videoclip, el “talk show” y más tardíamente el “reality show”, hoy devenido pelotón de fusilamiento, lo que siempre fue. Más acá en el tiempo, el cine comercial de principios del siglo XXI nos está obligando a apechugar con al menos dos flagelos de proporciones, el sci-fi adolescente y la moda zombi.

Netamente vinculadas al cine de entretenimiento y la “Clase B” −otra etiqueta diseñada para hacer de la necesidad virtud, mérito del demérito, outlet de la máquina audiovisual−, hijas y sobrinas estúpidas del relato de terror clásico, las películas de zombis hace rato que abandonaron su rincón periférico hasta llegar a convertirse actualmente, por su masividad y éxito de taquilla, en una de las estructuras narrativas más consentidas por la industria. Y si bien nadie sabe exactamente por qué determinadas formas prosperan mientras otras decaen y entran en desuso −la rueda de la cultura gira, gira y gira y géneros ayer marginales pasan a ocupar posiciones centrales−, lo cierto es que su correlato casi siempre es monetario. En el campo artístico-industrial, la fertilidad huele a dinero y si una temática reditúa en lo económico sistemáticamente se intentarán nuevos cruces y variantes, se buscarán nuevos nichos a explotar. Así, en los últimos años, el fenómeno zombi ha extendido sus brazos muertos hasta colonizar el suspense, el noir, las series de TV, las comedias negras o las ficciones conceptuales. De menor a mayor, trepó del under a lo mainstream y mal que les pese a los románticos del cine artesanal, hoy lo hallamos ubicado más cerca de la Playstation que de Boris Karloff.

El último capítulo de esta historia desafortunada es su desembarco en la isla bonita de Cuba. ¿Cómo habría sido Los bañeros más locos del mundo de haber transcurrido en la tierra de Fidel y Cienfuegos y si en lugar de tiburones de goma hubiera tenido zombis de goma? La contestación: Juan de los muertos, una especie de comedia negra, producida con capitales cubanos y españoles, película despareja más bien tirando a mala, que intenta y trastabilla a la hora de arrancar alguna sonrisa. Su protagonista, Juan (Alexis Díaz de Villegas) es un cubano buscavidas, sufrido pero optimista y siempre dispuesto a encontrarle la vuelta a cualquier situación con tal de ganarse el pan. En sus propias palabras, un sobreviviente −“yo sobreviví a todo, a Angola, a los períodos especiales”, dice− que descubre que su querida isla −“este es el paraíso y nada lo va a cambiar”, dice desdiciéndose− de un día para al otro y sin mayores explicaciones se ve invadida por los muertos vivos.  Al principio no sabe bien qué pensar y el guión cae entonces en el chiste triste, paranoide, de hacerlo preguntarse si  los zombis no serán “disidentes” o “agentes del imperialismo”, pero muy pronto opta por una solución capitalista para el asunto. Junto con un grupo de allegados (su hija, una travesti, dos amigos, un  mulato enorme que no soporta ver sangre) decide montar una especie de microemprendimiento dedicado a asesinar zombis al que llama “Juan de los muertos: matamos a sus seres queridos”.

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La película arranca de manera prometedora −Juan y su mejor amigo Lázaro (Jorge Molina Enríquez) se encuentran pescando en una balsa cuando de repente sacan del agua un zombie que se les tira encima− pero rápidamente se estanca, incapaz de tapar sus evidentes baches argumentales. Cada vez que surge un hueco en la trama, simplemente se tira un chiste y se sigue adelante como si nada. En ocasiones hay algún que otro intento de otorgarle entidad psicológica o emocional a los personajes, pero jamás prospera y la película termina convertida, básicamente, en una sucesión de gags bastante flojos, algunos directamente chabacanos o bordeando lo homofóbico. La pobreza del argumento pareciera emular la pobreza de los recursos utilizados, como si la pereza de los guionistas espejara o tratara de darle sentido a la escasez presupuestaria, con un resultado que ni seduce ni convence. No quiero ni pensar si hay alguna alegoría política de fondo, pero la ideología oficial de Juan se parece un poco al “lo atamo´con alambre” argentino, especie de prédica poco creíble (no la cree él, no la creemos nosotros) de que se puede ser feliz por fuera del mercado mundial de los commodities, de que alcanza con un poco imaginación y sentido moral para sobrellevar los malestares de la vida. En el mejor de los casos, Juan de los muertos termina siendo una película adolescente, que no logra hacer frente a la apuesta que se propone. Ese es el problema con el humor negro y la parodia. Reclaman mucha inteligencia y sobre todo sutileza, dos activos muy raleados en la hora y media y monedas que dura la película.

Juan de los muertos (España, México, 2011), de Alejandro Brugués, c/ Alexis Díaz de Villegas, Jorge Molina, Andrea Duro, Andros Perugorría, Jazz Vilá, Eliecer Ramírez, 91’.


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