La concha de la lora: los insultos también son catárticos. La muerte es inevitable, más tarde o más temprano. El humor negro es impredecible: gusta o enemista. Las reglas están hechas para romper. El morbo atrae, la lágrima vende. Las películas tienen un plus cuando se basan en hechos reales. Las Ferraris se estrellan.

Recién estrenada por Netflix, El cuaderno de Tomy recrea la historia verídica de Marie Vázquez, una mujer argentina que, con cáncer terminal, afrontó su muerte de modo poco común. Valiéndose de un humor irónico que nunca perdió, Marie utilizó la red Twitter para contar su vivencia. Rápidamente viralizada, su historia tuvo alcance en los medios masivos de comunicación. Además, Marie escribió un cuaderno para su hijo para que cuando creciera ya sin su presencia pudiera conocerla más. Luego de su muerte, el libro fue publicado por la editorial Planeta. Y ahora, otro tiempo después, Carlos Sorín decide dirigir su adaptación cinematográfica.

Esta nueva película de Sorín desconcierta, porque una vez finalizada no se sabe qué quiso hacer. Sí, la frase puede sonar antipática, insensible. Pero vayamos por partes y empecemos por los actores. A Marie la interpreta Valeria Bertucelli, y con ella arrancan las diferentes consideraciones que se pueden tener sobre esta película. La actuación de la protagonista es sobresaliente, pero la apuesta del director es sencilla, timorata. Toda la caracterización, vestuario, maquillaje y los parlamentos apuntalan una actuación sólida de Bertucelli, pero el error es que la hayan elegido a ella. Veamos. Una escena de la película recrea un momento real de la historia de Marie Vázquez, cuando tuvo una charla telefónica con Leo Montero y Verónica Lozano que por aquellos años conducían AM por Telefé. A los conductores se los nota un poco incómodos, cuidadosos, meticulosos de las palabras que emplean, y también sorprendidos porque enfrentan a una mujer que habla de su cáncer con una frontalidad inédita. Esa incomodidad es el tabú que Marie Vázquez rompía, pero que Bertucelli, sin querer, resignifica mal. Esa ruptura de tabúes, quizá era la punta del ovillo para desenrollar cuestiones más profundas, que entre otras cosas hubiesen revalidado esta hermosa y trágica historia en la que se basa. Pero Bertucelli fue La Tana Ferro en Un novio para mi mujer, una puteadora serial y antisocial, liviana a lo Suar, y por ende descoloca en esta película. Resulta otra barrera más que impide que la historia persiga un sentido más filosófico, hablando sobre la vida y la muerte, y de modo más directo. Ese desafío es el que Sorín esquivó, yendo a lo que pareciera una ficha segura, pero que en zapatos de otra actriz podría haber sumado muchísimo más.

Lo de Estaban Lamothe interpretando al marido de Marie —Sebastián en la vida real, Federico en la película—, es aceptable, quizá favorecido por la poca profundidad que se le da al personaje. ¿Cómo es esta familia? ¿De dónde son? ¿Cómo eran antes de esta desgracia? ¿Dónde nace esa fuerza que los une hasta en las peores? Sebastián, el de la vida real, fue el primer baterista de Flema, una de las bandas punks más importantes del país. Y esa impronta artística y cultural es algo que la familia sigilosamente deslizó en su experiencia, incluso Marie, pero que la película ignora por completo. En línea con esta simpleza, la película de Sorín casi borra a los protagonistas del título: a Tomy y al cuaderno. Sí, Tomy (Nippur en la realidad) y el cuaderno pierden protagonismo, están pero no son el tema principal. Ese lugar lo ocupan los inconvenientes de los familiares por conseguir una autorización que termine con el sufrimiento de Marie, y con su vida. El resto es un mero describir el entorno, y un muy tibio debate sobre la eutanasia. Aún sin haber leído el libro, la película es un calco simple de los hilos de Twitter, de pocos trazos.

En línea con la elección de La Tana Ferro, entre una buena cantidad de reconocidas personalidades en actuaciones secundarias, se destaca el trabajo de Malena Pichot, que hace de Malena Pichot. Tampoco es culpa suya, y aunque resulta muy agradable y sólida, también es una apuesta fácil del director. Sí la sacásemos de contexto, funciona sola y es más de lo que  ya le conocemos. En realidad, el problema de la película son las elecciones de Sorín, que resultan de una corrección asqueante. En ese sentido, otro ejemplo es que, a medida que aumenta la popularidad mediática de Marie, lo que pasa en el hospital también huele a Tom Hanks en La terminal. Gesto de una complicidad agradable, que cuesta digerir sin el molde.

Más allá de que Sorín es evidente que buscó agradar a todos, hay algunos puntos altos en El cuaderno de Tomy. El más importante es que no acude al golpe bajo ni a la lágrima fácil. Porque todo estaría servido para que cualquier otro director busque ese efecto económicamente redituable. Sorín logra esquivarlo, o quizá es que tuvo una puntería de mierda. Pero gracias a Dios —si es que existe—, la película no tiene esa escena “demoledora”.

Otro punto alto es la actuación de Julián Sorín, nieto del director, que interpreta a Tomy. Nobleza obliga, esta puede ser una apuesta arriesgada del director, porque si el chiquito no la hubiese roto como la rompió, esta crítica estaría diciendo que encima de todo acomodó a la sangre, o se ahorró un billetín. Julián Sorín es casi un milagro para la actuación infantil argentina.

¿Subtramas? Bien, gracias. La duración de la película es menor a lo común, no llega a la hora y media. Y algunas escenas huelen a relleno para no promediar más bajo, como por ejemplo la búsqueda al pedo y sin remate que Lamothe emprende en pos de un escribano.

En resumen, el sinsabor que deja esta película es que a una historia de valentía y profundidad la hayan adaptado con tanta liviandad y miedo.  

El cuaderno de Tomy (Argentina, 2020). Dirección: Carlos Sorín. Guion: Carlos Sorín (basado en el libro de Marie Vazquez). Fotografía: Julián Apezteguía. Montaje: Pablo Barbieri Cabrera, Mohamed Rahid. Elenco: Valeria Bertucelli, Esteban Lamothe, Mauricio Dayub, Mónica Antonópulos, Diego Gentile, Ana Katz, Malena Pichot. Duración: 84 minutos. Disponible en Netflix.


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