En todo festival, aún en una edición acotada por las circunstancias como esta, los interrogantes se abisman hasta el paroxismo: ¿Qué películas, entre tantas, vamos a elegir en ese mapa imperfecto, en esa línea sinuosa que conoce la existencia de otras (im)posibles que trazarían caminos paralelos?

Antes de empezar siquiera a idear la lista de deseos probablemente incumplidos (siempre nos creemos en condición de ver más), algunas películas se imponen. Conocí a Martín Sappia en uno de esos encuentros que se dan de manera natural durante los festivales: en alguna edición pasada, compartiendo mesa y charlas post funciones con amigos en común, nos quedamos solos conversando sobre proyectos personales e ilusiones futuras, como solo pueden hacerlo dos desconocidos que se saben en territorio común. Dos tipos que no se conocen, en una noche larga de una ciudad con mar, como si fueran personajes de una novela de Modiano, conversan en un bar oscuro, acerca de películas que aún no existen. Recuerdo esa noche por el particular énfasis que Sappia le puso a las palabras, a su convicción de encontrar el modo de hacer nacer, entre las horas y horas de material sonoro de entrevistas, el enigma Bonino. Unos años después, las imágenes elusivas, bordeando la cornisa de la fugacidad, conversando en espiral con el vacío, tienen la respuesta.

El enigma se sostiene, y lejos del retrato que lo fije y reduzca al busto lustroso, Sappia propone un concierto de voces que articulan verdades y sospechas, hipótesis y “capas-Bonino”, teñidas de una suave melancolía por el personaje que se fue apagando, como en un sino trágico a media voz, hasta desaparecer por completo. Un cuerpo estalló en mil pedazos ofrece una experiencia rizomática de imágenes y voces, que parecen siempre a punto de separarse del artista que se volvió mito. Pero allí está, imperfecto, entre las grietas de ese luminoso blanco y negro de los planos, que registran los espacios de una ausencia: la de Jorge Bonino, un hombre del mundo, del que alguna vez alguien dijo que fue el Artaud Argentino. O como tal vez diría la hermosa voz en off de Eugenia Almeida, “dicen que fue….”, o todo lo contrario. La película de Sappia logra una bella paradoja: nos acerca la figura de Bonino aun cuando cada vez, sus infinitos rostros, estén un poco más lejos.

El retrato que hace Cozarinsky de Margarita Fernández inicia con una notable secuencia. Es de una simpleza apabullante, de esas que solo la sabiduría de un cineasta puede regalar, en complicidad con su protagonista. En los primeros minutos de Medium, Margarita toca Brahms al piano, y el silencio entre las notas, las marcas de los años en sus manos, la inmovilidad que precede al ataque de las teclas, y el universo de gestos mínimos que la cámara le roba al tiempo para hacerlos inmortales, provocan una conmoción estética imposible de describir. Y que nace de ese encuentro entre dos artistas que conocen de intimidades; los une un pasado en común, en el Grupo de Acción Instrumental que dio lugar a “La pieza de Franz”, la película de Alberto Fischerman, que tuvo a Cozarinsky formando parte del rodaje, en los años setenta, y a Fernández como una de sus actrices-intérpretes. No hace mucho tiempo, pude participar en el registro de una entrevista al recientemente fallecido Julio Di Risio, montajista de la película de Fischerman, y hombre de cine que fue mi maestro. Su testimonio forma parte de una película aún por nacer, que buscará rodear el mito de “La Pieza de Franz” y echar luz sobre ese grupo de artistas e intelectuales que lograron algo único, un poco oculto por el paso del tiempo, como ocurre también con la obra de Bonino. Era imposible que en mi mapa imperfecto trazado sobre la programación del festival, no estuviera esta pequeña obra maestra. La felicidad también surge de esa constatación: razones personales aparte, la película traza en sus incombustibles 70 minutos, un retrato amable y conmovedor, lúcido y transgeneracional, de una artista única, que vivirá para siempre en su obra, a la que ahora se le agrega este retrato, que sin dudas será parte destacada de la obra de Cozarinsky.

Una última digresión personal: unos años atrás, en los pasillos de una dependencia del gobierno de la ciudad, éramos cientos los que esperábamos, carpeta en mano, para entregar nuestros proyectos al Mecenazgo Cultural. Entre tantos anónimos, una figura pequeña asomaba como uno más, pero no lo era: Edgardo Cozarinsky, de traje impecable y zapatillas negras, esperaba su turno. Me parece recordar, o así quisiera creerlo, que entre sus hojas proyectadas hacia el futuro, si se agudizaba el oído, podían escucharse los silencios de Margarita Fernández. Solo esperaban, agazapados, a ser filmados.

Un cuerpo estalló en mil pedazos ((Argentina, 2020). Dirección: Martín Sappia. Duración: 91’. Competencia Argentina. Disponible: 21, 22 y 23 de Noviembre.

Medium, (Argentina, 2020). Dirección: Edgardo Cozarinsky. Duración: 70’. Sección Trayectorias. Disponible: 23, 24 y 25 de Noviembre.


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