Un hilo común parece unir a Rosario, Colonia Pando, Colón y Villa Angela. Cuatro ciudades, cuatro provincias diferentes de la Argentina. El hilo son mujeres que deben haber pasado ya los 80 años y hablan. Cuentan su historia. Tampoco son historias comunes, aunque en el comienzo parece que se redujeran a la permanencia en el ámbito rural en los primeros años de vida. Lo que termina de unirlas no es ese origen, sino la confluencia de sus historias en el año 1982.

Esas cuatro mujeres son madres de hijos varones. Que nacieron en 1961, 1962 ó 1963 y que desde ese punto de partida, fueron llamados a combatir en la Guerra de Malvinas. Y como dice una de ellas, a ninguna madre le gusta que lleven a sus hijos a la guerra. Esa frase es la que determina lo que constituirá el centro de sus relatos: la forma en que quedaron marcadas como madres que perdieron a sus hijos en una guerra y lo que esa pérdida implicó en sus vidas.

Entonces, lo que se explora en Matria es la experiencia de las madres de los soldados. Con un detalle adicional, no menor: son madres de soldados de Argentina, enviados a pelear por una dictadura militar contra una potencia mundial, con escasos equipamientos e instrucción. Esa conjunción de elementos –ya explorado en varios documentales y ficciones sobre el tema- se presenta como el sustrato necesario para concentrarse en una serie de elementos en común: lo que las cuatro mujeres van a ir recuperando es tanto la última imagen de sus hijos con vida antes de partir, como la incógnita sobre el destino al que los enviaban, mantenida hasta muchos días más tarde. A medida que ese relato avanza en la progresión de la guerra, lo que se repite como síntoma es la desinformación, la ausencia de precisiones respecto de sus hijos. Sobre el final de la guerra, ese elemento se volverá preponderante: entre la negativa a brindar información y el engaño que llevaba a la confusión de los padres con el lugar al que supuestamente eran enviados o con la entrega de un cajón con un cadáver no identificado.

En fin, que lo que termina de unir a esas mujeres es que sus hijos no regresaron de las islas. Que de ninguno de ellos se dio una información precisa y que solo el viaje posterior de los familiares a Malvinas en la década del 90, les permitió encontrar los restos enterrados en un cementerio. En un territorio más amplio, lo que las une es la necesidad de la memoria, de seguir relatando sus historias que no tienen un cierre definitivo, porque los cuerpos de sus hijos siguen en las islas.

A partir de esa idea es que en el documental se toman una serie de decisiones arriesgadas pero consecuentes. Si la determinación del lugar de residencia establece la extensión espacial de pertenencia de esas mujeres, la decisión de omitir los nombres propios implica, antes que quitar los rasgos individuales, plantear el relato como parte de un colectivo en el que la experiencia se repite con leves variantes. Los rasgos de individualidad quedan limitados a esa nominación (“Cambacito”, “Negrito”) con que recuerdan cariñosamente a sus hijos. Pero la repetición de los rasgos de las historias las termina poniendo en un pie de igualdad.

La otra decisión que se toma es la de omitir cualquier imagen que no sea la de las mujeres que cuentan su historia. No hay imágenes de la guerra, nada que sirva para ilustrar de alguna forma al relato. Tampoco hay, hasta el tramo final, imágenes de esos hijos perdidos, y cuando aparecen, son las imágenes que esas madres conservaron en cuadros, en altares improvisados. Esa determinación, que a simple vista parece restrictiva, permite a cambio que el documental se concentre en los relatos de las madres y en la emotividad que emana de ellos –de la angustia a la rabia.

La novedad que aporta Matria es la que se deriva de sus condiciones. La restricción que desafía la atención y el seguimiento del espectador. Un montaje que insiste en una narración que se fragmenta entre las cuatro mujeres y que permite unificarlas en ese eje que las atraviesa. Sobre todo, comprender que la matriz de lo que se quiere contar, es la forma en que la guerra genera consecuencias no solamente en estructuras colectivas (una sociedad, una familia), sino en individuos. En los que son llevados a combatir en un conflicto bélico –que en muchos casos, les resulta ajeno- y en los que se quedan esperando el retorno de aquellos. Matria es, al fin, el relato del absurdo de la guerra, pero desde la perspectiva de esas madres que esperaron noticias que nunca llegaron e hijos que nunca volvieron.

Matria (Argentina, 2023). Dirección: Jimena Chaves. Guión: Jimena Chaves y Carmina López. Fotografía: Patricio Mollar. Edición: Agustín Sánchez Ordoñez. Duración: 73 minutos.

Si te gustó esta nota podés invitarnos un cafecito por acá: