los_pinguinos_de_madagascar-cartel-5858Un travelling aéreo que recorre un glaciar abre Los pingüinos de Madagascar, acompañado por una hipnótica narración en off inconfundible: el inglés deliciosamente roto del gran Werner Herzog. Así, la cámara y la voz se van acercando cada vez más hasta encontrarse con el objeto de estudio de este falso documental, los pinguinos protagonistas de esta historia en sus años formativos: Skipper, Kowalski, Rico y un Private en formato huevo. Luego de un par de buenos gags y un dejo de crítica social satírica sobreviene la secuencia de acción inicial (desencadenada voluntariamente por el narrador animado que porta la voz de Herzog y funciona como comentario sobre la veracidad del cine documental y el conflicto ideológico entre el cinema verité y el cine directo), que culmina con la constitución del grupo y un futuro imaginable, aunque no lo sea tanto.

Una gran elipsis lleva directamente al final de los acontecimientos narrados en Madagascar 3: De marcha por Europa (2012)  -la mejor entrega de la saga, de la cual Los pingüinos… hereda su anarquía de recursos desvergonzada y su conciencia lisérgica del movimiento y la acción- donde los pingüinos deciden escapar del circo e infiltrarse en Fort Knox con el sólo objetivo de conseguirle al bueno de Private unos chizitos discontinuados de su preferencia (un leimotiv entre otros) como regalo de cumpleaños. Al momento de meterse en la máquina expendedora de la base militar algo los toma por sorpresa (y como prisioneros). Enganchada a una nave espacial, y con tentáculos que le sobresalen, la máquina que ahora oficia de cárcel para los protagonistas despega hacia nuevas latitudes y la aventura comienza. Como es de esperarse, el grupo escapa satisfactoriamente de las garras del villano Dave (un pulpo disfrazado de científico humano que lleva la voz de John Malkovich, cuyo único objetivo es pasar a ser el centro de atención en lugar de los pingüinos), y allí comienza una secuencia de persecución por las calles acuáticas de Venecia, góndola y gondolero mediantes, con un timing y una efectividad pocas veces vistas en el cine de acción contemporáneo.

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Así es como Los pingüinos de Madagascar se vuelve una mejor película de espías que cualquiera de las últimas entregas de la saga James Bond. Cuando la acción y la violencia (acá siempre inofensiva, por lo menos en la superficie) se vuelven centrales la cámara digital se encarga de seguir a los personajes con gran conciencia del espacio y el tiempo cinematográficos; cada secuencia es un divertido delirio donde la progresión narrativa está sumamente cuidada, y los indicios no dejan de aparecer para que el espectador construya la realidad delirada (cuyo verosímil está directamente heredado de los dibujos animados clásicos) que los personajes habitan.

Comparable con la violencia coreografiada de James Mangold (a su vez heredero posmoderno de Alfred Hitchcock), con los últimos trabajos de los Wachowski, y hasta con la gran Misión Imposible de Brad Bird, Los pingüinos… es puro movimiento y aventura, pura alegría hecha acción. Es cine hedonista con suficientes comentarios y notas a pie de página que se encargan de poner en cuestión las convenciones del mundo contemporáneo.

Los pingüinos de Madagascar (Penguins of Madagascar, EUA, 2014) de Eric Darnell y Simon J. Smith, c/ Tom McGrath, Chris Miller, Christopher Knights, Conrad Vernon, Benedict Cumberbatch, Ken Jeong y John Malkovich, 92′.


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