La aclaración debe ser inmediata, inicial: esto no es un documental sobre Pappo, en el sentido de que no pretende abarcarlo todo. Hay, de hecho, etapas de su vida (musical) que quedan de lado, especialmente Riff y sus primeros intentos como solista, que por caso, para Fabián Jolivet constituyen “decisiones erróneas”. Algo ha cambiado es en verdad, un documental que parte de la intención de explicar, de narrar la relación que se estableció entre Pappo y el blues como forma musical. Por esa razón, el eje no está puesto en Argentina sino en Estados Unidos, en la manera en que Pappo logra ingresar no solo en un país tan lejano de su casa de La Paternal, sino en un círculo musical que para la Argentina en ese momento, era ajeno.

Hay que pensar ese lugar de Pappo como un movimiento de doble vía. Más allá de algunos antecedentes ilustres –esencialmente Manal, con su particular adaptación a los modos locales-, Pappo fue el introductor y el principal difusor del blues en Argentina. Y ese lugar le permitió ser puente con la cultura original de la que provenía el blues. El origen de ese nexo podría ser, como sugiere el documental, la primera visita de B.B. King a la Argentina, con su recital en Obras a principios de los 80. Pero de ese show, en todo caso, queda el cruce en camarines, una foto en la que aparece ese Pappo todavía en proceso de definir la fisonomía de Riff. Más claro es el proceso de la segunda visita, con su anécdota mítica, recuperada entre los recuerdos de Botafogo y las imágenes algo borrosas del show. Ese momento en el que la multitud corea su nombre y Pappo pasa de ser el responsable del número soporte a ser invitado a tocar con la estrella de la noche, es el quiebre definitivo, ese camino que ya no tendrá retorno.

A partir de ese momento, Pappo trasciende su carácter de leyenda local y comienza a recorrer otros caminos. Algunos hitos todavía son recordados, como la invitación a tocar en el Madison Square Garden con B.B.King (“Fue el primer músico argentino en ir a tocar para los americanos”, dice su mánager Peter DeAntoni), con ese Pappo que comprende que su lugar no es destacarse sino formar parte de ese encuentro. Lo que Algo ha cambiado construye es una especie de genealogía, de línea –algo quebradiza, no lineal, por cierto- de la trayectoria de Pappo en los Estados Unidos. Como una revelación de una especie de lado oculto que comienza, inevitablemente, con Deacon Jones –a quien volverá para remarcar el peso del encuentro y del show interminable compartido en Buenos Aires- para construir una imagen familiar insospechada, de un compañerismo que no puede evitar el dolor del recuerdo –Jones dice en algún momento que es muy difícil para él hablar de Pappo tras su partida. Luego va trasladándose a una multitud de músicos con los que tocó allá y acá –porque esa condición de puente le permitió traer a la Argentina no solo a Jones sino también a Tony Coleman, por ejemplo- para revelar que sí, que Pappo también se convirtió en leyenda en el otro hemisferio.

El punto en el que se unen esas leyendas es en el reverso que proponen dos elementos. Por un lado, la edición especial que le dedicó la franquicia nacional de la revista Rolling Stone, que se pone a circular entre los músicos americanos –y con la inevitable sorpresa que genera en algunos de ellos. Por el otro, la construcción que hace el documental de ese Pappo en territorio americano. El primero es el que conocemos, de quien la película decide omitir su descripción más allá de los detalles que lo conectan con el blues –y es por eso que se hace más hincapié en Aeroblus que en las incursiones de la última etapa. El segundo es el que se despliega en los relatos: el que ingresa en el circuito de clubes de blues de los Estados Unidos de la mano de King, de Jones, de la capacidad de ese hombre blanco que tocaba música de negros como si fuera uno de ellos. Y es en ese plano de igualdad que se establece desde la mirada de los pares que la película construye la imagen de Pappo en el territorio. Ese que encontró la posibilidad de interactuar con otros músicos de blues. Ese que queda inmortalizado en un mural de la música latina en el barrio de La Misión.

Otras imágenes de Pappo circulan por el documental. Si la de los Estados Unidos se sostiene en los recuerdos de la música compartida con otros, en la Argentina encuentra otras formulaciones. Vuelve en los recuerdos de Botafogo, en la herencia de las raíces negras que Pappo le insistía en profundizar y remontar, en Napo y la creación del Samovar de Rasputín como refugio capitalino para el blues. En el experimento de Aeroblus recuperado por Alejandro Medina y por Rolando Castello jr. Y en dos elementos más curiosos. El primero es esa estatua que vemos trasladar durante el documental –los planos que elige Bonacci Lapalma son notables porque parecen darle vida a ese objeto estático llevado en la camioneta primero e instalado en el Marquee después. El otro es el de los encuentros en la plaza para celebrar la persistencia de su música, en cada uno de sus cumpleaños. Uno y otro parecen imágenes contradictorias: una representación quieta, inmóvil y semejante al original; una ausencia física que se evoca y se recupera en la obra (celebrada hasta por un cura). Más que contradicción hay complementación, formas diferentes de sostener la apariencia de ese guía que, como dice alguien, ahora les falta.

El otro gran logro del documental excede al personaje, aunque lo involucre. Pappo, en esa instancia, se vuelve punto de partida para, a través de él, articular una definición del blues como forma de hacer música más que como género. El blues deja de ser solo una música, desde el momento en que se plantea, en el inicio, que “es un acto de sublimación del dolor, del desarraigo” y a la vez como “el perdón del pueblo negro”. La dimensión es otra, porque involucra a una historia compartida, a una sociedad. Es Zakiya Hooker quien parece arrimar una síntesis superadora cuando dice “mirá a esos viejos, cantan sobre sus vidas; todo es la guitarra y ellos contando sus historias”. El blues se vuelve en el documental, como todo arte, trascendente más allá de los nombres propios. Y si el blues es el sentimiento puesto en las cuerdas de una guitarra, tal vez no haya mejor definición que esa que dice que “si estás pensando cuando tocás, no estás tocando”. Y Pappo, claro, no pensaba, solo tocaba.

Algo ha cambiado. Un viaje quijotesco al Pappo’s Blues (Argentina/EEUU, 2025). Dirección y guión: Sergio Bonacci Lapalma. Fotografía: Bernardo David Heredia. Edición: Sergio Bonacci Lapalma. Duración: 130 minutos.

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