La historia es paradójica. Es febrero de 1977 y un grupo de militares fusila, contra los paredones de la cancha de Racing Club en Avellaneda, a seis personas. La metodología es la que rigió las acciones militares en ese período: la clandestinidad de las acciones no era total, porque lo que se buscaba era transmitir el temor al resto de la población. El relato de esa escena en que los juveniles del club se tiran al suelo en la pensión cuando escuchan los disparos, ilustra de manera contundente ese funcionamiento. Escuchar pero sin ver. No animarse a mirar por temor a ser el próximo. Sin embargo, hay imponderables. Un par de borrachos. Vuelven por la calle y tropiezan con los cuerpos, con los rastros de sangre y lo que no se vio, se vuelve relato posible.

Los borrachos dicen siempre la verdad, como los niños, dice un lugar común. Lo que ocurre esa noche no es narrado por nadie más. Ni los diarios, ni los vecinos, ni los partes del Ejército. Queda en silencio. Se conforma como episodio que adquiere características cercanas al mito urbano. Un secreto que en algún momento sale a la luz. Uno de los borrachos de esa noche de febrero cuenta la historia –alguien se habrá dispuesto a escucharla en su momento-, en el comienzo del documental. La ingenuidad de declarar la borrachera y la adicción alcohólica, hacen más creíble el relato, aunque uno mismo se prevenga de la exageración (más cuando el documental avance y Pablo Llonto admita que los testigos suelen exagerar más cuando hablan con ellos que cuando declaran en el juzgado). Ese momento se sitúa entre la clandestinidad del hecho y la desaparición de los cuerpos del campo visual. Esa es la interrupción inesperada que provocan esas dos personas en medio de la noche.

La historia contada termina por habilitar la aparición de otros puntos de vista. El documental los busca: expone los que encuentra, se resigna –aunque insiste- cuando aparecen negativas, los que aducen no recordar –se elige qué recordar como se elige qué contar de lo que se recuerda-. Lo que se detecta es lo evidente: no hay testigos directos, nadie vio –a diferencia de quien testimonia el fusilamiento producido en el paredón de una fábrica. Hay relatos indirectos, narraciones que vienen de otras narraciones: todas coinciden en el fusilamiento, difieren en los detalles. En la presencia o no de un ciruja que dormía en esa zona del estadio. En si los mismos que los asesinaron se llevaron los cuerpos o si después llegó la policía para hacer ese trabajo. En el lugar preciso de los fusilamientos. Los detalles que ante la ausencia de testigos presenciales no puede reconstruirse (ser testigo podía equivaler a correr la misma suerte).

Cruzar datos es establecer posibilidades, sostener una especulación sobre una base posible. Pero sin certezas. “Sabemos muy poco de lo que pasó” dice Claudia Berlingieri, directora de investigaciones del Centro Provincial de la memoria. “Todo esto está signado por la dalta de información”, suma Carlos Somigliana, del Equipo Argentino de Antropología Forense. El laberinto del conocimiento sobre los sucesos de la dictadura tiene eso: la mayor parte de las huellas han sido borradas, la mayor parte de los eventuales testigos han muerto o callaron por miedo. Petriz, como los sobrevivientes de los Centros Clandestinos de Detención, a partir del hilo de esa historia contada por los dos borrachos –el otro, el que no está en el documental era Omar Orestes Corbatta, estrella de Racing Club- que eran a su manera también sobrevivientes, empieza a buscar las piezas que sirvan para reconstruir la historia y las identidades y los destinos de esas personas.

El punto de partida es la ausencia. Cuerpos que no se sabe dónde fueron enterrados. Especialmente, el hecho de que no se sepa quiénes eran los fusilados. El documental logra establecer esa instancia como anormalidad. De los tres fusilamientos producidos en esos tiempos en la zona de Avellaneda, es el único cuyos datos no aparecen casi en ningún lugar, salvo en el memorando interno de la Inteligencia de la Policía de la Provincia, salvo el acta de defunción de NN cuyas huellas dactilares, si alguna vez se tomaron, no están. Sorprende, visto desde hoy, como un hallazgo, que los diarios de la época reprodujeran textualmente en sus páginas los comunicados del Primer Cuerpo de Ejército sobre los “enfrentamientos” que encubrían los fusilamientos de los secuestrados. Pero ni allí ni en los registros de la morgue judicial ni en el registro de cadáveres de la Policía aparecen esos seis cuerpos asesinados en la cancha de Racing.

Sin embargo, hay (muchos) cuerpos. Y hay una descripción de la forma en que se actuaba y del acceso directo de las fuerzas represivas a la morgue judicial del cementerio de Avellaneda. Hay un procedimiento borroso, revelado por el contraste entre lo registrado en los papeles -220 cuerpos- y lo hallado en la enorme fosa común del Sector 134 -350 cuerpos-. La precisión del lugar donde podrían estar los cuerpos de los fusilados, se enfrenta con la imposibilidad de saber cuál de esos restos podría corresponderles. De la misma manera, la incógnita en lugar de resolverse permanece: no saber quiénes pueden haber sido impide establecer en qué Centro Clandestino de Detención estuvieron –se mencionan como posibilidad El Infierno, Puente 12, El Vesubio-, impide saber si sus restos están allí o en otro lugar. Impide identificarlos, reconocerlos, devolverles la identidad arrebatada.

El documental de Rodolfo Petriz es un intento paciente y apasionado de reconstruir un suceso olvidado a partir de una serie de piezas sueltas y de informaciones inconexas –notablemente Somigliana le reconoce al director esa persistencia en la entrevista. Logra vincularlo no solamente con otros hechos cercanos en el tiempo y el espacio, sino con la posibilidad de una respuesta de la dictadura ante un hecho puntual –en este caso, en los días previos, la bomba hallada cerca de un avión que iba a tomar Videla- y hasta con la determinación de formas democráticas en un contexto que las anulaba –las elecciones en Racing Club del año 1976, donde participaban entre otros, políticos del Movimiento de Integración y Desarrollo. Aunque lo valioso del documental parece ser lo que subyace a su narrativa: la necesidad de seguir rescatando hechos olvidados ocurridos en esos años, la posibilidad de investigar y unir piezas sueltas para seguir recordando y conseguir la justicia que las víctimas siguen reclamando.

Los fusilados de Racing (Argentina, 2025). Guion y dirección: Rodolfo Petriz. Duración: 111 minutos.

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