Atención: Se revelan detalles del argumento.

Alguna vez leí que una pareja consiste en una parte que sufre y otra que se aburre. Esa parecería ser la lógica entre Mía (Martina Gusmán) y Eugenia (Bérénice Bejo). Eugenia es la que se aburre, la que se mueve buscando estirar las fronteras de lo permitido: se casa en París con Vincent (Édgar Ramirez), el ex novio de su hermana; se coge en Argentina a Esteban (Joaquín Furriel), su amigo de la niñez; juega con Mía en la habitación infantil al incesto lésbico. Mía es la que se mueve intentando apaciguar la angustia: se coge a Vincent como quien se descarga, se aflige por la endeble salud del padre, vive con culpa o resistencia la calentura del incesto. La escena final explicita, en tibio grotesco, la relación de pareja entre las hermanas que se va dibujando desde ese saludo con gesto de beso en el aeropuerto. Una relación que viven desde chicas a través de los hombres: la escena de sexo entre ellas se dispara a partir de una foto en la que las dos abrazan a un negro con el que estaban calientes. En la foto, la oscuridad del negro hace que ellas sean más visibles que él, como si estuvieran solas. Esta particular pareja tiene su declaración de amor en la charla en la que Eugenia le dice que hace mucho sabía que ella seguía cogiendo con Vincent, pero que sentía que era una forma de estar cerca de Mía.

Es evidente que Trapero ha buscado tomar riesgos. Salir del drama social, que tan mal le queda, intentando un melodrama de telenovela que se resuelve en una pareja de mujeres hermanas. Sin duda es algo “saludable”, para llamarlo como el uso habitual manda. En esta búsqueda algo le sale bien: entrarle a la dictadura por el lado de la apropiación de bienes usando el aparato represor, un costado no muy recorrido desde el cine. La parte más cívica de lo cívico militar. La entrada en este mundo de chetos torturadores se da por el lado más blanco, el perfil que la gilada gusta de gustar: las chicas pulcras y suaves, el parque verde perfecto, el viejito querible. Todavía estamos haciendo el trabajo de salir de esa imagen de la dictadura como algo propio de la barbarie, del pozo oscuro, de la sangre sucia, de los brutos y las bestias. La quietud del título es esa superficie deseable que la película intenta agitar. Es eficaz la transformación que va del viejito amoroso al monstruo torturador. Esta eficacia se trastoca en una vuelta de tuerca final al pedo en la que se descubre que era Esmeralda (Graciela Borges) la que autorizaba los robos. Ese plot twist no tiene ninguna función en el relato, no cambia nada, pero alivia la culpa del viejito asesino cargándola en la secretaria arribista, la que no pertenecía por derecho propio a la alta clase social.

En ese momento ya estamos en el último tercio de la película, cuando todo lo que podría seguir funcionando se desmorona en la desesperación por agregar giros telenovelezcos sin dejar de tocar todos los temas “importantes” de la coyuntura. Entonces, asistimos a esa escena de las dos hijas con la madre en la que, como si fuera un Feliz domingo para la juventud, sin repetir y sin soplar se nombran: la relación de los padres con la dictadura, la confesión de la imposibilidad de concebir (que sugiere un robo de bebés que se descarta), el nacimiento de Eugenia (“la biennacida”, etimológicamente), la violencia de género, la violación, la aclaración, para todos y todas, de que puede haber violación dentro del matrimonio en la negación de Mía: ¿pero cómo te violó? ¿Te ató? ¿Te golpeó?

A esa altura Trapero ya se rindió definitivamente a su propia aspiración de seriedad y queda poco por rescatar. El enamoramiento de Mía con su padre, que se había construido en miradas y enojos de ella, se tira encima del espectador cuando ella se acuesta al lado de él y, una vez más, con todas las letras, en la charla en el auto se escucha: “amo a mi papá” (o algo así). Ya nos habíamos dado cuenta, Mía, pero pensábamos que ibas a hacer algo más que decirlo como si fuera un secreto.

Finalmente la supuesta exuberancia argumental, la supuesta falta de miedo al ridículo no es tal. Más bien al contrario, Trapero se encarga de contener los excesos en un marco de temas serios tirados con torpeza, como cumpliendo con un mandato, y de planos largos y virtuosos que desentonan con la idea de culebrón y no crean un monstruo nuevo.

Aquí se puede leer otra crítica de la misma película.

La quietud (Argentina/Francia, 2018). Guion y dirección: Pablo Trapero. Fotografía: Diego Dussuel. Montaje: Alejandro Brodersohn. Elenco: Martina Gusmán, Bérénice Bejo, Graciela Borges, Edgar Ramírez, Joaquin Furriel. Duración: 117 minutos.


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