Atención: Se revelan detalles importantes de la trama.

El western como género tuvo su esplendor en el cine clásico estadounidense -luego de su despegue formal con La diligencia de John Ford, en 1939- entre los años 50 y 60, y fue utilizado para crear el mito de la fundación de una Nación. Su iconografía nos remite a una época con códigos específicos propios de la época colonial que acaso podamos contraponer al nuevo paradigma de poder en la época contemporánea.

La película Dulce País (Sweet Country, 2017) del director australiano Warwick Thornton, aunque ambientada en la época colonial australiana, en cuanto a su contenido (y también su fotografía), podría pasar perfectamente como un clásico estadounidense, donde los esclavos aborígenes (tanto mujeres como hombres) son tomados como objeto de goce sexual y de servidumbre, respondiendo  pasivamente a su destino. En este punto puede contraponerse con Django Unchained (Tarantino, 2012), en la que el esclavo es activo y lucha por su libertad y la de su esposa. La innovación de Thornton se hace evidente a nivel del montaje narrativo, mediante el uso flashbacks, (que dan cuenta principalmente del estado mental inmediato de Harry March) y flashforwards que anticipan el destino sangriento de algunos personajes.

Harry March (Ewn Leslie) regresa a su hacienda, luego de tres años sirviendo como soldado en el ejército, y solicita a su vecino Fred Smith (Sam Smith), hombre religioso que mantiene un trato respetuoso y amable con sus esclavos, el préstamo de ellos por dos días, para poner en orden su propiedad. Harry March encarnar entonces al clásico forastero, cuyo pasado e intenciones aparecen como misteriosas. Su camisa de color rojo deja entrever ese aura de agresividad, y lo vincula a un profundo pathos interno, producto de la guerra, que los flashbacks irán revelando al mostrarlo hirviendo de ira y entregándose al quitapenas del alcohol. Así es como el esclavo aborigen Sam Kelly (Hamilton Morris) se dirige junto a su esposa Lizzie (Natassia Gorey Furber) y su sobrina hacia la hacienda de March. Mientras Sam realiza sus labores en el exterior de la casa, March viola a su esposa. El director construye esa escena brutal en la oscuridad de la imagen, pero la hace presente a nivel sonoro, decisión que la torna aún más siniestra, porque se le ordena a la mujer mantener completo silencio tanto durante el acto, como luego de él, bajo amenaza de muerte de ella y de su esposo.

Por otra parte, hay otro vecino, llamado Mick Kennedy (Thomas M. Wright), que maltrata a sus esclavos, tanto al anciano Archie (Gibson John) como al joven Philomac (Tremayne Doolan), quienes se dirigen a él llamándolo jefe. Pero aquí la diferencia de generación, marca una diferencia de posición. Mientras Archie asume su destino de esclavo pasivamente, Philomac busca rebelarse del amo blanco y colonizador robándole comida y objetos de valor. En realidad no se da cuenta (como trata de advertirle Archie y como sucede en Rebelion en la granja deGeorge Orwell), que lentamente terminará adoptando los caracteres del amo, al desconocer  su origen y costumbres aborígenes y al pensar negativamente de los hombres de su etnia, volviéndose tan despiadado como él. Philomac cree que se liberará si se iguala al hombre blanco, de ahí que le diga al viejo Archie: “Este es mi país”.

La lógica colonialista que nos plantea el director, si bien abrió el horizonte de las potencias como Inglaterra y España a nuevos espacios de territorio, todavía no es la lógica del capitalismo de nuestros tiempos. Así vemos que sigue funcionando una sociedad de tipo feudal y patriarcal donde cada hacendado es el amo de su tierra, que tiene poder de decisión sobre sus bienes materiales y humanos.

Para cuando Sam y su esposa regresen de la propiedad de March, humillados y sin compensación alguna por el trabajo realizado, Fred Smith parte hacia la ciudad por negocios, dejando al cuidado de su hogar a Sam y su esposa. Fred se llevará consigo a la sobrina de Sam para protegerla, pues March hablaba y preguntaba por ella de manera lujuriosa.

March se dirige a la hacienda de Mick Kennedy y se lleva a Archie y Philomac en préstamo para terminar las labores de su hacienda. Como Philomac hurga indebidamente en los bienes de su amo, March lo encadena como un perro a modo de castigo. Sin embargo Philomac se libera de su cadenas y huye hacia el territorio de Fred Smith. Hacia allí se dirige March furioso, y acusa a Sam de proteger y esconder a su prisionero. Loco de ira dispara hacia el interior de la casa y luego de patear la puerta se enfrenta con el robusto Sam, quien lo mata en legítima defensa, mientras Philomac observa la escena escondido en el baño exterior de la casa.

A partir de aquí, Sam se convierte en un fugitivo pues al delito de matar un hombre blanco, en ese sistema de características feudales, le corresponde la pena de muerte. Tras su pista se dirigen el representante del clásico sheriff del pueblo, que es aquí el sargento Fletcher (Bryan Brown) junto a su ayudante, Fred Smith y Mick Kennedy. Pero la astucia de Sam, quien conoce a la perfección ese territorio, le permite burlarlos constantemente. En este tramo de la película es donde el director explota al máximo los exteriores en regiones montañosas, en arroyos desecados donde los caballos levantan polvareda a su paso y en un desierto de sal, donde mediante un fundido encadenado del montaje, expresa la errancia y desorientación del sargento, producto de su estado de deshidratación.

Uno de los dilemas más interesantes que trabaja la película es la llegada del juez Taylor (Matt Day), enviado por la Corona. El arribo de un incipiente sistema legal, encarnado por testigos, peritos y jurados, se opone a la autoridad del amo absoluto del territorio, encarnada por el sargento, quien decide quién debe morir y quien sigue viviendo. El sistema de la maquinaria legal, con sus expertos; se contrapone a la voluntad y capricho de la persona del amo que se considera la ley misma.

Por otra parte es interesante considerar el título de la película, claramente irónico, pues de dulce ese país no tiene nada. Esto lo expresa el sargento Fletcher, agotado por la constante confrontación que implica someter a los aborígenes en nombre de la Corona, disputas que continúan luego con las revueltas independentistas. Y también puede pensarse como el sueño utópico de un lugar más tranquilo, con menos trabajo duro, al cual poder huir. Pero lógicamente lo que sucederá con el colonialismo, luego de la revolución industrial y el empuje que encarna la nueva burguesía, será su transformación en un sistema económico capitalista, que no exime a los oprimidos del trabajo, sino que impondrá cada vez más trabajo para poder consumir las mercancías que alimentan el sistema.

Con un elenco ajustado en sus interpretaciones y un marco fotográfico impecable, el director Warwick Thornton se sirve del western para dar cuenta del surgimiento de una nación, que siempre implica sangre derramada e injusticias sociales. De este modo, nos muestra la lógica de un paradigma de poder apoyado en la tradición y la figura de la autoridad que hoy podríamos considerar obsoleto en las grandes urbes, pero que en ciertas regiones (tómese por ejemplo el norte o el impenetrable chaqueño de nuestro país), puede convivir con el nuevo paradigma de poder que se apoya en el anonimato del sistema del mercado y de los aparatos tecnológicos incidiendo sobre los cuerpos de las personas. Sin entrar en juicios morales respecto de uno u otro modo de organización social, pues ninguno es perfecto, Dulce país nos permite situar que no todo progreso es maravilloso ni todo pasado fue peor, pues hoy, aunque cambien las formas, no dejamos por ello de estar menos excluidos ni menos esclavizados que antes.

Dulce país (Sweet Country, Australia, 2017). Dirección: Warwick Thorton. Guion: Steven McGregor, David Tranter. Fotografía: Dylan River, Warwick Thorton. Edición: Nick Meyers. Elenco: Sam Neill, Bryan Brown, Hamilton Morris, Luka Magdeline Cole, Shanika Cole. Duración: 113 minutos.


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