A groso modo pueden distinguirse dos tendencias en el campo del arte: una que se orienta a la representación de la realidad y que apunta a producir un efecto de sentido, y otra que parte del sinsentido, de lo irrepresentable, e intenta acercarse a él mediante una producción poética capaz de afectar al cuerpo. 

Dentro de la filmografía alemana contemporánea la realizadora Angela Schanelec se inscribe claramente dentro del segundo modo de hacer cine. En sus propias palabras: “En vez de imitar la vida, se trata de inventar una forma de expresión que dependa exclusivamente de la mediación de una cámara con todo aquello que es su exterior.”

Drift (2017), opera prima de la realizadora alemana Helena Wittmann, tiene una clara filiación con el cine de Schanelec. Tener en cuenta esta referencia artística es importante a la hora de abordar una película como Drift, más cercana a la experimentación y la investigación del mar como espacio y vehículo poético de emociones, que de la narrativa ligada a una trama argumental y a la acción.

La imagen del comienzo funciona en esta línea. Habitación vacía de hotel en la gama del gris. Fuera de campo captamos el sonido de la apertura de la puerta y las voces de dos mujeres que entran y señalan detalles sobre la luminosidad y la vista de la habitación. Las dos mujeres pasan unos días en la costa del Mar del Norte, en época invernal, y entre caminatas por la playa y pequeñas conversaciones sobre el clima se instala para el espectador la pregunta por el vínculo que las une: ¿son amigas o una pareja?

Abruptamente, Josefina (Josefina Gill) tiene que volver a Argentina con su familia. Se instala entonces la distancia, la separación. ¿qué sentimos frente a la ausencia de alguien que queremos?

En este punto, la habitación vacía, el frío, el viento hostil y la gama de colores gris del comienzo se resignifican, se vuelven medios expresivos que anticipan los sentimientos de tristeza, vacío y soledad. El fin de de semana en la costa adquiere el tono de una despedida.

Mientras tanto, Theresa (Theresa George) emprende un viaje a una zona del Caribe y realiza un viaje en velero por el océano Atlántico. A partir de aquí el pictórico mar en movimiento se adueña de la narración, traduciendo la experiencia y las emociones de Theresa, como bien lo expresa el fundido que superpone su imagen mirando hacia el horizonte por una de las ventanas del barco con el ondulante mar que se imprime como un piso inestable.

Más que representar a una mujer que llora de tristeza o que expresa su impotencia mediante el enojo, el mar es aquí, en primer lugar, la traducción poética de la experiencia del vacío y la soledad, de la angustiante zozobra en que nos deja el ser querido cuando se va. ¿Qué imagen más potente para acercarse a lo imposible de decir que la melancolía, la añoranza y el misterio que suscita el océano?

La inmensidad de ese mar que permanece, y que para algunos podrá resultar tedioso, si se presta atención, no es siempre el mismo. Es metáfora con su vaivén de lo que vuelve al mismo lugar con las mareas, pero sin embargo se repite en diferencia. El mar de Wittman resplandece, se oscurece, corcovea con sus ondulaciones y ruge. Gracias al trabajo de montaje es capaz de detentar toda una gama de matices de textura y sonido (naturales y sintéticos) que por momentos lo asemeja a un ser vivo primitivo o ancestral. Y que se conecta a las emociones más profundas e inconscientes de angustia, temor y fascinación que suscita, como bien lo expresaba Melville con su Moby Dick.

Otro punto interesante es que, oportunamente en los créditos finales, nos enteramos que el velero se llama Chronos. Cronos hace referencia al corte, ya que en la mitología griega fue un titán que castró a su padre Urano (el cielo) para destronarlo. Y también Crono significa tiempo, que es el agente del cambio por excelencia. Se hace así referencia al pasaje de un estado de completud perenne, casi mítico (que se refleja también en algunos amores pasionales que apuntan a hacer del dos un Uno absoluto), a un momento de pérdida, de incompletud, de finitud inherente a todo lazo que admite la diferencia. 

Pero esta mutación no debe leerse necesariamente en un sentido depresivo, por eso la bruma desaparece y la luz vuelve hacia el final, colándose por la ventana. La ausencia se puede simbolizar y, en este punto, se puede acentuar lo que brota del cambio. Entonces el mar como origen de todo es metáfora del nacimiento mítico y de la transformación en su ondulación incesante, pero además de un renacimiento posible. Y aquí es donde el título Drift se vuelve sumamente pertinente, ya que significa deriva. Y esta desviación del rumbo establecido puede aplicarse tanto a la experiencia del personaje de Josefina (para quien la ausencia abre un nuevo camino posible, un viaje que la vuelve otra para sí misma) como a la del espectador mismo de la película.

Como espectadores, abandonar la narración representativa puede generarnos en un comienzo desasosiego, tedio y desorientación. Pero esta fuga de sentido representativo que propone Wittman no es caprichosa o un mero regodeo técnico. La realizadora alemana nos invita a suspender la comprensión y a dejamos llevar por la ensoñación sonora y serpenteante del mar para recompensarnos con la experiencia de otro modo de goce; un goce estético fundado en la poesía como resonancia en el cuerpo de lo imposible de representar.

Calificación: 7.5/10

Drift (Alemania, 2017). Dirección: Helena Wittmann. Guion: Helena Wittmann, Theresa George. Música: Nika Son. Fotografía: Helena Wittmann. Elenco: Theresa George, Josefina Gill. Duración: 98 minutos. Disponible en Puentes de Cine (www.puentesdecine.com).


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