1. ¿Qué es lo que une, lo que conduce, el rastro de una familia después de siete generaciones? Entre el cuadro del antepasado más lejano de la familia que Poli Martínez Kaplun descubre en la casa de su tía Kat y su propio hijo hay un hilo que ahora se visibiliza: entre la kipá que corona la cabeza de Salomon Itzhak y el bar miztvah del hijo de Poli hay algo más que un siglo largo de historia. Hay, en esos gestos y en esos detalles, un origen ligado al judaísmo que se redescubre como si hubiera estado latente a la espera del momento en que alguien lo recuperara.

2. Esa latencia que vuelve a ser presente es la pregunta que guía el documental y que no aspira a una respuesta definitiva –tal vez porque se imagina que no la hay-: ¿qué es lo que pasó en la familia para que ese origen se haya invisibilizado, olvidado, durante tantos años? Poli se desplaza hasta comienzos del siglo pasado, hasta su bisabuelo Otto Lippman, para desde allí tratar de encontrar los indicios de esos desplazamientos familiares. Se intuye que la llave que empieza a desatar en la directora los nudos de ese pasado son esas cajas que la tía Kat trajo de Europa a Buenos Aires y que no ha visto nunca. Una caja atiborrada de álbumes de fotografía de los antepasados, de los padres de su abuela materna. Y otra que atesora viejas películas familiares de la rama Kaplun, y que funciona como punto de partida de un legado del registro que marcará a toda la familia.

3. Allí mismo es donde aparece la diferenciación entre Poli y el resto de la familia. Mientras ella va por esas cajas, las revisa, intenta ubicarlas en tiempo y espacio, ponerles un nombre y una historia, el resto de la familia parece haberse desentendido de esos objetos. El relato que hace la tía Kat involucra a su hermana –y madre de Poli- Helen: ambas llevaron esas cajas a la casa de Kat pero ninguna de las dos las revisó, las miró, quiso saber qué había allí. Dos claves en ese tramo inicial permiten entender esas reacciones. De un lado, la explícita idea de legado que subyace en lo que le dice Kat a su sobrina: “Hacé de cuenta que te lo hemos traído a vos”. Del otro lado, ese rechazo por todo lo que significa pasado para Kat. Si se afirma en el presente (es notorio en la referencia que por contraposición hace respecto de las fotos de Poli y sus hijos) lo hace sacrificando en el mismo gesto al pasado (“A mí el pasado no me interesa”). La diferencia entre tía y sobrina se cifra en esa actitud. Mientras Poli parece impulsada a volver por ello a la pregunta inicial, por su propia necesidad de saber, Kat se refugia imperturbable en esa frase que resume su pensamiento: “Esta gente que no conocí”, dice, como si quien se ve allí no fuera su abuelo, sino un desconocido.

4. Lo interesante es que en La casa de Wannsee esa diferenciación no se limita a esa relación. Si es notorio que ello implica la literal desaparición de la tía Kat del resto de la película, también resulta cierto que esa tensión alrededor de la memoria asume otras formas cuando entran en escena las otras dos hermanas. El documental replica esa diferencia del presente en el pasado, cuando Helen retoma la pelea de su madre Emily por recuperar la casa familiar de Berlín. Allí, la carta enviada a las dos hermanas revela el poco interés de Kat e Irene por esa historia pasada que no parece tocarlas, limitándose al acompañamiento. La foto de las tres en la puerta de la casa una vez recuperada, parece ser el último -¿el único?- vestigio de una unión alrededor de la significación del pasado familiar. Eso que la discusión entre Helen e Irene en Madrid reinstaura como distancia nunca saldada.

5. La casa de Berlín no es solamente la que da el título al documental. Es el punto de partida de una historia porque es el escenario central de la historia familiar. No por su valor como construcción, sino como hecho de apropiación y despojo de una memoria particular. Una casa que debió ser mal vendida en tiempos del nazismo y que nunca fue pagada por su comprador. Que era un oficial del nazismo. Y que después de la división de Berlín, al quedar del lado de la República Democrática Alemana, fue utilizada por la policía para la vigilancia de la zona cercana al Muro (y la casa, en ese punto replica la manera en que el nazismo y el comunismo expulsaron a las dos ramas familiares de sus territorios). Es ese el lugar del que la bisabuela y la abuela de Poli deben huir antes que el nazismo vaya por ellas, iniciando un camino de dispersión familiar que parece interminable. Y sin embargo, no es la única casa de Wannsee que le importa al documental. Como otro signo más de esa persecución, a poco de la casa familiar, sobre la misma calle hay otra “casa Wannsee”: aquella en la que un grupo de jerarcas nazis se reunieron para tomar la decisión de la “solución final” para los judíos de Europa. Una y otra, convertidas ambas en museos –una de manera oficial, otra como iniciativa de su nuevo dueño-, no solo condensan la dispersión de una familia, sino que restablecen el sentido de una memoria mucho más compleja que busca la directora, yendo más allá de las ideas familiares: como en su anterior película –Lea y Mira dejan su huella-, la historia individual se convierte en una pieza más de un extenso rompecabezas colectivo del que toma su valor y al que le aporta sus detalles particulares.

6. Pero también la casa de la calle Wansee es el centro de otros hilos que el tiempo naturalizó y que el documental vuelve a hacer visibles, a reponer como recorridos inhabituales. Con el recurso de hacerlo explícito, despliega sobre un mapa las relaciones entre distintos puntos del planeta que entretejen el recorrido familiar. Alejandría, Cherney, Buenos Aires, Ginebra, Caracas y Madrid: los hilos rojos puestos en el mapa, dibujan una trama que va y vuelve con Berlín como eje inevitable. Una trama que se relaciona directamente con las ramas de ese árbol genealógico que el nieto de Irene tiene en su habitación: una serie de líneas de relación que permiten entender el espacio y el tiempo de una familia.

7. Ese niño es el que exhibe la mayor paradoja, que lo trasciende y que permite entenderse como marca familiar. Nacido en Munich, dice no ser alemán, sino venezolano o italiano (la tierra de origen de sus padres). Lo que expone ese niño –y se replica en la abuela- intenta despejar la incógnita sobre la pertenencia. No se es de donde se nace sino del lugar en el mundo que se encuentra (aún cuando el alemán siga siendo la lengua original de la familia y que las hermanas Irene y Helen sientan en sí mismas las huellas de la educación “prusiana”). Si la familia original que llega a la Argentina a fines de la década del 40 exhibe los rasgos de la multinacionalidad –padre ruso, madre alemana, una hija chipriota, las otras dos egipcias- su devenir en el mundo establece esa peculiaridad para que en el final, se diluyan los componentes alemanes de familia, tanto como los del judaísmo.

8. El único rasgo que unifica a esa familia al llegar al país es la declaración de la religión que profesan: todos constan como protestantes. Es en ese punto en el que el documental pone su foco para descubrir que hubo por detrás decisiones político-burocráticas (los judíos no solo eran perseguidos, sino que al ser declarados indeseables, no eran recibidos en el resto de los países) pero también decisiones familiares para sobrevivir. En el diálogo entre Irene y Helen aparece esa falla que desestructura los cimientos familiares en relación con el judaísmo. Mientras la primera sostiene que no había persecución a su abuela y su madre y que ellas abandonaron Alemania, Helen retruca con vehemencia que no “abandonaron”, sino que huyeron. Ese diálogo, además de imponer la imposibilidad que Irene –y posiblemente también Kat, aunque no lo diga- tiene para desprender la condición judía del judaísmo como religión (para ella, que su madre no profesara la religión, implicaba que no podía ser judía y por tanto, no era perseguida por el nazismo), resulta la constatación clave de la relación que en el espacio intrafamiliar se tiene con la historia y la memoria. Para Helen, la recuperación de la casa no pasa por el simple hecho de recuperar un edificio: importa el valor simbólico de recuperar un espacio apropiado y del cual la familia fue despojada por cuestiones raciales. Y para ello, resulta inevitable que desde esa perspectiva, el hecho se constituya en una afirmación, en una recuperación de lo judío en la familia.

9. La certeza a la que arriba La casa de Wannsee es la imposibilidad de dar una sola respuesta que dé cuenta del giro de esa familia para alejarse y finalmente volver sobre la cultura judía. En todo caso, intuye motivos por los cuales esa presencia se fue diluyendo con los años, para decantar en el protestantismo, en el catolicismo o en el ateísmo llano. El despojo nazi, un continente en guerra continua, el paso por otros países, la mezcla de idiomas y el aprendizaje perpetuo por el contacto con otras culturas, dejaron a Alemania en ese lugar reservado para el idioma –entendido por la madre como una forma de resistencia a la expulsión, en un modo que recuerda también al reciente documental Un suelo lejano– y al judaísmo como un recuerdo cada vez más lejano. A fin de cuentas, en el final, lo único que persiste es esa pregunta del comienzo formulada y vuelta a formular por la directora (“¿Qué pasó entre (el tiempo de) Otto y nosotros?”) y que seguirá dando vueltas como incerteza a la búsqueda de nuevas preguntas.

Calificación: 7/10

La casa de Wannsee. Memorias de una familia judía (Argentina, 2019). Guion y dirección: Poli Martínez Kaplun. Fotografía: Javier Miquelez, Hernán Menéndez. Montaje: Ernesto Felder (SAE), Miguel Colombo (SAE). Duración: 70 minutos.


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