Los orificios nasales de un caballo se abren y cierran apenas por sobre la línea de agua del río. La orilla se ve lejana y el caballo nada, no sabemos desde hace cuánto, no sabemos cuánto más. Cuando exhala, salpica agua con el hocico, y cuando ya tomó aire, sus orificios nasales se vuelven a cerrar, para evitar que entre el río. El agua marrón lo cubre todo excepto la parte superior de su cabeza: llegamos a ver sus orejas, sus ojos y la punta del hocico.  Nada más. El movimiento de su cabeza y de las olas nos permite intuir su movimiento subacuático: la masa enorme del animal que flota y avanza. No estoy seguro de qué sea el cine, pero sí estoy seguro  de que nunca había tenido la oportunidad de ver (con tanto detalle y paciencia) los orificios nasales de un caballo mientras nada como en Toublanc.

Tampoco sé exactamente qué es lo que se supone que vi en Toublanc. Hay una historia santafesina, pequeña pero hermosa gracias a los primeros planos maravillosos de Maricel Álvarez, que se va forjando y crece con gracia, gracias a unas cuantas lágrimas, la pantalla partida, un perro y también (tangente que se dispara con misterio propio) gracias a un caballo, que podría o no tener relevancia argumental pero tiene un peso cinematográfico indudable. También hay algo así como una historia francesa, y ahí es donde me pierdo un poco. Al parecer hubo un crimen, del que no sabemos casi nada excepto una vaga ubicación geográfica y una vaga ambigüedad sexual sugerida. Un hombre (largo, muy largo) camina y no deja de caminar, por París y por una ciudad al parecer costera del norte de Francia. Su deambular nos trae cierta porción de belleza, pero no mucho más. Hay, sí, unos cuantos momentos preciosos, en los que este hombre un tanto seco y definitivamente parco comparte una tarde con su hijo, juega al fútbol con él en una plaza, lo abraza y charla. La vitalidad de ese breve momento es la única que aporta el personaje de Toublanc (título de la película toda), más allá de un estado de melancolía suspendido (al cual aporta la música), una última frase con demasiado peso, y, al parecer, ciertas referencias a la obra (tal vez a la vida) de Juan José Saer.

Se supone (por los créditos, por las críticas, por la insistencia con la que se muestra en plano un ejemplar de Cicatrices) que la referencia a Saer resultaría importante para comprender Toublanc. Uno de los principales méritos de la película es, precisamente, que esa referencia no resulta fundamental y tal vez hasta resultaría mejor obviarla. Sospecho (y, en tono melancólico, no podré jamás confirmarlo) que en parte es el peso de esa referencia el que deja coja a esta película, a través del personaje de Toublanc, un personaje que no parecería tener mucho más que unas piernas largas y un hijo, tal vez, precisamente, porque tiene su verdadero peso en una obra que no es esta película.

La señorita de francés, soltera de 41 años, en cambio, tiene todo el cuerpo de Álvarez, sus gestos, una personalidad que podemos intuir, un perro muy fotogénico, una soledad trazada por encuadres precisos. El corazón de esta película palpita en Santa Fe. Se nota. Es acá también donde las palabras cobran un peso musical, un fluir plástico no simbólico. En esta historia las palabras tienen raigambre y sentido, muchas veces en off; el opuesto exacto de esa frase cuasi metafísica que dice, aislada y con aspiración a bronce, el acusado francés al cual entrevista Toublanc.

Si Francia la vemos a través del deambular de Toublanc (y aporta un elemento paisajístico lindo y levemente endeble), la tierra de Santa Fe tiene un peso diferente. Curiosamente, esa tierra santafecina casi no la vemos a través de un deambular paralelo de la profesora de francés, sino, avanzada la película, gracias a ese caballo que estuvo atado en un terreno baldío y que ahora se escapó (“por suerte”) y anda libre (casi como un fantasma) por la ciudad y por el campo. Los planos del caballo caminando por el centro de la ciudad de noche (incluido un meo épico) son de una fuerza y un misterio tal que casi parecen salidos de otra película o, para ser justos, ofrecen lo mejor que Toublanc tiene para ofrecer: la potencia de una imagen rotunda, que tiene un peso y un justificativo en su propia fuerza, no en algún sentido o referencia que vibra hacia lo existencial.

Toublanc (Argentina, 2017), de Ivan Fund, c/Maricel Álvarez, Nicolás Azalbert, Diego Veggezzi, 97′.


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