
Un manicomio define la existencia de un adentro y un afuera. Un adentro que implica encierro y un afuera que se va volviendo cada vez más desconocido. Además de una cárcel –o un campo de concentración, como lo define una de las cartas rescatadas de los archivos- las paredes de un manicomio se constituyen como fronteras. Territorios lindantes pero cuyo ingreso –y el casi imposible egreso- se encuentran fuertemente reglados. Las reglas del adentro y el afuera no coinciden, delimitan la legalidad de cada espacio hasta volverlos extraños entre sí. Hasta hacer imposible el pasaje entre uno y otro.
La idea de la desmanicomialización es relativamente reciente. El comienzo de Dejar Romero (Fernández Mouján; Khourian, 2024) lo clarifica en relación con el Hospital Neuropsiquiátrico de Melchor Romero: pasaron 126 años para encarar un proceso que rompa las fronteras impuestas por ese sistema. Un proceso que, en principio, genera que esas fronteras se vuelvan permeables y que el documental registra por una doble vía. En principio, propone la existencia de ese adentro que debe ponerse al descubierto. Al comienzo, vemos lo que fue la Escuela de Enfermeras, convertida en un depósito de documentos de la institución. Dos ideas interesantes surgen de esa imagen: que se proponga como depósito (espacio de guardado) y no como archivo (espacio organizado) y que se encuentre en un edificio anexo, separado de la construcción principal, como si fuera necesario tomar distancia de ese pasado registrado en el papel. Una y otra señalan no solo el desinterés, sino cierta incomodidad latente: los documentos guardan la historia, las prácticas. La incomodidad que lleva a la desidia que implica la posibilidad de su destrucción, pero especialmente al olvido.
La irrupción de un grupo de personas que postulan otro modelo, transforma lentamente esa acumulación en un archivo. Registra las prácticas desde las fichas personales y sobre todo, desde las cartas de los internos que nunca fueron enviadas. La recuperación revela la censura (no permitir que una carta revele hacia el exterior lo que ocurría en el interior) pero paradójicamente se convierte en prueba, en testimonio que esa misma censura valida. Unas pocas piezas (especialmente de las décadas del 40 y 50) alcanzan para dimensionar modos de actuar tanto del afuera (encerrar a quienes se consideraba locos) como del adentro (aplicación de inyecciones, tratamientos violentos, ausencia de diagnósticos). Lo que en el ayer revelaba lo que los internos se negaban a hablar ante los médicos, el hoy los recupera como relatos de lo que sucedía dentro de esas paredes. La exploración de ese adentro es recuperación histórica cuya dimensión se potencia en la concepción de los mecanismos de encierro como parte de una conducta construida por la sociedad. Son esos elementos los que permiten la extrapolación y los que justifican ese pasaje del “Nunca más” de la dictadura al ámbito del psiquiátrico y que el mural en una de sus paredes recuerda constantemente.
Por otro lado, lo que el documental refleja es, en paralelo, el pasaje del adentro hacia el afuera, una salida al mundo que queda simbolizada en la escena del eclipse (con su pasaje de lo representado a lo real) y que solo se profundizará de allí en más. El encierro colectivo cede su lugar a una libertad cifrada en una vida igualmente colectiva pero acotada: ya no pabellones enteros repletos de gente, sino viviendas compartidas en un barrio abierto y con la supervisión y acompañamiento necesarios. Los contrastes se vuelven notorios: se pasa del abandono y la dejadez que dominan el espacio de encierro a las casas recién terminadas, pintadas y equipadas en las que comienzan una nueva vida. Pero sobre todo se advierte entre la imagen inicial de esas personas que parecen deambular por un espacio que les construyó una ajenidad y la alegría que se distingue en las fotos de un nuevo espacio de pertenencia. Dejar Romero registra la distancia entre la deshumanización y la empatía, en esa relación entre las personas que derrumba las fronteras que impone el psiquiátrico y postula un mundo abierto y en igualdad de condiciones.
Dejar Romero (Argentina, 2024). Guion y dirección: Alejandro Fernández Mouján, Hernán Khourian. Fotografía: Alejandro Fernández Mouján. Edición: Florencia Gomez Garcia, Alejandro Fernández Moujan y Hernán Khourian. Duración: 77 minutos.
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