Veinticuatro años después de Picnic at Hanging Rock, Peter Weir vuelve a filmar una historia protagonizada por estudiantes de alta alcurnia, esta vez hombres, y bajo el título La sociedad de los poetas muertos. Aunque esta similitud llama la atención de cualquier conocedor de la filmografía del director australiano, hay una diferencia que se puede explicar a partir del  título de ambas, y que las convierte en películas muy disímiles. En la primera, el espectador no conoce tanto a los personajes: las estudiantes pierden ese protagónico en pos de la atmósfera enrarecida y del escenario que con maestría construye Weir, y que podría ubicar a dicha película en la categoría de “cine arte”. En la segunda, los estudiantes y su profundidad son el foco sobre el cual el director construyó un debate que todavía hoy podría extenderse. La sociedad de los Poetas Muertos, estrenada en 1989, llegó para hablar, entre otras cosas, de modelos educativos.

De arranque, nomás, La sociedad de los poetas muertos presenta una academia de estudios elitista y conservadora a la que los estudiantes van llegando arreados por sus padres. El planteo, la controversia, comienza visualmente antes que los diálogos lo expliciten. Es el primer día de clases y a las claras vemos alumnos que se quieren cortar las pelotas por estar ahí. Pero para dejarlo más claro, luego de que en ese acto inicial se expongan los valores de la academia, “Tradición, Honor, Disciplina y Excelencia”, Weir acerca la cámara a los alumnos que, por lo bajo, y en el mismo acto de apertura, retrucan: “Aburrimiento, horror, Decadencia y Excremento”.

Desde ese momento, desde esa presentación, en la platea se configuran dos bandos, o al menos dos. Y una de las cuestiones que separan a dichas perspectivas, es la sentencia de si la película toma partido por alguno de los dos modelos que desarrolla o, por el contrario, si sólo se dedica a retratar una historia de modo “imparcial”. Es decir, desde diferentes enfoques, podría acusarse que La sociedad de los poetas muertos muestra el terror de un modelo educativo del pasado, o en la vereda contraria, alguien podría expresar que Weir inmortaliza un peliculón que, por más ficción que sea, retrata cómo se perdieron los valores para terminar en este presente educativo nefasto. En conclusión, en materia ideológica, Weir sale indemne, aunque para algunos el simple hecho de hablar del tema sea una incorrección. Además, astucia o no de este film estrenado en 1989, la historia transcurre treinta años antes, en 1959. Es decir, ejemplificando con la escena en la que el director de la academia castiga con golpes de tabla al ojete de uno de los estudiantes, en el año de la caída del muro de Berlín, suponemos que ya nadie sostenía esas prácticas, que nadie debió hacerse cargo, ni que tampoco podría hoy relacionarse esto con los sanguchitos rancios de paleta y queso de Larreta. No, en esta película el director no estaría cuestionando a la sociedad actual.

Dejando de lado la controversia ideológica, es importante analizar cómo funciona, para este film y como máximo protagonista, la elección de Robin Williams. El actor fallecido hace ocho años generaba también dos bandos: quienes lo amaban y defendían, y quienes, aún reconociendo su gran carrera y dotes actorales, criticaban su sobreactuación. A veces los actores son encasillados en un género, o son tan identificados con un papel que es difícil quitárselo de encima cuando lo vemos en otra pilcha. Robin Williams, antes de que hable en esta película, cuando recién nos enteramos que es el profesor nuevo recién llegado, ya nos parece un buen tipo, y si se quiere también gracioso. En La sociedad de los poetas muertos, su papel es el elemento disruptivo. Es él, su papel de profesor poco ortodoxo, el que enciende los motores del quilombo, el que cambia la normalidad de esos alumnos y su vida académica. Sin embargo, y  aun con una actuación acertadísima, de lo primero que cualquier espectador habla cuando termina la película es de la trama, o de cualquiera de las subtramas y su profundidad. No de lo entrañable de ese profesor, como en cualquier otra película de alumnos y profesores, como Sandrini en El profesor hippie. Bajo ningún punto de vista esto es una consecuencia de una mala actuación, todo lo contrario. Lo de Robin Williams, al igual que las actuaciones de los alumnos, entre las que se destaca la de Ethan Hawke, funcionan en armonía y con la profundidad justa que nos permite conocerlos, quererlos si se quiere, pero no quitar los ojos del foco principal. Interpelarnos nosotros mismos.

El ritmo de la película es acertado, es de esas que una vez finalizadas parece que transcurrió menos tiempo que el real. Cada acción tiene su consecuencia, y aunque en algunos casos estas acontezcan en escenas consecutivas, nada parece tirado de los pelos, simplón o incrustado burdamente. El mejor de los casos para ejemplificar esto ocurre adentrándonos en el final. Ya sabemos que uno de los estudiantes tiene al padre más ortiva de todos, que no hay chances de desobedecerlo sin sufrir las consecuencias. El alumno en cuestión, del que el padre espera que se reciba de médico, elige anotarse para actuar en una obra de teatro. El desarrollo de esa subtrama de desobediencia, que implica el tiempo en que se ensaya la obra, en que el pibe procura que el padre no se entere, y también el tiempo natural desde el primer ensayo hasta el día del estreno (que sí vemos), Weir no la necesita mostrar. Por el contrario, el director elige una elipsis temporal grande, que llama la atención, pero que no molesta, y que en definitiva también se subordina a la trama central, al verdadero sentido de la película. No nos hace falta saber si ensayó mucho, poco, etc. Nos damos cuenta de que las escenas se resuelven rápido, porque lo que Weir prioriza es la conexión de cada elemento, y lo que cada alumno y su familia representa en el entramado social. Entonces cada giro de La sociedad de los poetas muertos se resuelve casi instantáneamente, como si lo único que preocupase al director es mostrar las consecuencias de cada decisión.

Esta escena mencionada es la gota que rebalsa la tradición de la escuela. Concluye con el suicidio del alumno, en una acción predecible pero que también funciona y tiene su sentido. Es el climax de la película, pero no es el final. Nos conduce al último de los planteos que propone este peliculón: el momento de repartir las culpas. Y claro, al profesor lo rajaron de la escuela. Recién ahí Weir toma partido, y lo hace con todas las herramientas del drama, despertando la emoción del espectador. La escena final es la que recordará todo aquel que haya visto la película, es el mejor momento y algo no tan fácil de lograr. Hablamos de coronar un film con el punto más alto a lo último, como en Los Puentes de Madison con esa manija que nos estruja la panza. En La Sociedad De Los Poetas Muertos, los alumnos que no serán unos caretas y garcas toda la vida, uno a uno se paran arriba de su pupitre, desafiando a la autoridad, para despedir a su profesor y demostrarle que gracias a él han desarrollado un pensamiento crítico, propio.

La sociedad de los poetas muertos (Deads Poets Society, Estados Unidos, 1989). Dirección: Peter Weir. Guion: Tom Schulman. Fotografía: John Seale. Música: Maurice Jarre. Reparto: Robin Williams, Robert Sean Leonard, Ethan Hawke, Josh Charles, Dylan Kussman, Gale Hansen, James Waterston, Allelon Ruggiero, Norman Lloyd, Kurtwood Smith, Melora Walters, Welker White, John Cunningham, Debra Mooney, Lara Flynn Boyle. Duración: 124 minutos.


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