“La amaba como el conejo ama a la culebra”.  Walter Huff en Double Indemnity

Es inevitable esgrimir una sonrisa cuando uno piensa que al margen de los factores imprescindibles que se necesitan para hacer una buena película (un director competente e inspirado -que no es lo mismo, aunque las dos cosas pueden habitar en el mismo cuerpo-, una buena historia, unos buenos actores, un equipo técnico que conozca su laburo y un etcétera bastante grande), también deben existir una serie de factores fortuitos o azarosos que logren que eso destinado a ser simplemente bueno, sea excelente. 

Mucho de esto pasó en el proyecto y realización de Double Indemnity (también conocida como Perdición o Pacto de sangre), la película que Billy Wilder filmó en 1944 adaptando la novela homónima de James Cain.

¿Factores azarosos? Un montón: el primero de ellos es que el extraordinario Charles Brackett, habitual coguionista de Wilder, aborreció el material y se negó a trabajar en él. Wilder tuvo entonces que salir a buscar urgentemente otro guionista y esa búsqueda terminó nada más y nada menos que con la contratación de Raymond Chandler (otro que no tenía en buena estima a Cain). Pero la contratación de Chandler no fue, ni de lejos, la solución a los posibles conflictos, sino que fue el punto de partida de muchos otros. Ya es leyenda lo mal que se llevaron y las siete semanas que duró la filmación fueron un calvario, sobre todo para el autor de El largo adiós: la forma de trabajo, los maltratos y los desplantes de Wilder lo tuvieron sumergido en una angustia, enojo y malestar que se apaciguó después de que Chandler arrojara un filoso abrecartas sobre la espalda del pequeño Billy. 

Pero al margen de esa relación tensa y en constante litigio, es más que evidente que se impuso lo mejor de ambos porque el guion de Wilder/Chandler mejora bastante la novela de Cain, que recibirá algunos providenciales cambios. 

Algunos de estos cambios son leves y a su vez significativos. El Walter Huff del libro aquí pasa a llamarse Walter Neff (Fred MacMurray), y la Phyllis Nirdlinger de la novela aquí se convierte en Phyllis Dietrichson (¿un guiño a Marlene?), interpretada magistralmente por Barbara Stanwyck. 

Otro de los aciertos de W/CH es haber invertido el orden de los acontecimientos. La frase con que Walter le comienza a hablar al dictáfono («Había matado a un hombre por dinero, y por una mujer. No tenía ni el dinero ni la mujer«) y que acá es el punto de partida de todo lo que sucederá, en la novela recién se pronuncia en la página 106 (según mi vetusta edición de El Séptimo Círculo). 

Y el punto más sabio de todas las modificaciones es que mientras Cain imagina que la pareja de amantes/asesinos concertará un improbable pacto suicida en alta mar (un sinsentido absoluto), aquí las cuestiones se van a dirimir con otro crimen y como ocurre en toda la película (y en la novela también), Phyllis siempre estará un paso adelante de Walter.  

Es posible intentar vislumbrar las motivaciones de Wilder para filmar y hacer suya la novela de Cain, porque en Pacto de sangre aparecen varios temas o elementos que Wilder utiliza en películas anteriores y posteriores y que parecen apasionarle: los disfraces, la sustitución, las identidades falsas y los triángulos (de toda índole). Los disfraces están en El mayor y la menor, en Irma la dulce o en Una Eva y dos Adanes. Aquí Walter Neff se disfrazará del asesinado Dietrichson, con las muletas y la indumentaria con que subirá al tren: se apropiará de su identidad con fines criminales. Al personaje de Phyllis no le hacen faltan disfraces sino algunos pequeños detalles que marcan los rasgos perversos de su personalidad y que se potencian con esa actriz sobrenatural que fue Barbara Stanwyck:  la cadenita en su tobillo, los lentes oscuros en el almacén donde se encuentra con Neff y hasta la forma de encender las cerillas que presagian todos los fuegos del infierno. 

Walter y Phyllis son parte de todos los triángulos que tiene Perdición: Walter, Phyllis y el señor Dietrichson; Walter, Phyllis y su hijastra Lola (un auténtico espíritu de veleta); Phyllis, Lola y su novio. 

Pero el vínculo más interesante de la película es el de Walter Neff con su jefe, el insuperable Barton Keyes de Edward G. Robinson. Hay un desafío constante, una puja de ironías (de intelecto), una relación que excede la de jefe /empleado, con mucho de mutua admiración (maestro/alumno) y de sincero afecto (padre/hijo). Hay una marcada obsesión de Walter por demostrarle a Keyes que puede engañarlo, que puede burlar su instinto y su olfato para detectar un timo. Hay un intento desesperado, a pesar del afecto, de aliviar la carga de esa mochila patriarcal que representa Keyes. 

En la película se siente y se respira un aire trágico y de fatalidad absoluta (entre otras cosas, por los magistrales tonos que inventaba John Seitz).  Una película que filmada hace 77 años conserva todas sus (muchas) virtudes. También es justo reconocer a Wilder como un artista que se dedicó a filmar películas extraordinarias que ostentan una cualidad infrecuente: desafían el paso del tiempo y suelen salir de ese desafío orgullosamente airosas… 

Double Indemnity (Estados Unidos, 1944). Dirección: Billy Wilder. Guion: Raymond Chandler y Billy Wilder. Fotografía: John F. Seitz (B&W). Música: Miklós Rózsa. Elenco: Fred MacMurray, Barbara Stanwyck, Edward G. Robinson, Tom Powers, Walter Hall, Jean Heather. Basada en la Novela Double Indemnity, de James M. Cain. Duración: 106 minutos.


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