Mis primeros recuerdos ligados a El mundo según Wayne (Wayne’s World, 1992) se remiten a mis hermanos dejándome verla cuando tenía unos siete años. Mi interés hacia ella radicaba en que, por alguna razón que desconozco, sabía que en alguna escena sonaba Bohemian Rhapsody, que era la única canción de Queen que conocía y me gustaba. No pasé más allá de aquella mítica secuencia porque el resto me resultaba un mundo extraño que no entendía. No entendía su humor, no entendía a sus personajes, de hecho me irritaba y no entendía a Garth (de hecho, nunca me causó gracia del todo lo que hacía Dana Carvey) y tampoco captaba las referencias al mundo musical en donde vivían los protagonistas. En definitiva no entendía la propuesta de la directora Penelope Spheeris.


Pero ya a fines de los noventa mi situación era otra. Muchas de las bandas que Wayne y Garth escuchaban habían pasado a ser también mis bandas. El humor surreal me causaba mucha gracia y la ropa que usaban los protagonistas era la misma que había empezado a usar yo. Había visto también el documental de Spheeris The Decline of Western Civilization Part 2: The Metal Years (1988) porque lo pasaban por el canal I-Sat, y me había enganchado con las repeticiones de las viejas temporadas de Saturday Night Live que se pasaban por Sony. Fue esa mezcla entre humor y búsqueda de identificación con personajes de la cultura del rock, propia de la adolescencia, la que me hizo empatizar con el mundo que rodeaba a Wayne.


Capaz haya sido el choque de personalidades entre Myers y Spheeris lo que generó una película fundamental para los adolescentes de los noventa. Esos que necesitaban personajes más cercanos, que compartieran su propio humor y una serie de códigos que no prometían grandes aventuras más allá de pasear y moverse por una ciudad que no tenía nada de glamoroso. Wayne’s World no trata de nada, y más allá de los eventuales conflictos, el fuerte de la historia es que se trata de personajes yendo y viniendo, y es en ese punto donde radica el encanto de la película hasta el día de hoy. En tratar de entender a una generación que estaba perdida después de la década del glam, en recuperar con humor a los jóvenes y sus problemas. En acercarse a ellos y no juzgarlos, sino acompañarlos. Se trata de una película que huele a espíritu adolescente.


Pero por sobre todas las cosas, Wayne’s World es una película hecha con gracia. Más allá de la pésima relación que tuvieron durante el rodaje, Spheeris y Myers lograron lo imposible: unir dos mundos completamente distintos. El humor surrealista de Myers se conjugó bien con la mirada documentalista de Spherris. Ahí donde la película podría caer en el disparate, Spheeris pone un freno para centrarse en el mundo que rodea al protagonista y humanizarlo, como cada vez que Wayne habla a cámara rompiendo la cuarta pared, o cuando la cámara se aleja de los personajes principales para enfocarse en otros como el dueño de la cafetería. De hecho basta ver la secuela, ya sin Spheeris y con Myers al control, para darse cuenta de la importancia de una directora que tenía un mundo para contar. Esa secuela, que, reconozco, tiene algún que otro momento gracioso como la preparación del Waynestock, se pierde en una infinidad de gags y parodias a otras películas que le quitan la espontaneidad y sobre todo el rasgo humano. Se trata más de caricaturas que de personas que viven su día a día.


Wayne’s World, junto a The blues brothers (John Landis, 1980), son las únicas películas realmente buenas que salieron de la factoría de Saturday Night Live. Aunque cueste admitirlo, y teniendo en cuenta que en aquel programa hubo comediantes increíbles como Will Ferrell, la mayoría de estas películas siempre giraron en torno a un chiste o un sketch alargado. Ni siquiera presentaban una mirada o un director con un mundo a descubrir. Pecaban de tener una puesta en escena televisiva, y honestamente tampoco eran muy graciosas. Es por eso que ya nadie recuerda películas como It’s Pat (Adam Bernstein, 1994) o The Ladies Man (Reginald Hudlin, 2000). Tampoco buscaron ser otra cosa que el estiramiento de un chiste que causaba gracia en dosis pequeñas. Wayne’ World, por el contrario, tenía -valga la redundancia- un mundo que mostrar, y cayó justo en el momento y lugar indicados.

El mundo según Wayne (Wayne’s World; Estados unidos, 1992). Dirección: Penelope Spheeris. Guion: Mike Myers, Bonnie Turner y Terry Turner. Fotografía: Theo Van de Sande. Música: J. Peter Robinson. Reparto: Mike Myers, Dana Carvey, Rob Lowe, Tia Carrere, Lara Flynn Boyle, Donna Dixon, Colleen Camp, Michael DeLuise, Brian Doyle-Murray, Lee Tergesen, Kurt Fuller, Sean Sullivan, Mike Hagerty. Duración: 95 minutos.


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