1. El horror, el horror.

Pablo Saldías Kloster y Rodrigo Torres, aunque se interpreten a sí mismos, son dos aspectos de un mismo personaje. Esto, además de colocar a Implosión (Javier Van de Couter, 2021) en el irrevocable registro de la ficción, los convierte en un personaje dividido, conflictuado, tensionado, entre lo que representa uno (el shock, el rencor, el estatismo) y el otro (el deseo, la acción, la necesidad).

Ambos son resultados latentes del trauma, en una situación que busca resolución, volverse acto. Catarsis.

Pablo luce harto en la escena más «documental» del comienzo, justo después de la introducción de la película, donde todo remite a los acontecimientos reales, la masacre escolar de Carmen de Patagones, la ciudad más austral de la Provincia de Buenos Aires. Ellos dan charlas a alumnos de secundaria, que se muestran poco interesados o realmente afectados por el hecho en sí, por sus posibles causas o consecuencias. Todo lo que «debaten» es lugar común, corrección política, o su hermana reaccionaria, la incorrección. Nada de esto parece servir.

Y entonces sucede la divergencia, la fantasía convertida en premisa. El elevator pitch, el gancho, la tentación: Rodrigo le dice a Pablo que sabe dónde está Juniors.

Entramos en la “Dimensión Desconocida”.

Juniors entró con un arma al aula y empezó a disparar. Tres compañeros murieron, cinco quedaron heridos. Pablo fue uno de los más graves. Internado, en coma, perdió varios órganos. ¿Qué le ofrece Rodrigo en el auto? Rodrigo es acción, movimiento, pero no es dirección, no es foco. No sabe lo que ofrece.

Rodrigo es reticente, no solo porque es estatismo, sino porque lo asusta su propio foco; Pablo tiene odio.

Ya no son personas, en ese auto se fusionaron, su destino es común, atrapados por la trama, ahora son personajes. Constantemente van a querer escaparse. Divergencias, desvíos. Pero esos pequeños escapes van a ser islas, intentos por ser parte de una masa, de una época, de un presente veinteañero. Islas como las de La Odisea o las de Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979). Porque hay una gravedad sobrevolando, algo que chupa la luz y la alegría, el destino del viaje es “El corazón de las tinieblas”, que atrae en su repelencia. Es de lo que intenta no hablarse, lo que se teme, lo que se odia.

2. El horizonte de los sucesos.

Según la Teoría del Big Crunch, las estrellas, con el tiempo, se convertirían en agujeros negros. En un momento, serían tantos que se terminarían fusionando entre sí, convirtiéndose todo el Cosmos en un gran agujero negro que se tragaría toda la existencia dentro de sí.

El universo planteado en Implosión funciona como un agujero negro.

La ruta que lleva, primero a La Plata, y luego a Ensenada, es la órbita que deforma pasado, presente y futuro, mientras más se alejan de Patagones, más se adentran en él, en su pasado.

Pasado que los une en experiencia, en amistad.

Pablo confronta a Rodrigo cada vez que éste siquiera se acerca al tema. Lo toma como una victimización.

Asociarse con el rol de víctima es sentirse deudor. Algo que Pablo rechaza, quizá para no verse en esa situación, quizá porque eso lo acercaría a Juniors en más de un sentido.

También porque eso reduciría su individualidad a un evento producido por otro. Ya no sería ni persona ni personaje, sería una caricatura.

No es menor el dato de que a Juniors, cuyo nombre real es Rafael Solich, se lo mencione habitualmente con su apodo, lo que ya es una reducción del individuo, en este caso supeditado a un padre del mismo nombre. Una identidad borrada y subordinada desde el vamos. Como tampoco es menor el hecho de que generalmente se lo confunda -sobre todo en la prensa- con el protagonista de un hecho similar, pero anterior: la masacre escolar de Rafael Calzada, en el año 2000, donde Javier Romero, cansado de que lo apodaran «Pantriste», mató a un compañero e hirió a otro.

La confusión es curiosa, porque el hecho de que se fusionen ambos en el inconsciente colectivo, a través de los medios y su efecto en la opinión pública, parece generar una suerte de «condensación» social, como si tratara de una pesadilla compartida por todos, donde dos se vuelven uno, distintos pero unidos por su particularidad.

Los medios reducen, caricaturizan. Lo que define a una persona en los noticieros es su profesión (abogado, docente, remisero…) o su condición respecto a una institución (jubilado, estudiante, paciente…) a menos que sea uno de estos casos excepcionales, personajes que por la magnitud del hecho, por ser víctima o victimario, se ganan tener (ser) su propio nombre, o un apodo fuerte: Pantriste por un lado, Juniors por el otro, aunque a la larga, como está comprobado en la confusión habitual, para ellos (y por extensión, para los sociedad) se vuelvan lo mismo. La caricatura es tal porque representa un estereotipo, un rasgo deformado, una simplificación.

A Javier lo cargaban con ese nombre, Pantriste, y con ese nombre se rebautizó como asesino. Con ese nombre lo caricaturizaron, como víctima y en su transfiguración como victimario. Porque el Pantriste real, el de García Ferré, el dibujo animado, era flaco, triste, inexpresivo. Y los adolescentes son crueles, se prueban en las jodas, aíslan y discriminan para sentirse parte de un grupo, irónicamente definiendo su identidad. Los nombres de los personajes de Corazón, las alegrías de Pantriste (García Ferré, 2000), responden al prefijo «pan» o se asocian con los panificados: Pandereta, Panduro, el gnomo Miñón. Pero específicamente con Pantriste, cuyo único interés es tocar el violín, el prefijo parece implicar el término «todo». Todo triste.

La sensibilidad de Pantriste entra en conflicto con su padre, Panduro, un leñador que espera lo mismo para el futuro de su hijo. Eso del violín, de la música, es para pusilánimes, inútiles. La asociación colectiva no es del todo arbitraria. En el caso de Javier, que es decididamente uno de bullying sumado a una personalidad esquizoide, llegaba al colegio y lo cargaban con el personaje, hasta que un día fue con un arma. En de Rafael, o sea Juniors, éste mantenía una relación conflictiva también con su padre gendarme, y sus pericias mostraron falta de empatía y remordimiento, y también, un día llegó al colegio con un arma. Una situación que se repite, que los medios reiteran, que se sugiere, que se bombardea, que se prolonga en el tiempo y en el espacio, que se instala en las mentes como ideas, como instrucciones, como soluciones. Violencia que se retroalimenta, personas que se fusionan, poseídas por una oscuridad que trasciende, personas que dañan a otras.

Rodrigo insiste en que no lo jodía a Juniors, sobrevuela la idea de que nadie era consciente de eso, por más de que fuera o no una realidad para Juniors. En definitiva, termina siendo un asunto de narrativas y sentires, casi percepciones. La película, igualmente, evita preguntarle, evita que lo veamos. Esta es la historia de Pablo y Rodrigo, de su mirada, de su experiencia, Y esto convierte a Juniors en un elemento sobredimensionado, un terror, un espíritu que no debe ser nombrado.

La realidad, igualmente, irrumpe en varios momentos y en varios sentidos. El estreno en el Bafici también ofreció un marco, un espacio negativo que contorna a Implosión frente a otras posibles realidades, o mejor dicho, otras maneras de abordar su realidad, su ficción, su narrativa.

3. Realidades paralelas.

Como si se tratara de un espíritu de la época, hay temas comunes en varias películas argentinas del Bafici que se vieron alrededor del estreno de Implosión.

Por un lado, Los visionadores (Néstor Frenkel, 2021), que está realizada con material de archivo, tomando en joda todo el exploitation, principalmente, de la década del ochenta y noventa, con la explosión del VHS, incluso el directo a video. Todo el morbo con los crímenes, lo retorcido, las muertes, la violencia, casi convertido en placer. La violencia ficcional operando como una droga en sí. Las películas de Desanzo con Ranni, las de Romano, todo ese universo que mamaba de la noticia policial, moralizante, reaccionaria, donde los recursos de las películas de acción yanquis, de lucha contra el crimen, se mezclaban con los bajos recursos, con el shock, con la explotación misma del hecho, que revictimizaban, que -una vez más- caricaturizaban. Nada más justificado que salir a matar a los que me lastiman. El justiciero como protagonista. Frenkel no va más allá de la joda y está bien, no hace un análisis más allá de la equiparación con las adicciones. Es una película lúdica sin mayores pretensiones. Pero la conexión es trazable.

Algo similar sucede con Expansivas (2021). La película de Ramiro García Bogliano es más bien clásica en su abordaje del género, donde dos hermanas emprenden una venganza contra su padre que ha matado a su madre. Sin caer en el exploitation, se suma a una visión moral específica del mundo.

Expansivas e Implosión no solo se asemejan en el blanco, negro y rojo de los posters.

Curiosamente, ambas suceden en La Plata y Ensenada. ¿Qué energía oscura tendrán esos lugares que atraen a las personas a la venganza? Porque no seamos ilusos, por más que Implosión la plantee desde la oposición, la venganza flota como concepto, como motor de la historia. Aunque no se la nombre. Es otro silencio oportuno, otra manifestación del síntoma.

Por último, en este juego de paralelismos, las dos tienen títulos que aluden a ondas, proyectiles y explosivos, las dos tratan sobre las heridas. Y como sugieren sus títulos, ambas van en direcciones opuestas.

Martina Juncadella, una de las hermanas, es de las «actrices Berneri». Anahí Berneri es co-guionista en Implosión junto a Van de Couter. La dupla ya había operado junta en Aire libre (Berneri, 2014) y Alanis (Berneri, 2017), solo que a la inversa, con Berneri en la dirección y Van de Couter co-guionando.

Y la presencia de Berneri se nota en Implosión, sobre todo en el trabajo sobre el cuerpo de los personajes y en el tratamiento de lo que está ahí pero no se puede ver ni decir. O al menos, en la conjunción creativa de los dos.

Hablando de Alanis, Sofia Gala Castiglione, su protagonista, está en otra película del Bafici, La vagancia (Ayar Blasco, 2021), que había filmado un año antes de su rol consagratorio como madre y prostituta. La vagancia, sin embargo, se estrenó recién ahora. En esta primera película live-action de Ayar Blasco, María Fernanda (Castiglione) también fue víctima de bulliyng en el colegio, porque era diferente. Tenía una condición particular: le  generaba fiaca a los demás. Pero en el fondo, se trata del rencor de ella, de la toxicidad de la dinámica de pareja que mantiene con Roberto (Ayar Blasco). Este matrimonio joven, que se agrede, amplifica estos poderes, quitándole la energía a todo el mundo alrededor. En ese absurdo, la paja se vuelve una energía cósmica de insoportabilidad, de intolerancia, de frustración.

Es estar tirado, odiando todo. La presencia de un espectro a través de la radio, un medio masivo, también parece hablar de esa amplificación, de esa masificación del fenómeno.

Mismo María Fernanda teme tener un hijo en esas condiciones, como si la paja fuera una enfermedad, un mal que se puede heredar. Un legado tóxico, de rencor.

¿No están cayendo Rodrigo y Pablo en el legado de rencor y odio de Juniors? ¿No hay una fuerza oscura que se reproduce, en la venganza, en el morbo, en esta idea de justicia por mano propia que viene a equilibrar el mundo para uno mismo?

Ese término, «tóxico», que se usa tanto últimamente, ¿qué está implicando? ¿Si es verdad que hay gente tóxica, qué se hace con ellos? ¿Y si uno es uno de ellos, como le pasa a María Fernanda? ¿Es un virus que se expande?

¿Hay gente negativa?

¿Hay lugares negativos?

¿Son esos agujeros negros que se fusionan entre sí?

4. Desplazamiento y catarsis.

La agresión se puede dar por frustración, desplazamiento y/o catarsis.

La violencia es la manifestación y el mecanismo para lidiar con esto. Juniors ha sido, al momento de disparar, tanto un causante como una causa. Un vector de algo más grande, de un odio, de una ira desplazada. El asunto es qué se hace con eso, con la vivencia de alumnos muertos, de familiares destruidos, de los pueblos chicos que no gustan de hablar las cosas.

Lo que no se habla se hace síntoma, se manifiesta de otras maneras.

Lo opuesto de catarsis es corrupción, porque catarsis es purificación, es purga.

En Implosión esa catarsis se manifiesta de manera doble, bifurcada. Una, tangencial con la realidad; la otra, operativa en la ficción. Un momento duplicado, como Cristo en el jardín llorando sangre y luego siendo crucificado, porque Cristo también es una figura trágica que pudo ser real o no, que pudo ser hombre y Dios a la vez, relato y humano al mismo tiempo.

Sobre Cristo pesa el mandato todopoderoso del Padre cósmico. Cristo debe morir por el pecado de Adán.

Juniors es el pecado, y la gravedad que pesa sobre Pablo y Rodrigo, su copa.

En la primera catarsis, Juniors está dibujado en el espejo, donde ellos mismos se reflejan, de espalda, dados vuelta. Juniors es el espejo. En ese instante realidad y ficción se entremezclan, se confunden. Y Juniors es un testigo ominoso, observando, siempre presente en su ausencia, desdibjuado, una memoria, una caricatura, un demonio, un fantasma. Para ellos, Juniors es trauma, es rencor, es el lugar oscuro que todo lo absorbe, es la Rebecca de du Maurier, con la diferencia de que está vivo, en algún lugar que Pablo y Rodrigo desconocen, que Pablo y Rodrigo buscan. En su auto, de Patagones a La Plata, del punto más austral de la provincia a su Capital, y luego a Ensenada, van tras un fantasma viviente, un adolescente de 15 años que se quedó estancado en sus memorias así, como un vampiro.

Las víctimas tenían quince años, ellos tenían quince años, incluso Juniors tenía quince años.

En ese instante llega alguien a la fiesta, un pariente de uno que sabe dónde se encuentran Juniors y su familia.

La situación se vuelve confusa, y en la casa agresor, agredido, víctima, victimario se confunden. Pablo agarra a un flaco por ahí y lo recontracaga a trompadas.

Descarga toda esa ira acumulada, todo ese rencor en sus puños contra un desconocido, un tipo en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Pablo temía esto, Pablo tenía esto adentro, potenciado, ahora en acto. Pablo es ahora acto infinito, violencia pura, cósmica. Venganza. Justicia por mano propia. Es Juniors. O peor, su caricatura de víctima-victimario. Es confusión, fusión. Es parte de una tríada que lo une, hibridado, a Juniors, a Pantriste. Todo triste.

Irónicamente, Rodrigo, el movimiento que también es cambio, que es avance y es tiempo, lo detiene. Lo hace ver que no es quien cree que es; de alguna manera, lo exorciza. Pero es tarde, el daño ya está hecho.

Calificación: 8,5/10

Implosión (Argentina, 2021). Dirección: Javier Van de Couter. Guion: Anahí Berneri, Javier Van de Couter. Fotrografía. Federico Lastra. Elenco: Rodrigo Torres, Pablo Saldías, Julieta Zapiola, Nina Suárez Bléfari. Duración: 80 minutos.


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