Como a otros colegas de su época, la censura acompañó al estadounidense James M. Cain desde sus inicios en el oficio de escritor. Sus guiones escritos para la Paramount Pictures rara vez sobrevivían a una revisión. Su primera novela, El cartero siempre llama dos veces, aunque resultó un éxito que le valió el reconocimiento y la popularidad, en algunos Estados fue censurada. No sabemos si la fama lo envalentonó, pero en 1937, James M. Cain redobló la apuesta con Serenata, una novela negra de altísimo nivel como su predecesora, y que también fue blanco de los defensores de la “moral y las buenas costumbres”.

Casi veinte años después, en 1956, el cine que ya se había servido de su pluma, lo volvería a hacer adaptando Serenata, aunque esta vez una aseguradora de riesgos concluiría su faena sentenciándola con un “destrucción total”. Veamos los porqués.

A Serenata (Serenade en inglés) los españoles la estrenaron como Dos pasiones y un amor. Y ese título describe a la perfección cómo la película dirigida por Anthony Mann reduce la gran obra de Cain a un espantoso melodrama telenovelesco. Serenata en la carrera de Cain fue un punto alto; Dos pasiones y un amor, en la de Anthony Mann, parte de lo que nadie quiere recordar. Protagonizando la película aparece Mario Lanza, nombre artístico del nacido Alfredo Arnoldo Cocozza. Cocozza, o Lanza, era una tenor estadounidense de cierto reconocimiento en su época, que una vez descubierto por un ejecutivo de la MGM, lo convencieron de firmar un contrato para cine por siete años. Prontamente esa relación entre MGM y Lanza se empezó a ir al carajo. Y en la agonía de esos siete años, Lanza terminó protagonizando Serenata. Fue su última película, y sus últimos momentos en Estados unidos, porque de allí se fue a Europa, donde realizó algunos conciertos, y terminó barranca abajo, empinando el codo con fuerza, hasta su muerte.

Pero Lanza, si no fuera que actuando era una madera dura dura, podía sonar acorde para el papel protagónico de Serenata, porque la obra de Cain cuenta la historia de un músico, más precisamente de un tenor. Pero volviendo a la censura, a “la moral  y las buenas costumbres” de la época, hay que señalar una de las primeras diferencias entre la novela y la película. Si bien la novela es más que un dramita romántico o pasional, si nos enfocamos en esa reducción, el protagonista de Serenata está metido en un triángulo “amoroso” integrado por él, una prostituta y otro hombre. Esa cuestión homosexual en Dos pasiones y un amor no está. Acá Lanza se dirime entre dos mujeres, una rubia y una morocha, y a propósito de este “pequeño cambio”, es lo que termina configurando una película pedorra, algo que, en un paralelismo con las bostas nacionales, podría compararse con las de Mirtha Legrand o Palito Ortega.

Rendidos a la liviandad y la patética paquetería con que llega Serenata al cine, quedamos metidos en esa trama del tenor de madera que se la pasa cantando sin una elipsis que ayude a los oídos del espectador. Es un musical muy difícil, donde el protagonista eclipsa las pequeñas virtudes que sobreviven de la novela, o la tan sola presencia de actores de verdad, como Vincent Price o Edward Platt, el recordado jefe de Maxwell Smart en el Superagente 86.

Dos pasiones y un amor arranca antes que Serenata. En el inicio de Serenata, el tenor ya está en decadencia. En la película, el protagonista es un simple trabajador con buena voz. Anda en la cosecha, arriba de un tractor, hasta que una rubia adinerada lo descubre y termina guiando los caminos del músico y su corazón. La música en Serenata es el contexto, el carácter del personaje. En la película es sonido todo el tiempo, son escenas largas y muy insoportables. En Serenata hay sexo, en Dos pasiones y un amor no hay nada. El romance con la rubia de plata tenemos que imaginarlo, porque lo único que certifica esa relación es un plano de dos copas de champagne burbujeando. Para entender su amorío con la otra, con la morocha, hay nada más que un beso. Y desconocemos si existe, pero de haber un ranking de los peores besos del mundo, éste debe estar entre los tres: Lanza la agarra de los hombros, apunta y dispara como en los memes del pipita Higuain: directo al hombro de la morocha. Hay otras escenas que también dan vergüenza, pero ninguna genera más calor en las mejillas del espectador que la gestualidad de Lanza para indicar que está enamorado.

Para el espectador que leyó la novela, las dos horas de duración parecen tres y media, o más. Pero cuando uno se da cuenta que llega el final, espera que Anthony Mann no haya sido tan hijo de puta de cagar lo mejor del libro. Pero sí. El de la asegurada de riesgos grita, y yo repito: «Destrucción Total, Mann”. Serenata termina con la pluma magistral de Cain, que logra que las páginas canten. La novela termina abrazando al lector y emocionando al punto del fanatismo. La canción que Cain elige, que para no spoilear no la nombramos, simboliza la elección y el horizonte del protagonista. Es el desenlace mismo. Pero Mann la termina para el carajo. Con una puerta abierta (literal), que tendrá toda su explicación y justificación, pero la más atinada sería decir que ese marco lanza a Lanza al más allá, junto al bodrio construido sobre sus hombros.

Serenade (Estados Unidos, 1956). Dirección: Anthony Mann. Guion: Ivan Goff, Ben Roberts, John Twist. Fotografía: J. Peverell Marley. Música: Ray Heindorf. Elenco: Mario Lanza, Joan Fontaine, Vincent Price, Sara Montiel, Joseph Calleia, Harry Bellaver, Vince Edwards, Silvio Minciotti, Frank Puglia, Edward Platt, Licia Albanese, Jean Fenn. Basada en Serenade, novela de James M. Cain. Duración: 121 minutos.


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