Notas sobre el campo. En una línea de tiempo que puede pensarse como de la promoción de la Tradición en el cine nacional, desde “El último malón” de Alcides Greca, pasando por “Pampa bárbara” de Lucas Demare, se instala un modelo que promueve el ideario agro exportador a través de producciones que fogonean ese sistema simbólico desde imponentes planos generales: así se presenta a la Argentina en aquellos tiempos. Dejando de lado los centralismos citadinos, en las últimas décadas han surgido trabajos con el campo como terreno ominoso, donde el cuadro se cierra sobre la naturalización del dominio de los humanos por sobre los animales, dando lugar en ocasiones a experiencias reales y brindando una carnadura –literal– de ese plano cuya intención es desnudar la acción. Se alternan de este modo contextos rurales inquietantes con periferias teñidas de extrañamiento, acciones descarnadas y usos del fuera de campo, como en «Los muertos» de Lisandro Alonso. Los recursos que ofrece el digital en el presente siglo, amplían la posibilidad de facilitar una dimensión poética potenciando aspectos visuales y sonoros, como ocurre en el cine de Gustavo Fontán.

Cuerpos. Momentos del cine que confluyen en diversos aspectos de “El fulgor” de Martin Farina, obra que devela lo que aquella tradición se encargó de ocultar, despojándose de la épica para acercarse a dos personajes no para ofrecernos sus psicologías y conflictos, sino un universo mental compartido desde la minuciosa exploración de lo micro. Cada momento incluye una pequeña acción autónoma, un breve relato no narrativo fuera de la lógica causa-efecto de la narración clásica; es en los “entre” habitualmente pasados por alto como momentos de transición que la cámara de Farina encuentra el acto intimista, cotidiano y solitario de cada uno de los efímeros personajes, con especial eje en los dos centrales. Pequeños actos cotidianos desde el temprano amanecer de un trabajador del campo vinculado a las tareas de faena de animales luego comestibles. Un encuadre se cierra en el primer plano de este, arrancando el día en el lavatorio del baño; en otro lo descubre con la mirada a ese cielo donde un ave pasa a ser objetivo de caza; en otro lo descubre en el acto mismo de la faena. Son momentos tan carentes de organicidad como expresivos, desplegados desde la calma que se desprende de ese cuerpo cuyo plusvalor es el trabajo sobre el cuerpo mismo, el cuerpo en sí, liberado de toda misión trascendente, de todo intento de modificación del estado de cosas. Es así como el cuerpo del actor Franco Heiler, y luego también el de Vilmar Paiva emprenderán cada cuál un camino paralelo al del otro. Un plano en el bosque –una de las capas más virtuales de los espacios de la película– se cierra sobre el rostro del primero bebiendo de una taza que tiene en la mano, y el contraplano que obliga a una continuidad a la vez que a una dialéctica con el plano anterior, lo encuentra al segundo con la misma acción. Si bien aquel aparenta ser unos pocos años mayor que Palma, ambos expresan cierto parecido que lleva a sospechar del hecho de que sean dos personajes y se pueda habilitar la posibilidad de dos tiempos del mismo, o la idea del doble. En ese momento se inaugura el recurso del blanco y negro, lo que tienta a pensar la escena como pasado, memoria, premonición; o sea sustraída del aquí y ahora. Pero los sucesivos virajes del color al blanco y negro y viceversa, también cuestionan la certeza de esa delimitación. Por lo que todo deviene virtual, con momentos como anclajes que parecen delimitar lo actual. Como aquel en que ambos personajes comparten un vestuario de hombres, donde se desvisten y se visten para pasar a integrar una comparsa de los carnavales de Gualeguaychu. Las escenas en el vestuario sexualizan los cuerpos semidesnudos, desnudos, y planos-bulto que traen a la memoria las propuestas de Marco Berger –no casualmente uno de los productores de “El fulgor”, junto con Farina-. El momento del encuentro entre ambos personajes es el de mayor potencia energética. Así, la curva ascendente de la película no es narrativa, sino que se da a través de percepciones. La cámara se encarga de suscitar un pensamiento del tiempo, visibilizando los cuerpos de la rutina rural, en una anexión hombre-naturaleza que se sustrae a la de las propuestas clásicas, donde es la Naturaleza la que decide los destinos. Aquí, el plano general contextualiza sin imponer un mandato.

Más visible aún. Y es precisamente por la apoyatura en el polo perceptual que se invita a los espectadores a degustar un universo sensorial desde la riqueza de imagen con un trabajo digital que juega a favor de la conformación de cada microclima, y la promoción del entramado sonoro que distingue e integra sonidos de la naturaleza, disparos de escopeta al aire, sonido de los chanchos, caballos, ladrido de los perros y otros componentes de un día como cualquiera del acto de la faena, desde el encierro de los animales antes del matadero hasta el devenir carne comestible. A diferencia de aquellos trabajos que se apoyan en el regodeo del acto en cuadro, Farina elige todo el tiempo el recurso del fuera de campo, como el de los animales tras materiales que ofician de paredes con hendijas por donde colar algo de la curiosidad espectatorial, como un momento sexual donde lo único que se visualiza es un primer plano, como el efecto de planos detalle de lo que puede pensarse como restos de cada uno de los momentos del proceso: pedazos de bofe o el proceso del lavado de la carne, llegando al destino final del asado en la parrilla -momento que clausura aquellos del comienzo en que la cámara del director, durante la primera unidad del material, subjetivaba a vacas y caballos por medio de planos que registraban sus miradas-.

Mundo. Todo el universo es habitado central y lateralmente por uno y otro personaje del dúo, y la desnudez final de uno de los cuerpos que se despierta en el bosque clausura esta notable propuesta de despojamiento e invitación a habitar, como ellos, cada una de las situaciones y el montaje entre ellas.

El fulgor (Argentina, 2021). Guion y dirección: Martín Farina. Fotografía: Martín Farina. Montaje: Martín Farina y Lucía Torres Minoldo (EDA). Cámara: Martín Farina y Tomás Fernández Juan. Sonido: Gabriel Santamaría. Elenco: Vilmar Paiva, Franco Heiler. Duración: 65 minutos.


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