Los testimonios de madres que se auto-reprochan y castigan por no vivir el embarazo o el puerperio con plena felicidad, o que viven con culpa el desear un respiro, el retornar a su trabajo o las dificultades que se les presentan para ejercer la función, son bastante frecuentes en los consultorios de los psicoanalistas. Ser madre es un rol social tradicionalmente ligado a la mujer. Este mandato social de maternidad se carga además con el peso moral de tener que “ser buena”.

¿Qué sería ser una buena madre? Es una pregunta que parece compleja y puede sumir en la mudez del silencio como le ocurre a Blanca en el prólogo. Pero a la vez se responde de manera sencilla como lo expresa acertadamente Amparo en el mismo prólogo. Es el Deseo de hijo en la madre, una de las condiciones necesarias para que constituya como tal.

En el medio, una puede enredarse. Y este embrollo se da cuando “Ser buena madre” o incluso “Una madre suficientemente buena” como decía Winnicott (sin que se sepa mucho qué sería suficiente),  adquiere el carácter de un Ideal. Un Ideal que se construye a partir del coro de voces de la propia madre, de la familia, de los amigos, señalando lo que está bien y lo que está mal, juzgando con violencia a la nueva madre. El Ideal ordena, brinda una orientación, pero también impone un mandato cultural o familiar que puede volverse fuente de malestar, ya que por su carácter mismo nunca se lo puede alcanzar. Sentimientos de impotencia, de inferioridad, minusvalía o de fatiga pueden ser la expresión de la tiranía del Ideal.

La madre como lugar idealizado, radiante de felicidad, siempre inmaculado y bondadoso, es aquello que busca deconstruir la realizadora argentina Amparo Aguilar en su opera prima documental, que lleva por título Malamadre (2019). Y si el ideal de la Buena Madre como tal es imposible, sólo queda lo posible para cada madre y, en este sentido, toda madre es Mala Madre, cuestión en la que acierta la directora desde el mismo título de su film, ya no desde una posición de resignación o autocastigo, sino desde el alivio que brinda situarse como madre en el terreno de lo posible para cada quien.

El documental presenta entonces diversas experiencias de maternidad a través del testimonio de mujeres de distinta edad y situación social, incluidas las de la propia directora. Esta temática y la propuesta de diversos testimonios, que incluyen a la propia madre y las propias hijas, ya la había llevado a cabo la directora Sabrina Farji en su película Desmadre (2017), pero con la vocación de indagar en los lazos entre madre e hija a través de un viaje en clave de auto-ficción.

Lo que le da un toque particular y novedoso a la película de Aguilar es, por un lado, la elección formal del blanco y negro en los testimonios, dando cuenta de la complejidad de sentimientos luminosos y oscuros que suscita la maternidad, y por el otro, la inclusión de fragmentos animados en clave onírico-psicodélica, narrando el periplo de la propia directora en su maternidad, que le otorga dinamismo y fluidez al film, aligerando el carácter reiterativo que, por momentos, adquieren los testimonios.

Además, otro aspecto interesante e innovador es la inserción de los testimonios de los hijos de la directora. La lucidez y la frescura de los niños dando cuenta de la necesidad de cuidado de la madre respecto de ellos, pero a la vez de que no resigne el espacio de libertad donde desplegar su deseo de mujer, es uno de los aspectos más valiosos del film. Esta arista acaso resulta mucho más esclarecedora y orientadora que cualquier frase hecha o desglose analítico que puedan realizar los profesionales especializados en la materia.

Se trata de salir del clisé de la maternidad como deber, como tarea que debe ser llevada con abnegación, renuncia y un halo de bondad sonriente. Por el contrario, si una madre no eligió ese camino, o si aún eligiéndolo no es feliz como mujer, sólo habrá amargura y sufrimiento tanto para la madre como para el niño.

Amparo Aguilar utiliza su cámara con cuidado y delicadeza para darle voz a distintos modos de encarnar la función materna, para que puedan decir sus angustias, sus miedos, sus enojos, sus soledades; es decir, todo aquello que la sociedad prohíbe decir sobre la maternidad, desacralizándola de su aura impoluta y virginal. A la vez, desmitifica, desde la aguda y conmovedora experiencia de sus propios hijos, que el deseo de mujer haga en sí mismo “mala” a una madre. Por el contrario, es el ejercicio en acto, cada vez, del arte de encontrar el delicado equilibrio entre la maternidad y la feminidad, lo que permitirá el advenimiento de madres e hijos más felices. Por la tierna y lúdica irreverencia con que aborda la problemática de la maternidad, Malamadre es una película necesaria, que se agradece porque aunque se hable de esto mucho más que en otras épocas; los mandatos, los prejuicios y las creencias patriarcales siguen en pie, ejerciendo su influencia en la psiquis de cada mujer y de cada hombre, como un hueso duro de roer.

Calificación: 7/10

Malamadre (Argentina, 2019). Dirección: Amparo Aguilar. Guion: Amparo Aguilar, Agostina Bryk. Fotografía: Iván Gierasinchuk. Montaje: Lautaro Colace. Duración: 70 minutos.


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