En la nueva película española estrenada en Netflix, El hoyo, aparece un hoyo real y literal en donde se aíslan a muchas personas, ubicándolas en distintos niveles de manera vertical. El nivel uno arriba del dos y, debajo de él, el nivel tres. Y así sucesivamente. Cada nivel es como una celda, con un hoyo en el centro, tanto en el piso como en el techo por donde es posible ver a los de arriba y a los de abajo. En cada celda habitan dos personas que vivirán en este nivel durante un mes para luego ser trasladados a otro nivel, más arriba o más abajo. Nadie sabe a qué nivel les tocará ir, pues eso parece estar destinado al azar. Cada día, una plataforma que funciona como una mesa, desciende nivel a nivel, portando un gigantesco manjar, repleto de comida. La mesa se detiene apenas unos minutos en cada nivel para luego seguir bajando. Los confinados comen todo lo que pueden durante esos minutos. Y lo que sucede es que los de abajo siempre comen las sobras de los de arriba, y los que están muy abajo, reciben tan solo una mesa vacía, sin siquiera las sobras.

Este es «El hoyo», estas son las reglas y esta es la lógica que funciona y prevalece ahí, casi como la de un juego de mesa. Esta película, podríamos decir de ciencia ficción, representa un mundo nuevo, un mundo que no tenemos noticias que exista en nuestra realidad. Por lo tanto, este hoyo pertenece a un universo distinto y paralelo, creado a partir de la película.

El hoyo, dirigida por Galder Gaztelu-Urrutia y escrita por David Desola y Pedro Rivero, es una película, y un universo, destinados a ser una metáfora. Ese universo es una metáfora en sí mismo. No hay nada más allá de esa metáfora, porque no hay nada más allá de ese hoyo. Y esta metáfora está diseñada para criticar la construcción y disposición de la sociedad capitalista y competitiva en la que vivimos.No tanto para criticar la meritocracia (algo que supo hacer Parásitos), y sí a la injusticia del sistema piramidal y verticalista en donde los que están más arriba abundan de privilegios, y los de más abajo están abandonados a su propia suerte. Todos en este hoyo llegan a su nivel en la pirámide de forma totalmente casual, y no por logros propios; donde te toca, te toca.Lo que sí señala -y  ese es el segundo plano de la metáfora- es la falta de solidaridad y conciencia de las personas que habitan en este hoyo. El pensamiento que predomina es el individualista. Nadie en ningún nivel piensa en el resto de los niveles, porque la lógica del hoyo es no ayudar a los de abajo, porque a vos nunca te van a ayudar los de arriba.

El hoyo es impactante, logra un golpe visual, un golpe de efecto similar a un shock, a una patada horrorizante y cruel. Pero vistos en sus mecanismos, este tipo de relatos, con el hoyo, lleno de gente, y una misma mesa de comida que desciende nivel a nivel, dándoles todo a los de más arriba y solo las sobras a los de abajo, resulta redundante. No hace falta inventarse una explícita metáfora para mostrarnos lo horrible de nuestras sociedades. No hace falta inventar un artefacto de ciencia ficción, porque eso está pasando en el mismo momento en el que un pibe o una piba se mete en el tacho de la esquina a revisar tu basura. No hace falta inventarse un mundo nuevo, porque con el nuestro alcanza y sobra. Y esto, más allá de que sea propio de la ciencia ficción alejarse de lo real para mostrarnos lo real, en el caso de El hoyo, y en el de los universos creados para sostener una metáfora, lo que hacen es dejar en evidencia la incapacidad de meterse en el mundo real desde la ficción. Porque al crear «El hoyo», al crear un mundo que empieza y termina en ese hoyo, un mundo puesto allí para ser una sola metáfora, lo que se está haciendo es alejarse de la complejidad de nuestra verdad para irse a un terreno más sencillo, despojado de ambigüedades y despojado de consecuencias.Y todas las preguntas que se generan no tienen respuestas.

El hoyo es una película sin final, como un chiste sin remate. En el hoyo encienden la mecha que incendia todo, pero no proponen nada para apagarlo, y no es que haya que apagarlo, pero es que tampoco se quedan para revolver entre los escombros. Ese es el límite, esa es la falta de estas ficciones totalizadoras: hacen preguntas, pero ni se les ocurre quedarse a discutir cuáles podrían llegar a ser las respuestas.

Hoy escribo esta nota desde mi casa, como siempre. La diferencia es que hace tres días que no salgo. No puedo salir, el mundo está detenido por una epidemia. Dicen que se vienen cambios profundos, económicos y sociales. Ojalá que ficciones como El hoyo, que buscan ese golpe de efecto, logren advertir a los inadvertidos de que hay un incendio y que todo se está quemando. Espero, también, y esto excede a El hoyo, que estas personas sí se queden a revolver entre escombros. Sí se queden a discutir cuales podrían llegar a ser las posibles respuestas a tantas preguntas.

El hoyo (España, 2019). Dirección: Galder Gaztelu-Urrutia. Guion: David Desola y Pedro Rivero. Fotografía: Jon D. Dominguez. Montaje: Elena Ruiz, HaritzZubillaga. Elenco: Iván Massagué, ZorionEguileor, Antonia San Juan, Emilio Buale, Zihara Llana. Duración: 94 minutos. Disponible en: Netflix.


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