
1.La primera imagen que ofrece Diciembre es la de algo que se resiste a desaparecer. Diciembre, para la historia argentina, significa 2001. Y ese mes y ese año es el último del gobierno de Fernando De La Rúa, que había triunfado con la Alianza apenas dos años antes. Esa primera secuencia de imágenes muestra un almuerzo. Algunas caras se reconocen con claridad: Franco Macri, Armando Gostanián, Daniel Scioli –ignorando que el destino le tenía preparado en la siguiente década y media, convertirse en vicepresidente, en gobernador de la provincia de Buenos Aires y candidato presidencial- y sobre todo, Carlos Saúl Menem y su esposa Cecilia Bolocco. No importa lo que eventualmente puedan decir: importa que una cámara registró esa coincidencia, esa pertenencia común. Fuera del gobierno, la imagen que proyecta esa secuencia es más que una continuidad, una espera latente: la de quien parece entender que en algún momento, volverá al lugar en el que no le permitieron permanecer. 2003, apenas dos años más tarde, hará que lo fantasmal vuelva a corporizarse -aunque más no sea en una primera vuelta.
2.La segunda secuencia apura la contigüidad. Los padres de esa criatura denominada “convertibilidad” –esa ilusión de que un peso era igual a un dólar- siguen en el espacio del poder. Si Menem parece estar en el ringside esperando que alguien lo vuelva a llamar para que suba, Cavallo en esa misma secuencia se sitúa en el ring. Pero ya no parece el boxeador que lo domina desde el centro, sino el que se refugia contra las cuerdas para resistir la golpiza. El que tira puñetazos para ver si alguno le permite reacomodarse y asumir la ofensiva. Es el momento en el que anuncia la limitación de la extracción de dinero, lo que se conoció luego como “corralito”. Es el comienzo del fin. De un gobierno y sus ministros, de un sistema sostenido en una burbuja.
3.La cronología que siguen las imágenes apenas se encuentran enmarcadas en una división por semanas. No hay una narración en off que le otorgue otro marco o un direccionamiento. Como ocurrió en su documental anterior, 1982, Lucas Gallo se afirma en el montaje y en la selección de un material que esquiva las imágenes más conocidas y reconocibles de ese momento histórico. Algo se advierte en ese avance que se va produciendo. Las primeras dos semanas todavía reflejan un estado de normalidad en el que aparecen las primeras huellas de alteraciones en el escenario público. Hay, desde lo político, un gobierno que todavía intentaba ensayar un discurso, que intentaba interpretar el escenario en el que se movía, para generar una sensación del hacer. Hay una institucionalidad que persiste, como se admite en la escena de la inauguración del campus de IBM. Y hay, sobre todo, una vida cotidiana que subsiste, que permite tanto los restos de un glamour a punto de desaparecer –la sesión de fotos de Sandro con Susana Giménez- como la resistencia de las formas artísticas –Charly García ensayando con Mariano Mores; Horacio Salgán tocando con Ubaldo De Lío-. Lo que quiebra esa ilusión de normalidad es la calle. El comienzo de una agitación que empieza como indignación contra los bancos y que se va desplazando hacia marchas callejeras, reclamos por sueldos impagos y piquetes de camioneros en las rutas.

4.En las dos últimas semanas, esas referencias prácticamente desaparecen. La normalidad se transforma, se vuelve otra. Los registros que elige Gallo van puntuando una evolución que va sugiriendo una escalada violenta. La institucionalidad se ha esfumado y lo notable es que Gallo encuentra la manera de reflejarlo sin recurrir al discurso de De la Rúa decretando el estado de sitio: le basta con mostrarlo cuando se va de Casa Rosada esa noche, por primera vez sin hablar con los periodistas –no hay ya diálogo, no hay posibles respuestas-. Lo que queda son otras imágenes. Las de la represión policial, que el documental amplía, sacándola de la habitual referencia a la Plaza de Mayo y a la 9 de Julio. Es la perspectiva de lo que se espera: hipermercados vigilados por hordas de policías, manifestantes por la calle, llevando palos y gomas para quemar. La normalidad empieza a ceder su lugar al caos: la gente ya no camina por las calles, las ocupa como espacio único de protesta y de lucha. El cuerpo se pone en el espacio público, para la protesta. Y también para la represión.
5.El espacio se vuelve esencialmente conurbano. El de las clases medias todavía aparece como eco en los reclamos ante los bancos, en las filas en los cajeros automáticos o para comprar dólares. Pero en el conurbano, en las provincias pauperizadas que no reciben dinero para lo cotidiano, la realidad es otra. Las imágenes son otras. De un lado, hombres armados con pistolas o con improvisadas bombas molotov, vigilando desde las terrazas como si esperaran el duelo indefectible. Del otro, las camionetas policiales llevan hombres de civil que empuñan armas largas, que se detienen en algún lugar, pero sus movimientos parecen repetir el caos que supuestamente deberían controlar. Y finalmente, como telón de fondo, los saqueos se convierten en la imagen común. Lejos de las imágenes conocidas, repetidas hasta el hartazgo, lo que ofrece Diciembre es un panorama distinto, desde el grupo que carga una media res en el baúl de un auto hasta el recorrido con la cámara por un supermercado ya casi literalmente vaciado, con góndolas vacías. Lo que queda reflejado en ese tramo final es la ausencia de ley, de Estado, la prueba de que lo único que sobrevive es el todos contra todos.

6.Diciembre, ese diciembre, en verdad termina en enero. Se desplaza durante los días de Navidad y Año Nuevo reflejando un devenir en el que los presidentes se van sucediendo unos a otros. Son los días de la democracia provisional en la que los viejos fantasmas siguen merodeando los espacios de poder. Es un escenario en el que todavía se juega la tensión entre lo viejo –Menem, Duhalde, Ruckauf tomando protagonismo- y la prueba con una pretendida disrupción que no es tal –el campechanismo de Rodriguez Saá, que según recita Duhalde es “el programa del justicialismo”, y la frase sigue oliendo a vieja. Y por allí asoma lo nuevo que todavía deberá esperar un par de años –el rescate de Néstor Kirchner hablando con los periodistas en Casa Rosada. El 2002 en que termina ese diciembre parece haber abjurado del caos y el descontrol que amenazó hasta al edificio del Congreso de la Nación. Las calles están vacías. El Congreso se puebla de los electores que llevarán a Duhalde a la presidencia de un “gobierno de salvación nacional”. Cuando las calles se pueblan, ahora se trata de una militancia que funciona como fuerza de apoyo al candidato. La disputa cambia. El documental lo deja en claro en el momento en el que chocan en una calle y a piedrazos, militantes duhaldistas con otros de partidos de izquierda. Enero supone la vuelta a la normalidad perdida, aunque quede la idea de que esa salida de Duhalde del Congreso, rodeado de periodistas y agentes de seguridad es un nuevo reflejo de ese caos que se niega a irse. El documental finaliza en ese momento, consciente de que diciembre terminó allí. Lo que vino luego es otra historia, con otra lógica, con otros personajes. Y sí, con otras formas del caos.
Diciembre (Argentina, 2025). Dirección y guión: Lucas Gallo. Edición: Fernando Epstein. Duración: 105 minutos.
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