Las primeras imágenes de El futuro (2022), documental del realizador argentino Ulises Rosell, nos presentan una Buenos Aires solitaria, inmersa en la bruma fantasmal, donde unos jóvenes transitan con sus bicicletas de delivery mientras los semáforos siguen funcionando con su intermitencia de luces de colores sobre avenidas vacías, y hombres con trajes extraños, que parecen astronautas, bajan de una ambulancia hasta un domicilio. El clima es el de la pesadilla distópica apocalíptica que presentaba la ciudad durante los primeros tiempos de la llegada del Covid a nuestro país. Se trata del tiempo de la cuarentena más estricta, en el que el director elije salir a las calles para documentar ese acontecimiento, más que reverberar la mostración pública del intimo encierro.

Esta atmósfera de futurismo distópico es una de las primeras lecturas que nos ofrece el título del film. Efectivamente, sin protección alguna de las vacunas, el panorama era desolador: profesionales de la salud trabajando en la emergencia (como Sergio Guiñazú) caían en cama atacados por el virus y con un futuro incierto, mientras varios colegas y muchos ciudadanos iban falleciendo. La contingencia quiso hoy, tiempo después, eligiese mirar y escribir sobre el documental mientras estoy cursando mi aislamiento por Covid; mirando hacia atrás, es un alivio que hoy pueda transitarlo con unos días de aislamiento en el hogar y sin la angustiosa incertidumbre de la tan temida hospitalización, gracias al histórico programa de vacunación que se ha podido implementar en nuestro país.

Se sabe que la muerte es al amo absoluto, nadie escapa de ella, sea cual sea su condición social. Pero lo que hace visible el documental de Rosell son las profundas desigualdades que se manifiestan bajo el común denominador de “Argentina”, un país que, en más de un sentido, presenta distintas realidades. Por lo tanto, no es lo mismo morir con la dignidad de una asistencia posible a la que tienen acceso las clases medias y acomodadas en Buenos Aires (aquellas que más vomitaron su rechazo a la cuarentena en nombre de la libertad individual o por el afán de sostener una ideología contraria a la del gobierno de turno: son bizarras las imágenes de las “patrióticas” manifestaciones caceroleras en el Obelisco que el director rescata), que agobiado por el colapso de infraestructuras de salud más pequeñas y aisladas de otros efectores de derivación, o con escasez de recursos como puede ocurrir en Salta o en Tierra del Fuego, o porque se está totalmente desprotegido y olvidado, fuera del sistema, cuando se vive y se duerme en la calle, tal como testimonia el documental. En esta línea, el mentado futuro refiere a qué porvenir de país anhelamos: un país que sea de y para unos pocos o uno capaz de incluir las distintas realidades de todos los habitantes del suelo argentino.

En su recorrida por distintos puntos del país con la cámara, Rossell va registrando de qué manera afectó la pandemia a diversos sectores y comunidades, cómo se han visto trastocadas sus vidas, pero también cómo se las arreglaron con esa coyuntura. En primer lugar, nos topamos con la dura realidad de Juan y Keko, quienes viven bajo un puente y necesitan salir con el carro pese a las restricciones, víctimas de la política invisibilizadora de lo considerado “indeseable” por parte del gobierno, que apuntaba a instarlos a acogerse en un refugio, a contramano de lo sanitario, cuando justamente en el encierro invernal es donde se producen más contagios. También nos presenta, sin moralismos, sus modos de lidiar con la crudeza de esa vida tan dura: el recurso a las drogas, pero también a la música que pueden escuchar improvisando con los restos de una TV y un DVD que otros han desechado; maneras de velar y de lidiar de algún modo con lo insoportable de la vida. Se trata de jóvenes desclasados, personajes que el realizador presenta sin romantizarlos, sin esconder sus falencias, ni carencias de educación o de moral, ni las hostilidades dentro del grupo, pero que no por ello dejan de tener cierto encanto en la humanidad con que intentan acercarse como pueden, con lo poco que pueden, a sus hijos. He ahí una dimensión de trascendencia en medio del desamparo.

En contraste con estos jóvenes en situación vulnerable, el realizador presenta a un joven de Tierra del Fuego, en otra situación social, que entrena para jugar al hockey sobre patín y que pudo estudiar kinesiología en Buenos Aires, dedicándose al momento a la rehabilitación de pacientes internados por Covid en la unidad de terapia intensiva del hospital. Un joven cuya posición le brinda un horizonte a futuro, pero que al mismo tiempo se ve directamente amenazado por la labor de alto riesgo que realiza. Varios de los entrevistados que recoge Rosell a lo largo del país han perdido familiares directos por el virus o a representantes significativos de su comunidad, como es el caso de Francisco Pérez, líder que nucleaba a varios pueblos originarios en Salta. En este punto, la muerte abrupta, traumática y sin posibilidad de despedida coarta toda dimensión posible de futuro, pero al mismo tiempo le otorga otro espesor al presente, a esos pequeños pero grandes momentos, que no se suelen disfrutar porque se vive en una proyección a futuro que no tiene otra realidad ni materialidad más que aquella creada en nuestra mente.

El imperio de la razón iluminista en la época contemporánea, que se apoya en el biologicismo y las neurociencias, niega toda dimensión de trascendencia. De esta manera, el trauma de la muerte se vuelve más difícil de soportar y de elaborar simbólicamente por el colectivo social. En este punto, es interesante la incorporación por parte de Rosell de la cosmovisión de los pueblos originarios de Salta, que desconfían de las vacunas porque no pueden integrarlas a su sistema de creencias, más ligadas a la naturaleza y a las tradiciones ancestrales, pero que sin embargo tienen una relación diferente con la muerte a la nuestra, menos trágica y más abierta a la dimensión de lo sagrado, al milagro de un tiempo inconmensurable y maravilloso donde es posible reencontrarse con los muertos por mediación del chaman.

De esta manera, El futuro se mueve entre la distopía apocalíptica, el registro documental para las generaciones futuras de las huellas  de un  momento histórico que cambió nuestras vidas (y acaso les permita comprender su presente) y cierto sesgo fantástico, en tanto recuperación de un sentido poético o trascendente de la vida a partir de la muerte. Con imágenes de gran potencia, desde lo técnico y desde lo testimonial, en esa pluridimensión de sentidos y en la variedad que desnuda la profunda desigualdad de realidades en diversos puntos del mismo país, es que el film de Rosell encuentra su riqueza y su valor. En última instancia se trata de una película que nos interpela, porque el futuro somos también nosotros, los sobrevivientes de la pandemia; y nos toca recoger y continuar el legado de aquellos que ya no están, para construir un país en el que, respetando las singulares diferencias, se pueda lograr una mayor equidad social.

Calificación: 8/10

El futuro (Argentina, 2022). Dirección, Guión: Ulises Rosell. Fotografía: Alejo Maglio, Gustavo Biazzi. Edición: Ulises Rosell, Andrés Tambornino. Sonido: Francisco Seoane, Federico Billordo, Federico Esquerro. Música: Daniel Melero, Diego Tuñón. Intérpretes: Sergio Guiñazú, Santiago Burgos, John Palmer, Rogelio Segundo. Duración: 100 minutos.


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