Hay, en el comienzo de Desertor algo que no termina de funcionar del todo. Esos primeros minutos en los que se nos presenta al personaje central, Rafael Márquez (Santiago Racca), tal vez por estar contenidos en el espacio físico de un batallón del Ejército cerca de la cordillera mendocina, parecen dudar sobre la historia que se quiere contar. Como si se hubiera cierta indecisión que deriva la película hacia una serie de elementos previsibles –la desaparición hace  diez años del padre de Rafael, acusado de desertor; el retorno de Evaristo Santos (Marcelo Melingo), amigo de su padre, a la Compañía; la incomodidad de Rafael para hablar de su padre-, Desertor parece concentrarse allí en la necesidad de construir una estructura que justifique lo que venga después. Que Rafael dude de la historia oficial sobre su padre, a partir de algunas anotaciones que encontró en un viejo cuaderno –los datos de una coordenada, la leyenda detrás de una foto con Santos, el nombre de Pascual Uribe-, implica que en algún momento va a salirse de ese lugar pasivo y creyente, para convertirse en un ser gnóstico que necesita ver para creer. De esa previsibilidad y de ciertos subrayados innecesarios –el diálogo de Santos con Gutiérrez, la cara de Santos después de su diálogo con Rafael- resulta que la película parece estar condenada a empantanarse en su propia estructura.

Pero pasa algo cuando se sale de ese quietismo que implica la contención de una institución. No es solamente que se rompen las reglas estrictas del militarismo, sino que lo que hace Rafael es correrse literalmente del territorio de dominio de Santos: sale de la compañía de manera relativamente furtiva (en tanto Santos solo le advierte que si no regresa en tres días se lo declarará desertor), se aleja de la comodidad institucional para sumergirse en el desierto cordillerano. Es que ese movimiento de Rafael pone en marcha la película verdadera. No solo porque es allí donde comienzan a ocurrir cosas relevantes en términos de la ficción, sino porque se permite afirmarse en un territorio no tan frecuente para el cine argentino. La referencia clara de Desertor es la del western americano: la del personaje solitario que se aventura en un espacio desconocido para conocer una verdad o rescatar a la persona perdida. La cámara trabaja sobre ese imaginario en la forma en que refleja el paisaje, la figura del jinete, el desierto y el silencio. Es allí, en esos momentos en los que parece no pasar nada –nada más que el movimiento de un espacio propio a otro ajeno y potencialmente peligroso- que la película de Pablo Brusa encuentra su camino a la par del personaje de Rafael.

Pero si ese espacio ligado al western –en el que no faltan tópicos como la mina abandonada, la resistencia de un hombre para dejar su tierra, el paso utilizado para el contrabando- se vuelve todavía más interesante, es porque se pega a la necesidad de Rafael de ver. Ver como abrir los ojos, en ese juego en el que no se sabe si se está ante algo real o imaginario –anticipado por la escena del comienzo en que ve por un momento y entre los árboles del bosque de la guarnición a una mujer-, pero que apunta a eso que lo pone en camino. Si para creer en la historia, Rafael necesita ver, lo que va a ocurrir es que va a comenzar a ver lo que está ocurriendo, pero atravesado por componentes que le escapan al criterio del realismo. Desertor coquetea con el fantástico desde el momento en que Rafael encuentra en medio de la cordillera a Gutiérrez, ensangrentado, con un cuchillo en la mano, totalmente solo. Rafael no entiende porque en ese momento –como se lo dice el propio Gutiérrez, de otra manera- todavía está “de este lado”. Gutiérrez ya ha pasado a otro lugar, ese que, como él mismo dice, empieza con sueños extraños y “cuando uno se da cuenta, ya lo tiene adentro del cuerpo”. Gutiérrez ya ve otra cosa –a la que el espectador no accede, porque sigue la perspectiva de Rafael-, y es eso lo que le hace gritar como si estuviera poseído (“Salí”; “India puta, bruja”) y quisiera sacar de su cuerpo a puro cuchillazo lo que lo domina. En esa instancia, Rafael ya ha tenido un sueño extraño –ese en el que se ve a sí mismo acuchillando a un hombre que ríe-, pero Gutiérrez se le aparece como un loco, como alguien a quien el desierto, la cordillera, la montaña, han llevado hasta el desquicio.

Pero es cuestión de entender los signos. El enrarecimiento de eso que parece real se construye desde el inicio, desde ese momento en que el otro soldado le dice a Rafael que escuche el sonido de la montaña que cambia continuamente para que los hombres se pierdan –y el sonido es tan atronador que es difícil pensar en algo absolutamente real-. Y sigue cuando en medio de la noche, la india (Milagros Ponce) llega a caballo hasta la guardia del cuartel solo para tirar la mochila que fue de Márquez. Y luego en ese momento en que Rafael intenta pasar por el desfiladero y el caballo se retoba y vuelve sobre sus pasos y en la cima de uno de los lados, aparece brevemente la joven india. La inmersión en la montaña no es solamente física, sino que implica otro nivel al que solo parece poder acceder Rafael después que la india lanza hacia su boca el humo de lo que está fumando. En ese nivel es que Rafael puede, ahora sí, ver la historia de lo que ocurrió y comprender que está en un espacio que se dirime en términos contrapuestos que conviven. Rafael actúa como una suerte de nexo que no solamente relaciona ambos espacios sino que articula pasado y presente a partir de su búsqueda.

Lo que hace interesante a Desertor es que ese territorio no está sobreexpuesto, sino trabajado desde la indiferenciación de uno y otro para que se mezclen y no sea posible establecerlos con claridad. La sucesión de escenas que “ve” Rafael le permiten conocer la verdad, pero ponen en entredicho su propia concepción de lo real, difuminada entre los hechos del pasado y los del presente. Y en ese punto, tanto la joven india como ese Vasco (Daniel Fanego), que primero lo mantiene encadenado pero que es su puerta de ingreso al conocimiento de lo ocurrido, son cruciales en tanto sus movimientos los hacen oscilar entre la vida y la muerte. El territorio propio del western se mantiene, pero forma parte del espacio real que vuelve a aparecer cuando Rafael ha conocido la verdad oculta en el pasado. En el otro territorio, más cercano a lo fantástico, curiosamente, la violencia se presenta más cruda y extrema, la muerte se transforma en una instancia violenta y transformada a partir de la necesidad de quitar al otro del camino. Por eso es una violencia practicada con crueldad y contra los principios del enfrentamiento (la forma en que Santos dispara a Márquez; la forma en que Gutiérrez y Santos matan como francotiradores, a distancia al Vasco y a su mujer), y que contrasta con los momentos en los que la realidad aparece (las luchas cuerpo a cuerpo entre la india y Gutiérrez primero, entre Santos y la india y Santos con el Vasco después). El cierre, entre Rafael y Santos reinstala no solamente el elemento central de casi todo western –el duelo final entre los dos tiradores-, sino que funciona como una suerte de puente entre ambas formas de violencia: hay una fisicidad planteada en la posición de los cuerpos, en el tenso equilibrio en que se encuentran en el piso que convive con la distancia a la que se encuentran uno de otro.

En ese recorrido Desertor logra esquivar los elementos que pretenden dotar de una actualidad algo forzada a su historia –el contrabando de mujeres para prostituir entre Argentina y Chile; el control de las fuerzas de seguridad sobre los pasos fronterizos; la corrupción que anida en esos estamentos públicos- y que solamente parecen ser una excusa para desarrollar la historia de Rafael y su búsqueda de una verdad que excede largamente lo ocasional y que por lo tanto no necesitaba de ello. Si los espacios cerrados del comienzo parecen ser la base estructural de esa excusa, la apertura que implica el paisaje abierto de la cordillera y la soledad del protagonista ante ese mundo, consigue construir a la historia de manera mucho más atrayente en la convivencia entre lo real y lo fantástico, antes que en ese deslizamiento inicial hacia el comentario político y social.

Calificación: 6/10

Desertor (Argentina; 2019). Dirección: Pablo Brusa. Guion: Mario Pedernera, Hugo Curletto. Fotografía: Gio Croatto. Edición: Claudio Rosa, Pablo Brusa, Antonio Pita. Elenco: Daniel Fanego, Marcelo Melingo, Pablo Tolosa, Santiago Racca. Duración: 88 minutos.


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