
La sangre es, claro, metafórica. Pero esa metáfora encierra otras sangres que se pierden: sangres reales, de personas excluidas del acceso a una vida digna. La sangre de un país -que es también la de sus habitantes sacrificados, como referencia al recuerdo histórico de la Vuelta de Obligado y la batalla de Punta Quebracho- es la de sus productos, lo que sale de la tierra y se va, saqueado, vendido por otros. Una definición acerca la perspectiva, pone de manifiesto una diferencia que suele ocultarse debajo de los números y por cuestiones ideológicas: “Argentina no exporta nada, sino las empresas de capital extranjero que tienen sus propios puertos”. La señal de que el control no está en el Estado y que las empresas se manejan como territorios autónomos de los países.
El mapa que traza el documental de Andrés Cedrón focaliza en Rosario y su zona de influencia. Dibuja en él no solo el contorno de un río negado -las ciudades que crecen dándole la espalda-, sino clausurado a la población -los kilómetros de ribera ocupados por las empresas cerealeras. Coloca, como bombas diseminadas en el espacio, los puertos privados que se apropiaron de las costas. Devuelve a la escena pública los nombres que el fallido intento de estatizar Vicentín había puesto en primer plano momentáneamente (Cargill, Cofco, Nidera y siguen las firmas). Es la demostración del territorio ocupado, del beneficio de los recursos concentrado en un puñado de empresas cuya señal mayor es la naturalización de la supresión de un nombre propio, de una identidad -el río Paraná- reemplazado por un tecnicismo económico -la Hidrovía-. Ya no es un río, sino una autopista de agua, una ruta que lleva el dinero hacia otros mundos.
No es solo el Paraná. Si el relato focaliza allí es porque es el punto de partida para conocer el desguace, el desangramiento. El documental, a través de sus entrevistados -Orellano, Peretti, Mangione, Del Frade- recupera una dimensión que más allá de lo comercial, se sitúa en lo que implica la desregulación, la puesta en manos de las empresas de todo el control. La operatoria se repite en otros puertos, con agravantes, como en Quequén, donde se perjudica a los productores con los fletes o en la triangulación con empresas fantasma radicadas en Montevideo. La visión que despliega el documental implica una ampliación que permite diseccionar y comprender al sistema en su conjunto. No se trata solo de la concentración de la oferta exportadora de cereales en pocas manos, sino de las características voraces del sistema: apropiación de espacios públicos, perjuicio para productores pequeños y medianos, desprecio por el impacto ambiental y por la vida de los habitantes, aprovechamiento de la falta de controles para expandirse hacia otros negocios ilícitos (el río como ruta de la droga), triangulación y ventas intraempresas para evitar el pago de impuestos. El Río Paraná es, en todo caso, el escenario, la vía elegida para ganar más y distribuir menos.

Hay algunas cifras que se detallan en el documental, pero no son importantes en su detalle. Toneladas de cereales exportados, de drogas encubiertas, de miles de millones de dólares no declarados, de costos inflados. Lo que se recalca es que los dueños de esa riqueza no hablan, no se exponen, sino que en el mejor de los casos, lo hacen por boca de sus “periodistas” amigos (Alejandro Fantino, después de tratar de gil y mugriento al delegado del gremio de aceiteros, diciendo “yo no pido violencia, pido que los echen a todos”, como si eso no fuera un acto de violencia). El silencio es el síntoma del ocultamiento: los puertos del Paraná son una caja negra de la que no podemos saber demasiado (la desregulación de los serenos de buque y las imágenes de la descarga que se interrumpe ante la cámara son señales de eso que podría no ser legal), porque el problema es que el Estado dejó de intervenir.

Lo que muestra el documental de Cedrón es justamente eso: lo que ocurre cuando el Estado abandona lo que le corresponde. No es solo que no hay controles, sino que ni siquiera hay información. En ese retrato, releva lo que ocurre también como respuesta de las comunidades ante esa ausencia. Los entrevistados explican esa ausencia -todos la cifran a partir del gobierno de Carlos Saúl Menem, pero demuestran el escaso interés de todos los gobiernos por conocer al río- y esbozan discusiones necesarias para recuperar la iniciativa (la más amplia es la de Peretti, que postula la necesidad de urbanizar la discusión sobre lo rural, entendiendo que hay una relación entre la producción de alimentos y las discusiones paritarias) que incluyen el anunciado Canal Magdalena en el Río de la Plata. También allí aparece la organización popular. La que consigue armar una escuela -la Escuelita de la Patria- en Gálvez para recuperar la palabra y dar la batalla cultural. La que combate la desigualdad organizando una posta sanitaria y un comedor popular. La que se reúne en foros y asambleas que persisten en el reclamo soberano por los puertos. Los que persisten en la construcción de buques para desarrollar el país con menos dependencia. Los que se organizan para una travesía de Corrientes a Rosario para concientizar sobre la necesidad de salvar al Paraná. Dos imágenes que contrastan y que siguen señalando la disparidad de fuerzas entre las empresas y la resistencia popular. Y que pone de manifiesto eso que falta en el medio: un Estado que medie para mitigar ese desequilibrio.
Argentina sangra por las barrancas del Río Paraná (Argentina, 2025). Dirección y guión: Andrés Cedrón. Fotografía: Leonardo Val. Edición: Andrés Cedrón y Camila Mauser. Duración: 88 minutos.
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compañeros:
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Muchas gracias