Atención: Se revelan detalles de la trama.

La última producción de James Wan es una explosión que expande los límites del género para presentar un pastiche en el que se instaura un relato gótico con tintes de giallo; un relato que se engalana con gore y que coquetea con el slasher hasta darse el gusto, incluso, de decantar en una eximia escena de acción. Todo en una vorágine guiada por el pleno afán lúdico, donde la otrora tensión se troca en exposición.

Con un argumento cuyo eje bascula entre una historia de fantasmas y el mito urbano de Edward Mordrake, Wan presenta a Madison Mitchell (Annabelle Wallis), una mujer que, luego de ser agredida por su esposo, comienza a tener visiones de asesinatos. Para determinar la conexión entre ellos y el asesino, la protagonista se verá forzada a la reconstrucción de su identidad para poner fin a la matanza del monstruo y sanar sus propias heridas reprimidas.  Heridas que están en la base de la conformación del núcleo familiar como producto de la violencia: hijos productos de violaciones que son abandonados, marido tan borracho como golpeador y hermanos corrosivos, porque la familia está signada por lo sanguíneo, no solo desde los lazos de sangre, representativos de la comunidad genética, sino de la sangre que vuelve como elemento simbólico de esa violencia intrafamiliar y que se niega a irse. Como en El fantasma de Canterville, por más que la protagonista se lave, la herida se reabre, la sangre vuelve a brotar y cerrarla será el fin de una trama cuyo recorrido toma varios giros.

La familia absorbente, la familia que fagocita, se contrapone a la familia sanadora, temática recurrente en Wan. Pero si antes el tema era tratado desde la seriedad tensional del género en su vertiente de posesiones demoníacas, donde el Mal era aquello inmaterial e inasible -e incluso irrepresentable hasta llegada la resolución del conflicto-, en Maligno es la excusa para hacer gala lúdica de aquellas películas que son del agrado del director y del cine que tiene ganas de hacer. Este código se pone de manifiesto desde el comienzo. La primera escena nos presenta un espacio absolutamente gótico: el gigantesco castillo al borde del acantilado que oficia de sanatorio mental. Esa imagen, además, está intervenida, retocada plásticamente, mostrando su carácter de constructo. En esa escena, los movimientos de cámara bruscos, los reiterados zooms a primeros planos de los personajes, los gestos excesivos en el registro actoral y los diálogos clisé que bien podrían salir de un culebrón, plantean el tono paródico que propone el director.

En la escena siguiente, en la “época actual”, no se usa ese registro paródico de forma tan marcada, sino que el carácter manierista está dado por elementos que toma prestado del giallo, con una iluminación surcada por explosiones de color y la violencia en campo al mejor estilo Bava. Tan solo una vez más es notoria la carcajada sardónica del director por sobre esos personajes de cartón: en la escena en la que la oficial de policía Regina Moss (Michole Briana White) reconoce al asesino, su gesto se troca prácticamente en burla, mientras que la cámara lo acompaña desenfocando todo a su alrededor y lo remarca con un violento zoom. En ese gesto formal se gesta además un guiño cómplice para con el espectador, donde se acuerda de forma tácita que todo lo que devenga está en tono socarrón. De ahí la insistencia en sobreexplicar elementos de la trama que caen de maduros, y que no necesitan ninguna explicación. Es en ese punto en el que la película se torna floja, en la sobreexposición de ciertos hechos. Wan es un director cuyo fuerte es la sugerencia, especialmente en términos formales y de manejo de los espacios. Cuando hace uso de lo sugerido es cuando realmente se muestra su maestría al momento de generar tensión; por el contrario, son los momentos de mostración los que hacen que toda esa parafernalia construida en sombras se caiga. Lamentablemente, Maligno es todo mostración. Esto se debe a que no le interesa la generación de climas, ni mantener al espectador tensionado. De hecho, el monstruo no se presenta como una entidad que genere tensión porque su accionar no se ve dificultado por nada y en general sus asesinatos pasan a la vista del espectador con gran rapidez. En ese sentido, es interesante remarcar que los elementos más violentos están propinados no por el asesino serial sino por los médicos, los psicólogos y el entorno familiar de los personajes. Hay planos muy cercanos del cuerpo mutilado del monstruo. Es en ellas cuando aflora lo realmente gore.

Es por eso que los múltiples giros del argumento están dispuestos no para generar y/o aumentar el interés del espectador -porque en general son giros previsibles o información que le es brindada al espectador antes que a los mismos personajes, por lo que el efecto es inverso: es el espectador quien contempla el asombro del protagonista-, sino para hacer gala de nuevos elementos de divertimento que se sumen a la trama. Esto se debe a que la atención de Wan esta vez está puesta en el disfrute, en el conocimiento compartido entre director y espectador de esos códigos que han devenido lugares comunes, para disfrutar algo que no es otra cosa que su pura materialidad; una materialidad que, por momentos, incluso, se presenta como vacía, como un significante que ha sido vaciado de su significado para abandonarse al puro hedonismo de las formas.

Calificación 7/10

Maligno (Malignant; EUA, 2021). Dirección: James Wan. Guion: James Wan, Ingrid Bisu, Akela Cooper. Fotografía: Michael Burgess. Edición: Kirk M. Morri. Reparto: Annabelle Wallis, Maddie Hasson, George Young. Duración: 111 minutos.


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