Variar (según la RAE): 1. tr. Hacer que una cosa sea diferente en algo de lo que antes era.2. tr. Dar variedad.3. intr. Dicho de una cosa: Cambiar de forma, propiedad o estado.4. intr. Dicho de una cosa: Ser diferente de otra.5. intr. Mar. Dicho de la aguja magnética: Hacer ángulo con la línea meridiana. En Malambo, el hombre bueno de Santiago Loza, Gaspar, su personaje principal, necesita variar: no modificar, si no variar. Hacer realmente un ángulo con su línea meridiana de vida. Con su cotidianidad agobiante. Necesita cambiar de forma, de estado: su cuerpo está roto y ya no da para el baile del malambo profesional. Necesita competir por última vez y, a diferencia de las anteriores, ganar. Necesita que sus pesadillas (esas donde su oponente habitual en el baile lo desafía en lugares cerrados, abandonados, haciendo contrapuntos hermosísimos de danza y destreza) se apaguen de una buena vez. Necesita, quizás, animarse a salir con la bellísima masajista que le trata su problema de hernia de disco. Necesita que su maestro vuelva a confiar en él. Necesita él mismo, volver a confiar en sí.

Santiago Loza, fiel a su tradición teatral, toma distancia brechtiana: pone una voz en off al relato que le suma poética y le resta realismo empalagoso y minimalista a pesar de que la película sea totalmente realista. Un baile tradicional, argentino, de hombres, donde solo varones compiten entre sí en una danza centenaria cargada de una magia muy particular: el pecho adelante, desafiante; la frente en alto, amenazadora, viril; los pies en el piso, marcando el ritmo con sus tacos; la melodía invitando al desafío, a que se le aparezca el diablo enfrente para competiry gozarlo… en el doble sentido de la palabra, gozarlo. El diablo se aparece y para Gaspar es siempre el contrincante, el otro bailarín, el que le gana en las competencias donde participa. El diablo se aparece y es para Gaspar el propio Gaspar: su cuerpo ya no puede actuar como sabe, como debe. El malambo invoca de todos modos… sin esa hermosa pedantería del desafío, no hay razón de ser casi, es un monólogo repetitivo, circular, aburrido. Gaspar lo sabe: no quiere bailar para sí; que sus alumnos bailen para él tampoco lo llena. Quiere bailar para su maestro. Quiere derrotar al bailarín que lo venció en la competencia pasada. Cosquín viene, ahí aparecerá el torneo nacional: la posibilidad de Gaspar de reconciliarse, ¿finalmente?, consigo mismo: de ser campeón nacional.

“El hombre bueno”, a modo casi de subtítulo en la película, tiene que ver con esto: con un humilde bailarín de malambo que en su día a día intenta reconciliarse con su propia persona a través de la conjura de un baile tradicional que, lejos de ser simplemente un modo de expresión, es una forma de vida. Toda persona que quiere reconciliarse consigo misma es “buena” pero no en el sentido inmediato del término, si no en el sentido noble de la épica cotidiana: ser bueno es, en todo caso, no deberle nada a nadie, especialmente, a uno mismo.

Por esta razón, Gaspar baila y sueña. Entrena y sufre. Trabaja y reflexiona en un blanco y negro mañoso con el que cada plano de la película se enmarca y donde la distancia brechtiana propuesta por Loza actúa como un efectivo disparador de la representación: en esta lucha de Gaspar contra otros, contra sí mismo, con el malambo mediando todo enfrentamiento, ¿qué más se está diciendo, construyendo? La respuesta es obvia: una metáfora de la superación. Una metáfora de la superación que más que individual, es personal. Lejos de la poética yanqui-hollywoodense habitual de la superación meritocrática del individuo, acá lo que se pone en cuestión es la superación personal de un sujeto en especial: la reconciliación de Gaspar con sus más profundos deseos. Es decir, lo que Malambo, el hombre bueno pone en representación es la cuestión primordial de la PASIÓN: llevar hasta los límites físicos y psicológicos de la propia conciencia -cuerpo, amistad, familia, amor, vocación mediante…- la realización de la propia pasión con todos sus métodos (estéticos) de conjuración necesarios. De allí que el malambo sea la excusa para contar la pasión de un tipo simple, sin mayores ambiciones materialesen la vida, aparentemente, que el vivir medianamente cómodo (compartiendo habitación con un amigo por ejemplo) para poder dedicarse de lleno a su gran fundamento de vida: bailar, competir, ganar.

Gaspar no solo quiere competir, quiere ganar en Cosquín, donde se realizará el próximo torneo nacional de malambo. Y quiere ganar allí pues estos torneos tienen una singularidad maravillosa, como se advierte en el comienzo de la película: todo ganador del torneo, todo campeón nacional, no puede volver a competir nunca más en el mismo. Los campeones se retiran por siempre de la competencia activa sin importar su edad. A diferencia de otros deportes o competencias, los campeones no necesitan revalidar su título o encumbrar su leyenda manteniéndose en el tiempo. La vida del malambista es limitada; por lo menos a nivel competitivo. Dura hasta que alcanzan la gloria máxima. Después, vienen los cruceros asiáticos, los reality shows, los espectáculos para turistas (como lo hace el maestro de Gaspar), la docencia y el ganarse el pan de cada día como salga con un ritmo maravilloso de música sin letra y pasos gauchos, de tablado, de tierra donde la tradición lejos de ponerse en pose de mármol, se renueva, se innova, se vuelve más presente que cualquier pasado cincelado.

Gaspar, por ello, quiere ganar, necesita ganar. Necesita variar su vida actual para que en ese torneo en Cosquín las pesadillas se le drenen, su propia épica se conjure, su vida se le reconcilie y, sobre todo, su cuerpo (ese que baila, sufre, expresa, duele, llena, ama, apasiona) pueda retirarse en paz, con la gloria como estaca y con la inmensa voluntad de haberse sabido digno de sí mismo; de un tipo que a pesar de los “a pesar de” se motiva en su propio arte, su propia danza, su propio lugar en el mundo.

Malambo, el hombre bueno de Santiago Loza invita, entonces, de manera moderada visualmente, entre el mediometraje y el largometraje, a (re)vivir la nouvelle de un tipo común para el resto, para cualquiera, menos para él y que entre la voz en off de su conciencia (su adentro íntimo de reflexión y pensamiento) y su danza (su afuera, sus pasos, sus coreografías, sus trajes tradicionales, su dolor,su sudor en cada poro) intenta conjurar toda indigencia a la cual la vida lo arroje (lo ha arrojado) en prospección a labrarse un propio destino: con gloria, con un título de campeón por más que lo aplaudan pocas personas. Las necesarias.

Malambo, el hombre bueno (Argentina, 2018). Guion y dirección: Santiago Loza. Fotografía: Iván Fund y Eduardo Crespo. Música: Zypce. Edición: Lorena Moriconi. Elenco: Gaspar Jofre, Fernando Muñoz, Nubecita Vargas, Pablo Lugones, Gabriela Pastor. Duración: 71 minutos.


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