Según declaraciones de Sebastián Schjaer, director y guionista de La omisión, la película encierra en su título la clave central de lectura; efectivamente, a lo largo del relato se despliega un juego entre el omitir y el revelar.

En la primera escena, una mujer joven baja bruscamente de un auto desde el cual una voz masculina, a los gritos, le pide que regrese. Ella empieza a caminar al costado de una ruta muy transitada, nevada y ruidosa, de espaldas a la cámara que la sigue de cerca; lleva su cabeza cubierta por una capucha. Estas dos imágenes, el seguimiento de la mujer y la ruta de las afueras de la ciudad, se reiterarán más adelante.  La mujer es Paula, la protagonista (destacada actuación de Sofía Brito) y, lentamente, el espectador se irá enterando de que pocos meses atrás ella se ha instalado en Tierra del Fuego junto a Diego, su pareja y padre de su hija de tres años, con  el objetivo de juntar dinero para poder viajar a Canadá y radicarse allí. Sin embargo, ambos permanecen en ciudades diferentes -ella en Ushuaia con su hija, él en Río Grande- por motivos que nunca se revelan al espectador. A Schjaer no le interesa bucear en la psicología de los personajes, de hecho no sabemos nada del pasado de la pareja y los iremos conociendo, en especial a la protagonista, a través de sus acciones en el aquí y ahora. El único objetivo que vincula a Paula a esa ciudad ajena es conseguir el dinero para su viaje ‒es frecuente la aparición de imágenes de billetes‒, y ese accionar se convierte en el eje central de la narración e impulsa el crecimiento dramático.

El primer trabajo que Paula ha conseguido es como encargada de la limpieza de un hotel; pero más adelante logra un puesto como guía turística. En relación con el trabajo se plantean varias cuestiones que no se desarrollan pero que ofrecen una mirada sobre el contexto: Paula tiene que lidiar para que le paguen lo que le deben; se marca la diferencia entre los nativos y los recién llegados, que acuden al sur para aprovechar los buenos ‒y en parte rápidos‒ ingresos que brinda el turismo; y, por último, el tema de los jóvenes que se van del país, aunque en este caso no se explicitan los motivos.

Hay en Paula un constante despliegue físico: se la muestra caminando, ya sea en la nieve, desafiando su pesadez, en rampas cercanas a la ruta, o llevando y trayendo a su hija que está al cuidado de un familiar mientras ella trabaja. Pero ese reiterado caminar nunca es plácido, oímos su respiración entrecortada, su fatiga, como si ese andar trabajoso, esa relación entre espacio y personaje, expresara al mismo tiempo las dificultades a superar en esa ciudad de paso, su fragilidad y sus contradicciones, las que se irán revelando poco a poco.

A pesar de los contratiempos, Paula nunca se detiene en la persecución de sus objetivos. Existe una relación inversa entre tiempo y dinero, y el director la marca, de alguna manera, reiterando el fin de cada jornada de trabajo; todas las noches la camioneta recoge a los turistas que regresan de sus excursiones: un día más de Paula en esa ciudad, algo más de dinero, y una mayor cercanía con la partida.

No hay interiores a lo largo del film ‒excepto un par de escenas de Paula con su hija‒, y tanto los encuentros con los personajes masculinos como algunas de sus decisiones importantes suceden en el interior de autos: otra forma de marcar la precariedad de la situación de Paula. Su trajinar se aquieta en algunas de las escenas que comparte con su hija –con quien se manifiesta como madre amorosa‒, y allí cede cierto vértigo que subyace al relato.

De este modo, en un movimiento pendular entre decir y ocultar el director sigue los pasos de la protagonista a través de una narración quebrada, con pronunciadas elipsis; retacea información acerca de su proceder, cuyas motivaciones, por momentos, desorientan al espectador. Schjaer construye un personaje huidizo, se acerca a él dando ciertos rodeos, y en este sentido la sugerente imagen del comienzo de la película, la cabeza de Paula encapuchada que en parte oculta su rostro, seguida de cerca por la cámara, pareciera marcar esa condición elusiva y, al mismo tiempo, una forma sigilosa e indirecta de aprehenderla, de conocer sus emociones. Aunque débiles, sutiles, el director da pistas acerca de las vacilaciones y reservas de Paula; además de sus desconcertantes encuentros con Diego y Manuel, con frecuencia Paula masajea y refresca su nuca con agua, como si necesitara aliviar un cuerpo en constante tensión; luego de que su novio pone un plazo para la partida, cruza distraída una calle y un coche la embiste; apaga el teléfono cuando se acerca el momento de las decisiones, aumentan sus silencios, y así continúan los indicios.

Ushuaia ‒un lugar casi ausente en el cine argentino‒ está continuamente  presente. Es un espacio fundamental en el relato, pero tratado de una manera que escapa del lugar común, de esa iconografía muy difundida sobre esta zona sur oeste del país, montañosa, nevada, con bosques frondosos y recorrida por lagos, una suerte de lugar paradisíaco, con pistas de esquí y poblada de turistas; un territorio convertido en paisaje en tanto hay un punto de vista que lo construye, de planos abiertos, que se ajusta a cierta pintura paisajística y a la postal turística, ideal para el ocio y el descanso. Schjaer omite este modelo de representación y detiene su cámara en el interior de la camioneta que traslada a los turistas, en la que viaja Paula como guía; muestra sus rostros en planos cerrados, como si fueran retratos, sus equipos de esquí y, a partir de estas imágenes sugiere y prefigura un gran fuera de campo respecto de esas pistas y paseos. De esta manera, elude los planos generales, soslaya el horizonte ‒una elección previsible en películas que transcurren en exteriores poblados por una naturaleza exuberante‒, decisión que mantiene a lo largo del film, y elige planos enteros acordes con la figura de los personajes.

En contraposición con aquella visión, decide mostrar las zonas industriales de la ciudad, las rutas colmadas de enormes camiones, las explanadas, los tanques con el logo de YPF, y las estaciones de servicio a las que acude Paula en un alto de sus idas y venidas. Al mismo tiempo, alude al paisaje portuario a través del paño de colores que forman los contenedores colocados en fila; los ruidos propios del ajetreo y del tráfico acompañan estas imágenes a las que se suma el sonido insistente de los celulares.

Por último, hay dos puntos a destacar en esta muy buena opera prima que participó de la última edición del Festival de Berlín. Por un lado, Schjaer se arriesga a construir un personaje ambiguo, capaz de contradecirse y, además, a finalizar su película de una forma incierta, no totalmente definida, reto que elige asumir ante el espectador y que seguramente provoca cierta incomodidad. Por otro, resulta interesante su decisión de representar el paisaje industrial del sur oeste porque, si bien en los últimos años se han realizado varias películas en esa zona del territorio patagónico, son pocas –un ejemplo es Boca de Pozo de Simón Franco (2014), cuyos personajes trabajan en un yacimiento  petrolero- las que se han detenido en esos espacios y actividades del extremo austral argentino, en ese universo.

La omisión (Argentina/Holanda/Suiza, 2018). Dirección: Sebastián Schjaer. Guion: Sebastián Schjaer. Fotografía: Inés Duacastella. Montaje: Sebastián Schjaer. Elenco: Sofía Brito, Lisandro Rodríguez, Pablo Sigal, Malena Hernández Díaz. Duración: 90 minutos.


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