
Nadie sabe en qué momento comienza el incendio de un bosque. Nadie lo advierte hasta que el humo o los sonidos del fuego abrasando todo lo que encuentra a su paso se vuelven presentes, cercanos. En todo caso, lo que puede saberse es en qué momento comienza la angustia, el dolor, la desesperación. El momento en el que el fuego avanza y se acerca, empujado por el calor y un viento que corre a más de 70 kilómetros por hora y se hace imperioso salir de allí, evacuarse, como tuvo que hacer Vivi ese 9 de marzo en que deja su casa en Golondrinas para refugiarse en Epuyén. Para su hija Mei, en cambio, todo comienza con el llamado telefónico de su madre avisándole lo que está ocurriendo a miles de kilómetros de distancia.
Nadie sabe tampoco en qué momento deja de arder la tierra. Si es cuando el territorio queda cubierto de cenizas apagadas o si esa llama que generó el incendio no se apaga jamás. De todas maneras, se trata de dos dimensiones diferentes. La primera es puramente física: es la constatación de un desastre que con el paso de los días va enfriando porque el fuego ya no tiene qué consumir. La segunda involucra otros elementos, relacionados con la percepción subjetiva de lo ocurrido. Tiene que ver con la mensura de la pérdida, pero también, como le ocurre a una de las vecinas de Vivi, con la superposición de las imágenes del presente de lenta recuperación con las de un pasado que vuelve con la imagen del fuego arrasándolo todo.

Ese mecanismo es, al fin el que utiliza el documental para establecer el tamaño de lo ocurrido. Por eso comienza con las imágenes que registró la directora en esa casa que su madre pudo comprar –y hacer suya en un sentido más amplio que el que supone una escritura- en 2017 y que era más que una casa, la representación de un logro personal. El contraste entre ese pasado todavía cercano y el momento del regreso de la hija establece la relación: de aquella casa solo han quedado algunos pisos y una pila reducida de escombros. Eso que no puede reponerse en los relatos de los vecinos desde la imagen, aparece en eso que el fuego hizo desaparecer en pocos minutos.
Esos relatos, no obstante, organizan una ampliación de la narrativa familiar para extenderla a la comunidad entera. Y son inevitablemente diferentes a los que expone Vivi. Porque a cada uno de los entrevistados, el fuego los sorprendió en circunstancias diferentes y provocó reacciones de acuerdo a las posibilidades individuales. De la madre que se refugió con sus hijos en una pileta en la que se cubrían del fuego con una chapa. Del que se quedó en la casa mientras el fuego consumía la carpintería que había armado y que fue quien le avisó a Vivi que su casa se había incendiado. De la que se llevó a su padre de la casa de la chacra, con el argumento de que había que salvar la vida, que era lo más valioso que tenía. Del bombero que recuerda el momento en el que el techo de su casa empezó a prenderse fuego y se resignó a lo que ya era inexorable. De su esposa, que en ese incendio perdió el refugio que implicaba la habitación intacta del hijo que había muerto cinco años antes.

Son relatos de la desesperación más que de la impotencia –es curioso que hay quienes dicen no haber tenido miedo, pero sí bronca-. De la pérdida de algo que excedía lo material. Porque lo material que se pierde, en sí mismo carece de significación. Son objetos que en todo caso recuerdan el sacrificio, lo que implicó la posibilidad de acceder a ellos como una forma de construir un hogar en el espacio de una casa. Los recuerdos son los que funcionan como el detonante de lo irreparable. Ese libro de recetas de la madre de Vivi. Las herramientas del carpintero. Los ladrillos de la casa de la mujer que vivió 60 años entre sus paredes, y que ella misma le alcanzaba a su padre para su construcción. Los objetos que recordaban al hijo muerto. Y entre las cenizas, la obstinación por buscar algo que sea la supervivencia de ese pasado, que se niega a ser derrotado por el fuego. Los pigmentos azules de las pinturas que usaba Vivi en sus artesanías. El padre que vuelve a la casa destruida para encontrar lo único que le interesaba: la placa que recordaba a su hijo muerto. Las fotos que permanecieron apiladas y quemadas y al solo contacto se volvían polvo. Eso. Volverse polvo en un instante.
Lo que consigue Abrazando la Patagonia es un acercamiento que implica a la directora con el material. Es cierto que está allí porque es su madre el centro de esa afectación, pero en el acercamiento a los vecinos, no solo puede reconstruir ese momento desde diferentes perspectivas, sino que desde ellos recupera un concepto de comunidad. Esa comunidad que recuerda sin poder contener el llanto, pero que también se reúne para ayudarse mutuamente. Si hay algo que subyace en todos ellos, es la decisión de quedarse en el lugar, en ese lugar que ahora no pueden reconocer del todo, porque lo que se llevó el fuego fueron todas las referencias del entorno. Y desde allí, reconstruir en comunidad los espacios arrasados. Ese año que Mei estuvo lejos de la casa de su madre, se recupera cerca del final en esa cronología de fotos y videos que van desde el envío del módulo hasta su terminación y conversión en el nuevo hogar de Vivi. En esas imágenes nunca está sola, siempre están los vecinos, los que ayudaron con la limpieza, con la reconstrucción. En el presente, las manos de Vivi insisten en la resistencia, que no es solamente quedarse allí, sino transformar la tierra arrasada en el jardín de Golondrinas. Otras manos, la de su hija y sus asistentes, filman todo, arman un documental. Y con ello, dan ese abrazo que es lo que los habitantes del lugar están esperando, para entender que todo lo malo va a pasar, que todo va a ser mejor.
Abrazando la Patagonia (Argentina, 2025). Dirección: Mei Villagra. Guión: Mei Villagra y Danila Pagano Bianchini. Fotografía: Anabel Marino. Edición: Victoria Rossi y Deborah Narváez. Duración: 67 minutos.
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Maravillosa realización e imágenes. Esperanzas recuperadas en un nuevo comienzo.