afiche_-_mecanica_popular_baja*El Otro irrumpe. Lo hace sin pedir permiso, sin medir riesgos. El otro, como Silvia Beltrán (Marina Glezer), es un invasor que se cree con derecho a chantajear. “Si no me lee, me mato”, le dice al dueño de la Editorial Mondo Verba, Mario (Alejandro Awada), quien parece estar dispuesto a suicidarse. Nunca sabremos por qué. El Otro es un espejo que molesta, que obliga a ver en otro cuerpo la propia imagen.

El Otro es una amenaza siempre latente para el individuo. Porque, en el universo de Mecánica popular, lo único que importa es el individuo. Solos, encerrados en burbujas provistas, de una manera u otra, por los libros –no por la literatura-: un editor, una escritora, un lector. Universos que no se tocan, que no tienen nada en común. Cada uno es un germen que amenaza al otro: la amenaza es abandonar la soledad, la individualidad.

El Otro es un indignado. Pero no el tipo de indignado que sale a la calle porque se quedó en la nada. Es el indignado de clase media, que cree que el mundo debe ajustarse a sus caprichos. No a los de su grupo de pertenencia, sino a los propios. Cada uno cree ser depositario de una verdad que debe ser declamada y gritada, pero solo en los límites impuestos por una oficina despoblada en una noche de lluvia. Y como depositarios de la verdad, creen que el Otro es un ser que vive y ha vivido (y vivirá) equivocado. Y que, en tanto, debe convertirse en objeto de burla y desprecio o negación. El Otro no tiene talento y no hay que publicarlo –o, incluso, tendría que haber nacido en otro país-: Silvia (Romina Ricci), la esposa que vuelve como fantasma y evocación, como espejo y doble de la otra Silvia. mecanicapopularEl Otro no existe: los que desaparecieron en el pasado, aquellos por los que se lo acusa a Mario de publicar porque no quiere ver. El Otro es apenas un encargado de edificio, un ex policía chileno, García (Patricio Contreras), y entonces no se pierde nada sin él: se electrocuta en la oficina, pero hay que simular que no pasó nada. El Otro escribe, el Otro lee: de ellos sólo queda burlarse, reírse.

*Hay dos dimensiones del Otro que aparecen en Mecánica popular. La primera está planteada en la relación de la tríada Editor/Escritor/Lector. Allí hay una representación solapada de clases en pugna, manifestada en el desprecio que se dispensan entre sí. Hay conciencia de pertenencia a un lugar específico, pero sobre todo, de cómo se establecen las relaciones. El desprecio va siempre de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba, pero con el inmediato anterior. Los extremos, de alguna manera, se tocan. Si bien Mario se burla de García cuando lleva su colección de revistas, persiste cierto respeto, que se visibiliza en la escena en la que ve la biblioteca de su pequeño cuarto, o incluso cuando escucha su opinión sobre el libro de Silvia. De la misma manera, García respeta a Mario, posiblemente porque vislumbra en él un conocimiento al que no ha accedido. Sin embargo, cuando en el juego de relaciones entra Silvia, el desprecio se potencia. “Ojo con querer interpretar ustedes porque los hacemos concha”, la ataca Mario desde un lado. “Lo tuyo es un charco de esa pus modernista”, insiste García desde el otro.

La otra dimensión construye el afuera de los personajes como prescindible y anónimo. Un afuera generalizado que implica el exterior de la editorial por la noche, y el exterior de la oficina de Mario durante el día. Generalizado y excluido de la palabra. 0004324872Ese universo es contra el cual Mario dirige su diatriba interminable: los críticos (“son grasas disfrazados de cool (…), confunden paupérrimo con minimalista”), los escritores (“los charlatanes convirtieron a la literatura en una forma de no comunicar ideas (…), comunica conceptos para el papa frita diletante”; “(escriben) a la David Lynch: la decoración del vacío, crear un clima para no decir nada”), los empleados de la editorial (“rebotan lo bueno y publican lo malo, cómo los voy a rajar a todos de una patada en el orto”). El Otro no tiene opinión, no puede defenderse. Está fuera del juego, ya no solamente de quienes toman las decisiones, sino de la posibilidad de cuestionar la crítica. El Otro no existe.

*Cada encuentro de los tres personajes activa una puesta del enfrentamiento. Del rechazo por el otro. De la imposibilidad de acuerdos. Una grieta enorme se advierte entre ellos y a nadie le interesa tender puentes: ni siquiera la decisión de publicar la novela de Silvia sirve para ello. Allí hay capricho, culpa quizás. Nunca lo sabremos: los personajes del cine de Agresti de los últimos años –incluso se podría pensar que desde el personaje de Norman Briski en La cruz– son puro exterior. Palabras. Gritos. la-cruz-alejandro-agresti-briski-busnelli-1997-vhs-4186-MLA2730462937_052012-FUna exageración que los emparenta con los personajes caricaturizados de Peter Capusotto.

Odio. Porque el Otro es el odio al que se personifica. No es un odio por acciones, sino por una pugna interminable entre individuos que creen tener la verdad y que no pueden escuchar. Odio por el pensamiento distinto, que en la discusión se incrementa en el odio mutuo.

El Otro en Mecánica popular quizás ni siquiera alcance el status de enemigo. Es un extraño. Un ajeno a la vecindad individual en la que todo se maneja. Agresti, en ese desprecio que esparce desde la boca de los personajes, y en la relación que entabla con los objetos del cuadro –como hablar de “una máquina que no sirve para nada” delante de un afiche sobre la filosofía- parece creer en una sociedad que no existe más que como estructura de clases que se replica en cada individuo y su entorno. La noción de colectivo se revela inexistente. Sólo importa aprovecharse del otro y denigrarlo para que no pueda ocupar el lugar. La salvación individual que postula la película no tiene ningún contraste, por lo cual se sostiene más como planteamiento ideológico que como descripción de un estado de cosas. Me salvo si me editan la novela. Me salvo si disuelvo mis culpas del pasado en el presente. Me salvo si el cuerpo muerto puede volver a ser puesto en un lugar en el que no genere sospechas. Me salvo si destilo mi odio sobre los demás. Me salvo solo. Los Otros no importan.

Aquí puede leerse un texto de Ignacio Izaguirre sobre la misma película.

Mecánica popular (Argentina, 2015), de Alejandro Agresti, c/Alejandro Awada, Patricio Contreras, Diego Peretti, Marina Glezer, 98′.


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