Todo cambia, hasta el terror. Los miedos primordiales siguen siendo los mismos desde el principio de la humanidad: lo desconocido, la oscuridad, la sangre, o el miedo a lo conocido ominoso. Todas metáforas de esa forma última de la soledad que es la muerte.

Miedos que han tenido proyección artística también desde antiguo, creando un continuo retorno que varía en sus formas según las épocas y sus particularidades. El terror está asociado al cine desde su comienzo o poco más, en muy poco tiempo, tal vez desde el Nosferatu (1922) de Murnau en adelante, alcanzó su codificación y encontró su —masivo— público. Códigos que incluían la sugerencia de las sombras y el rojo de la sangre; el mal circulaba entre ellas como una corriente casi siempre invisible.

Varias décadas después de esos comienzos hubo un acontecimiento, una película, que hizo estallar todos los códigos del terror: El exorcista(1973) de Willaim Friedkin, en los tempranos setenta, sumó todos los miedos y los multiplicó permitiéndose la explicitud, el desborde de los jugos corporales y la sangre virginal. La obra maestra de William Friedkin abrió los caminos para nuevas formas y expresiones del mal.

En esas nuevas maneras de contar las viejas vertientes se ubica Memoria de una madre, el segundo largometraje de Mauro Iván Ojeda (El anterior fue La funeraria, de 2020), parte de un fenómeno local, el del resurgimiento del cine de terror argentino, encabalgado en los nuevos subgéneros y las nuevas formas de relatarlos.

Genaro (Santino Resta) es un adolescente expósito que es adoptado por una pareja madura, la que antes ha hecho lo mismo con los adolescentes Nuria (Julieta Palermo) y Samuel (Mateo Berti). La casa semi rural en donde vive esta familia ensamblada, va revelando de a poco sus particularidades sobrenaturales; un clima amenazante de apariciones sugeridas y estados de ánimo que van de la tristeza y depresión permanente de la madre, al terror que se instala progresivamente hasta el desenlace final.

Poco más importa la anécdota porque Ojeda parece sumarse a aquellos cineastas que privilegian el clima al desarrollo argumental. Esta elección, la creación de climas ominosos y la descripción de lo que ellos generan en el ánimo de sus personajes, es la mayor virtud de Ojeda, que sigue a su modo la senda de la explicitud visceral abierta por El exorcista (aunque Friedkin también balanceaba su relato con igual maestría dentro del terreno de la sugerencia y el misterio) y suma además un toque personal ya presente en La funeraria: la incursión en el ámbito costumbrista y la mixtura de este con el terror. Hay un mundo a desarrollar en esta vertiente.

Por lo demás se maneja en un término medio entre la sugerencia y lo explícito, de una manera que a los amantes de las viejas formas del género no nos resultan expulsivas.

En cambio, el aspecto narrativo de la película aparece descuidado. Tal vez este descuido sea deliberado y el director apueste a la comunicación que se establece entre sus pares generacionales, amantes de las nuevas versiones del género, todos herederos del desorden dionisíaco del romanticismo decimonónico.

Para unos y otros el terror está vivo, anida en nuevos territorios y públicos jóvenes y diversos. Habrá que apostar a esas novedades. Nosotros somos de los que creemos que lo viejo aún funciona.  

Memoria de una madre (Argentina, 2026). Dirección y guión: Mauro Iván Ojeda. Fotografía: Mariano Suárez. Elenco: Santino Resta, Julieta Palermo, Mateo Berti, Vilma Echeverria, Edgardo Molinelli. Duración: 84 minutos.

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