1. Hay algo en permanente movimiento en la última película de Ted Fendt. No sólo se trata de los viajes que Daniela y Mia realizan en un lapso breve de tiempo, llevándolas de Berlín a Nueva York y de vuelta a Europa casi en un abrir y cerrar de ojos, con Viena como ciudad intermedia. Hay otros desplazamientos, menos evidentes, a lo largo de Outside Noise: el de la luz como valor sensible y que se impregna en los cuerpos, el del sueño desfasado que amenaza con volverse permanente, y el de ciertas decisiones que parecen dilatarse mientras todo alrededor permanece en tránsito. Las protagonistas de esta historia narrada sin estridencias, con un apego minucioso por los diálogos y el valor de la amistad, se saben en un tiempo de sus vidas que puede ser determinante. Se habla de una tesis a punto de concluir, de trabajos que pueden condenar a cierta rutina, o de los días y las noches que se hacen cada vez más cortos mientras campea el insomnio.  En este universo habitado por mujeres, todo gira alrededor de un puñado de personajes (ingresan al mundo de Mia y Daniela alguna que otra amiga de paso, y unas pocas personas más), de ciudades que borran sus límites, y de tironeos con la apatía y el insomnio como síntoma de una cierta inquietud. El tono nunca es sentencioso, y el movimiento constante instala una cierta ligereza. Nada se estaciona por demasiado tiempo, ni las frases pronunciadas, ni los sentimientos que a veces emergen, no del todo claros.

2. En Outside Noise todo ocurre como si fuera por primera vez, fundado en una colaboración estrecha entre actrices y director, que dejan lugar a una suerte de improvisación calculada (los personajes, parte ficción, parte inspirados en las actrices que prestan sus verdaderos nombres a las protagonistas, respiran una autenticidad que crece segundo a segundo). Las conversaciones desandan el camino de lo trivial para encender chispazos de melancolía, o abrazar una profundidad apenas enunciada. La textura del fílmico hace de las imágenes una superficie atemporal, ajena a los brillos de la híper definición, y permite unos hermosos juegos con las sombras y los reflejos. Dos largas conversaciones se suceden frente a un ventanal, con los personajes prácticamente en sombras en un caso, y bañadas por una suave luz de otoño en el otro. Aquello que se dice es tan importante como la forma de mostrarlo, que trasluce una serenidad propia de un trabajo de cámara, en el que cada detalle cuenta. Mientras las amigas conversan acerca de situaciones cotidianas, se cuela por ahí alguna reflexión sobre la maternidad; entonces la luz se va volviendo más y más tornasolada, los cuerpos se ven envueltos por las sombras, y el tiempo parece detenerse. Más adelante, Mia y Daniela conversan sobre algunos ritos de pasaje, en una charla que se convierte en el leit-motiv de la estructura de la película; se dice que la fase intermedia de todo pasaje hacia otro estado, está determinada por la incertidumbre, y que quienes la transitan ya no saben bien donde están, o a qué lugar pertenecen. La escena transcurre frente a otro ventanal, con las amigas echadas en un sillón; la luz de la tarde varía de una forma casi mágica, atravesando zonas de opacidad y otras de una tenue brillantez. Difícil ponerlo en palabras, y aún a riesgo de hacerle perder el misterio a ese instante, nombrarlo como una Epifanía le haría justicia. Durante esos largos minutos de conversación, un haz de luz que impacta directamente sobre el lente de la cámara (técnicamente conocido como “flare”) se mueve junto a los cuerpos; por momentos, su forma hexagonal gana el margen del encuadre, para luego achicarse hasta casi desaparecer en un punto imperceptible, como lo hacen las distancias, las ciudades y las palabras, en esta película serena, escurridiza y orgullosamente chiquita.

Outside Noise (Alemania, Austria, Corea del Sur, 2020). Dirección: Ted Fendt.  Guión: Daniela Zahlner, Mia Sellmann, Ted Fendt. Reparto: Daniela Zahlner, Mia Sellmann, Natascha Manthe, Genevieve Havemeyer-King, Hani Alaraj. Duración: 61 minutos. Sección: Estados alterados.


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