La tierra, profunda y oscura, remite a un espacio distante, inexplorado. De pronto emerge un cuerpo, que reaparece luego de una larga ausencia. El plano, sostenido en un tiempo extenso, se contamina de una sonoridad que invita al desequilibrio. Así vuelve Renée a su antiguo lugar de residencia; como un espectro, o como una sombra que vuelve a proyectarse, manteniendo su misterio. Las escenas se encadenan con un ansia de experimentación que hace de lo narrativo un hilo secundario, un sostén para una exploración que se vive entre silencios, en los bordes de un mundo del que apenas reconocemos sus márgenes. La textura del fílmico le permite a Vermette desplegar en imagen una suerte de fantasmagoría que recorre los cuerpos y las cosas, haciendo de ellos un enigma. Allí estarán la madre que regresa pasados cuatro años, y una hija pequeña, criada por sus tíos durante esa ausencia fundante. También la comunidad, las canciones que se comparten en una noche de celebración, o los secretos que nunca se revelan. En primer plano, estarán la luz y el ojo que perfora el espacio -y cada partícula de materia-, en un gesto que busca impregnarse de todo lo que flota en el aire y jamás será nombrado. En la comunidad, un grupito de habitantes de la nación Méti en Canadá, no hay luz eléctrica, y el tizne de los faroles y las velas pinta cada imagen con una intimidad avasallante. El humo, los rostros que aparecen y enseguida se nos escapan, la música que une a un puñado de personas de las que poco conocemos, van formando un mosaico en el que el tiempo narrativo parece hincharse, siempre a punto de estallar.

Porque a Vermette parece interesarle menos el conflicto de la ausencia, que el registro alucinado de sus huellas. Casi nunca pone por delante el tironeo emocional que se genera entre los adultos y la niña, quien con toda naturalidad celebra que ahora tiene dos madres. Sobre esa estela de melodrama familiar apenas esbozado, parece colisionar otro, más impuro y experimental, en el que las imágenes cobran autonomía por sobre el mito familiar. En una narración hecha de retazos, cada encuadre es una historia posible; un álbum de fotos en el que asoman antepasados recientes, una conversación entre hermanos que saben de una distancia insalvable (y es la cámara quien asume esa condición, mostrándolos a través de un cristal opaco), un recuerdo entre madre e hija que parece evaporarse con solo ser nombrado. Mientras tanto, unas manos repasan el doblez de una foto que propone un nuevo horizonte, o al menos su promesa. La foto es oscura, deliberadamente extraña, casi un no lugar imaginado entre barro y madera. Pero no deja de ser una salida posible, real o imaginada, hacia una vida diferente. No sabemos si Renée se ausentó para comprar ese pedazo de tierra lejana, o si pretende llegar allí con su hija. Su regreso es un enigma, y sobre esa deriva se establece una forma de vínculo que Ste. Anne le propone a su espectador: dejarse llevar por lo incierto.

Ste. Anne (Canadá, 2021). Guión y Dirección: Rhayne Vermette. Reparto: Kristiane Church, Amanda Kindzierski, Lindsay McIntyre, Erin Weisgerber, Rhayne Vermette. Duración: 90 minutos. Sección: Competencia Estados alterados.


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