Por Paula Vazquez Prieto.

I. Dos premiadas en el último Festival de San Sebastián se presentaron ayer lunes en su función inaugural en Mar del Plata como parte de la competencia internacional  La herida, película española dirigida por el debutante Fernando Franco, y Pelo malo, la venezolana de Mariana Rondón que se llevó la Concha de Oro en San Sebastián hace dos meses. La expectativa y el entusiasmo, propios de los primeros días, marcaban el pulso del ambiente en el Auditorium. En ambas funciones estaban presentes las actrices que fueron decisivas tanto para el planteo narrativo como para la dinámica de la puesta en escena. Distintos escenarios, distintos conflictos, una curiosa complicidad en la consciente administración de abundantes dosis de incomodidad y, al mismo tiempo, en la tendencia a una circularidad omnipresente que en ambas nos hace regresar al inicio con la amarga sensación de la ausencia de cambio.
II. En La herida, la elusión de la progresión dramática y el escape al cambio son evidentes: seguimos a Ana durante un año de su vida, en el que se encuentra sumida en una profunda depresión («Trastorno Límite de la Personalidad», diagnostica el catálogo), para descubrir que ese estado no ofrece variantes ni alteraciones sino que se ha visto naturalizado. Sus heridas físicas, reflejo de esa herida profunda que sólo se devela a medias, pero se intuye y asoma, siguen al final tan abiertas como al principio. Estamos con ella durante su jornada laboral, mientras traslada pacientes psiquiátricos en sus horas desesperadas, los anima y los divierte, para luego llegar, de nuevo con ella, a la soledad de su casa que comparte con una madre ausente, al desapego de su entorno, a la incomprensión u hostilidad que define las pocas relaciones personales que establece. Los planos cerrados y asfixiantes, la cámara inquieta, exponentes de una gramática ya conocida para el retrato del conflicto introspectivo, no disimulan su vocación explícita y autoafirmante. La presencia y el talento deslumbrante de Marian Álvarez sustituyen la carencia de un ritmo que debería acentuar altibajos o aprovechar momentos de inflexión –como parecería ser la boda de su padre y la textura concreta de una posible confrontación- y hubiera podido darle un vuelo que no consigue nunca.
III. Pelo malocuenta la historia de Junior, un niño de unos 9 años que, en pleno receso escolar, sólo piensa en la foto que se tomará para el nuevo ciclo lectivo vestido de cantante y con el pelo “liso”. En ese tiempo vacío que define a las vacaciones –cuando, como creía Hitchcock, los hombres ordinarios viven aventuras extraordinarias- Junior parece ver fluir sus deseos: su impaciencia por definir su peinado representa, en realidad, elecciones mucho más ambiciosas. Expuesto sobre el marco de una Venezuela mística y militarizada, el conflicto de Junior y su madre recrea un andamiaje presente en varias sociedades latinoamericanas, pero que aquí aparece con condimentos propios de la postura política de su directora (quién se manifestó crítica del gobierno actual de su país). La insistencia en un entorno que invade el conflicto familiar desde el afuera, de a retazos, con boinas rojas, armas y agentes de seguridad que configuran una Caracas sumida en un misticismo pseudo-religioso, que impulsa desde promesas criminales por la salud de Chavez hasta ritos mundanos para bajar de peso, nos permite intuir que se habla de algo más que de la homofobia que aún persiste –en Venezuela como en la mayoría de los países- y que sólo se enmascara con la mera corrección política.

IV. En La heridaestábamos muy cerca de Ana, casi encima de ella, intentando descubrir qué asomaba en su horizonte, aún sin conseguirlo. La crónica de su angustia, monótona y errática, se contagia de su misma enfermedad: el aislamiento. De hecho, abjura de los mismos mecanismos cinematográficos a los que recurre cuando se hace presente el conflicto, y lo esconde o lo niega. Su voz personal necesita un grito, una salida de ese punto de vista que no ofrece variaciones y se autocondena a la morosidad del estancamiento. En el caso de Pelo malo, su mirada sobre una clase tan despojada como consciente de sus posibilidades de subsistencia no deja de tener cierto tufillo paternalista. Aquí tenemos a una madre que no sólo no quiere a su hijo sino que ahoga sus intentos de construir una identidad en conflicto con una sociedad atravesada, todavía, por la intolerancia y el desconocimiento. Lo hace por miedo, por rechazo, no importa la razón. Lo cierto es que los cambios son procesos, nos queda claro, y las sociedades en sus distintos estratos cambian parcialmente y a veces a destiempo. Pero no creo que un consejo como el que le da el médico del hospital –eso de “búsquese un hombre para que el chico tenga un referente masculino” cuando la mujer consulta sobre qué hacer para evitar que su hijo le salga “mariquita”- sea aceptable como representación de otro sector poblacional. La sexualidad de Junior se convierte en una excusa para mirar ese mundo emergente en los sectores pobre de Venezuela con un distanciamiento que aleja a la directora de ese contexto y la autoriza a mirarlo desde arriba.


La herida (España, 2013), de Fernando Franco, 95′.
Pelo malo (Venezuela, 2013), de Mariana Rondón, 93′.

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