
En el comienzo del documental, la voz de Eloy de la Iglesia traída desde una antigua entrevista televisiva, detalla a los distintos Eloy que existieron (y en algunos casos convivieron): el heroinómano, el militante del Partido Comunista, el homosexual, el director de cine. Ese recuento sostiene lo fragmentario, advierte las caras diferentes que pudo asumir, pero dejando en suspenso la posibilidad de unir en un solo cuerpo esas esferas diferentes. El documental es el intento de unificar esas fracciones en una totalidad de la que pueda hacer emerger una imagen del director.
El formato que asume podría ir en contradicción con el retratado, en tanto se advierte un apego al convencionalismo. Sigue una línea histórica ordenada por la cronología que imponen las películas que realizó, agregando entrevistas a amigos, directores, actores y críticos que lo analizan a partir del contexto en que se desarrolló y de su evolución en el tiempo. En ese sentido el peso no se encuentra en las imágenes, sino en la significación que pueda agregar al relato puesto en palabras. Y en ellas, más que buscar una explicación de la obra, pensarla en función del momento histórico de España y del momento personal que atravesaba el director.
Ese mecanismo revela las intenciones: sacar a Eloy de la Iglesia de ese lugar de cineasta maldito, de clase B en el que se lo encasilló –pos los temas y géneros que abordaba, por la cantidad de películas que rodaba- y dotarlo de una especificidad como autor. Para ello, se detiene en el carácter que fue asumiendo su obra con el paso de los años: de la adscripción a los códigos genéricos en sus primeras películas –que coqueteaba con el thriller y hasta con variantes del cine de terror- situadas en los años del franquismo, hasta la liberación que implicó la recuperación democrática a partir de 1975, el cine de Eloy se plantea como una referencia para comprender, entre otras cosas, el funcionamiento de una sociedad reprimida.

En ese período de la transición incluso se encuentran películas que, se afirma, incluso hoy no se podrían hacer y que son el núcleo de su obra –específicamente El sacerdote (1978)– Esos años son los que el cine de Eloy parece aunar todas las características personales. Ese “desorbitar lo carnal” que denunciaba a la vez la castración del cine realizado en los años previos, se articulaba con la explicitación de la homosexualidad –puesta en primer plano- y con la forma en que la política emergía en ese nuevo contexto. El diputado (1978) parece ser, en ese sentido, una síntesis, no solo porque fue la película que lo llevó a un reconocimiento internacional. Sino porque allí aparece un espejo complejo y completo de la sociedad española de ese momento, que todavía se debatía entre la clandestinidad –sexual, pero también política- y una escena pública todavía reprimida, todavía represora.
Es interesante observar que en algún momento se sugiere un paralelismo con el surgimiento de la carrera de Pedro Almodóvar, pero para señalar la coexistencia de dos mundos completamente diferentes. No hay humor ni colorido en la mirada de Eloy. Se detiene en un acercamiento a los desposeídos –con una honestidad que intentó, y luego abandonó, Carlos Saura por ejemplo-, a los olvidados, tal vez porque en un punto no podía dejar de sentirse uno de ellos. Ese camino fue el que lo terminó condenando a una nueva marginalidad, no cifrada en el acompañamiento público –sus películas eran enormemente populares-, sino en la reconfiguración del panorama del cine español del posfranquismo, obsesionado con la necesidad de proyectar una mirada diferente sobre una España más integrada a Europa.

Por esa razón es que las voces de los entrevistados no establecen lazos con otros directores españoles de la época –la excepción podría haber sido su amigo Pedro Olea-sino que señalan otros modelos. “Era nuestro Fassbinder” señalan algunos, en referencia a la etapa en la que llevaba el amor y la muerte como pulsiones hacia los extremos. “Era nuestro Pasolini” indican otros, cuando analizan ese pasaje de su cine que se sitúa entre Navajeros (1980) y Colegas (1982). Y si a ello se le suma una referencia algo oblicua al cine político italiano de la década del 70, sostenido por una ligazón con lo periodístico sensacionalista, el resultado es una conjunción notablemente extraña.
Es después de esa etapa, y a pesar de la popularidad, que los problemas personales y las adicciones lo llevaron primero al ostracismo y luego a una debacle que parecía interminable y que el documental refleja haciendo que su imagen y su voz de esos tiempos desaparezcan casi por completo. El título del documental sitúa lo adictivo en otro territorio (“El cine es lo único que nunca me ha fallado”, dice Eloy), pero jugando con la relación con la que lo llevó a vivir literalmente en la calle. Por eso, el documental se convierte en una pieza de rescate, una crónica de los años en los que Eloy recuperó su forma gracias a la ayuda de amigos que lo sostuvieron y que lo llevó a volver a filmar después de 15 años de silencio y de un reconocimiento inesperado a su obra en el Festival de San Sebastián. Pero también funciona como rescate de una obra que necesita ser puesta en contexto para ser comprendida y que sigue hablando no solo de la España que fue sino de la que, en algún punto, sigue siendo.
Eloy de la Iglesia, adicto al cine (España, 2025). Dirección: Gaizka Urresti. Guión: Juan Barrero. Fotografía: Pepe Añon. Edición: Juan Barrero. Duración: 95 minutos
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