
Las listas tienen mala prensa. Quizás haya que rastrear el origen de semejante cuestión en la profusión que hubo a partir de la década del 90, impulsada especialmente por publicaciones que no querían quedarse afuera de la posibilidad de dar un dictamen propio sobre algún tema. Y es que las listas se pensaban como una posible evaluación de “lo mejor” dentro de un determinado rubro. La práctica se volvió rutina y así podemos pasar de “los mejores goles de la fecha” a “las 1000 películas que tenés que ver antes de morir”, con toda la variedad que puede caber en el medio de ello. La relatividad de esas listas –que eran el resultado de la opinión de un número más o menos variable de personas- se tomaba por totalidad e instalaba la discusión que, se sabía, no tenía resolución posible.
O sea, que el problema de las listas fue el de la evidencia de que su fin era la necesidad de organizar el mundo a partir de una jerarquía –que nadie había pedido- para señalar lo mejor y descartar lo que no había sido señalado. La práctica sigue vigente, especialmente en internet, donde se combina la atracción inicial y la repercusión por vía de lo discutible –porque toda lista lo es en sí misma: ¿a quién no le pasó discutir en la elección de, por ejemplo, las diez mejores canciones de los Beatles o con las diez mejores películas de Martin Scorsese?.
Entonces, la lista quedó reducida al orden, a la jerarquización. Lo que quedó de lado es la linealidad, la provisión de una información que ponga en equivalencia a elementos que pertenecen a un mismo universo. Una lista de películas, el libro de Martín Bastida, recupera esa idea, con la intención de volver a dotar a los listados de una utilidad que exceda la jerarquización. Lo hace, no con la pretensión de totalidad de, por ejemplo, los tomos del Diccionario de films argentinos de Alejandra Portela y Raúl Manrupe –que al fin y al cabo son una extensa lista organizada alfabéticamente- sino abarcando un universo a la vez más reducido, pero también más resbaladizo en su posibilidad de ser definido.
Bastida se propone en su libro listar las películas de la ciudad de La Plata. La cuestión, como lo advierte el autor en la introducción, es cómo arribar a la definición de ese objeto que puede ser denominado “cine platense”. ¿Son las películas en las que su acción transcurre en la ciudad?¿Son los documentales que se centran en problemáticas propias de la zona?¿Son las películas realizadas por directores nativos o de productoras radicadas en la ciudad?. La globalización y la concentración cinematográfica que tuvo durante décadas la ciudad de Buenos Aires, habilitan la confusión y la dificultad para encontrar ese rasgo definitorio. Consciente de la dificultad para encontrar películas “químicamente puras” en su pertenencia a La Plata, Bastida elige un camino hecho de mixturas. A todos esos posibles elementos de definición, le terminará agregando otros menos determinantes en otras clasificaciones de similar intención.
La elección que se hace implica un recorte y una organización. El recorte lleva a concentrarse únicamente en largometrajes, posiblemente por la dificultad que implicaría involucrar a la profusa cantidad de cortometrajes filmados en la ciudad –y del que puede dar cuenta tanto la producción de los alumnos de la carrera de Cine, como el rescate que hizo el Movimiento Audiovisual Platense de los trabajos previos al cierre de la Escuela de Cine en la dictadura militar-. La organización es puramente cronológica, con una división en dos partes. En la primera, se colocan las películas previas al año 2000, que implica alrededor del 10 % del total. En la segunda parte está el grueso de su listado, en el que refulge como subyacente la expansión de la realización de largometrajes en el país y la región.
En unas y otras, Bastida propone un recorrido que implica no solamente advertir el crecimiento de la producción, sino las características que va asumiendo. Desde el simple hecho de aportar una ficha técnica y una breve sinopsis, permite observar la preponderancia de algunos géneros –visiblemente, el cine de terror-, de formatos –el avance de los documentales- y hasta de procedimientos –la realización de films a varias manos, en varios de ellos incluso como resultado de las tesis de graduación. La lista de Bastida asume esos elementos con rigurosidad, para sostener la elección de lo que entra dentro de su corpus. Así es que en la lista conviven películas realizadas en la ciudad, con otras de realizadores nacidos en La Plata y especialmente, las que fueron realizadas por directores que estudiaron la carrera en La Plata –haciendo coincidir a Adrián García Bogliano, Sebastián Diaz, Carlos Sorín, Rodolfo Carnevale y Oscar Barney Finn entre otros.
La lista de películas de Bastida no es un juego ni una acumulación caprichosa. Define un objeto y en su confección logra transformar a la lista en un catálogo Cuya utilidad es mayor en tanto se propone como material de consulta para comprender la producción cinematográfica relacionada con la ciudad y su zona de influencia. Es un necesario punto de partida, un relevamiento que debería permitir a futuro, reunir esa producción dispersa –y en muchos casos, inhallable- en un espacio que la contenga como custodia del patrimonio audiovisual de la ciudad.
Una lista de películas. Catálogo del cine platense. Martín Bastida. Odradek-MAP. La Plata, 2026.
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