
En su última película Tres adioses (Tre Ciotole, 2025) la directora catalana Isabel Coixet trata el tema del desamor y de la despedida de la vida, con su característica sensibilidad cinematográfica.
Esta película, coproducción italiana-española, es la trasposición del libro homónimo de la escritora italiana Michela Murgia, editado antes de su muerte en el 2023, que consiste en una serie de relatos de ficción semiautobiográficos que se nuclean en torno al tema de la adaptación después de una crisis. Así, lo que en la película empieza como un drama romántico, vira luego hacia la narración de la experiencia emocional de transformación de la protagonista ante la posibilidad de una muerte cercana.
Marta (Alba Rorhwacher) es una profesora de gimnasia, antes atleta de gimnasia rítmica, que se encuentra en pareja con Antonio (Elio Germano), un cocinero que maneja su propio restaurant en la ciudad de Roma. Tras regresar de una inauguración artística en la que Marta se siente incómoda y por ello quiere irse temprano y sin saludar, en lo que parece ser una discusión nimia, se revela en realidad, el desencuentro entre ellos tras siete años de vínculo. Ella acompaña el crecimiento laboral de Antonio, pero nunca hay espacio para el encuentro a solas entre los dos, como al comienzo de la relación, dado lo demandante que es el trabajo en el rubro gastronómico. El tiempo transcurrido, sin dialogo, hace sentir entonces el desgaste, en lo que revela ser un lazo sostenido más en la cotidianeidad de la convivencia, que en el deseo. Antonio decide dejarla y el amor se revela entonces en un malentendido, pues Antonio cree que al llevarla al restaurant o a eventos donde realiza el catering, estarían compartiendo algo juntos.
A partir de aquí, la película sigue el derrotero en paralelo de ambos partenaires. Marta sufre la separación y suple la ausencia de Antonio con la figura de cartón en tamaño natural de un ídolo coreano de K-pop, con la que conversa durante las noches, y descarga su enojo dejando reseñas negativas sobre el restaurant de su ex. Antonio, por su lado, sigue extrañando a Marta, pero rehúye contactarla y deposita su nostalgia en las conversaciones que mantiene con sus empleados. Coixet trata aquí los recuerdos conjuntos de ambos en el pasado, al modo del flashback, pero empleando la textura de la cámara casera analógica y aportando con la iluminación el signo de los tiempos felices.

Tiempo después, Marta sufre de vómitos recurrentes y la consulta con la gastroenteróloga diagnostica un cáncer avanzado con metástasis. Aquí Coixet plasma el shock emocional de Marta al recibir la noticia a través de la fragmentación y del desenfoque del rostro de la protagonista.
A partir de ese momento, se da una transformación en el modo en que Marta enfrenta su vida. Por supuesto, que hay tristeza y dolor, pero no se hunde en ellas, vemos que se conecta con su vida de otra manera, de un modo mucho más vital que antes: come más y con disfrute, comienza a aprender el idioma coreano, se involucra en el cuidado de dos alumnas a quienes ve en el baño cuando se producen autolesiones cortantes y se la juega a vivir un coqueteo romántico con el tímido profesor de filosofía del colegio en el que trabaja. Incluso rechaza la posibilidad de un regreso con Antonio, cuando éste la contacta planteando sus sentimientos intactos. Es que el foco de su vida ya no es el otro, ni el amor del o por el otro, sino que ahora es ella misma quien toma las riendas y es el centro de su propia vida.

Coixet trabaja muy bien esta transformación interior de Marta en el modo de encarar su vida, a través de los colores de la vestimenta de la protagonista, que pasan del azul triste y distanciado del comienzo marcando el amor estancado y el desamor posterior, al morado pasión de quien sufre, pero está más conectado paradójicamente a la vida, y finalmente al amarillo, como signo de plenitud vital.
La música también acompaña adecuadamente la experiencia emocional de Marta moviéndose entre la nostalgia y la melancolía, así como la intertextualidad con el libro de Feuerbach (Enseñanza de la alimentación, 1850), está bien empleada en la línea de alimentar no el cuerpo físico, sino la dimensión del misterio de la vida. Hay además un uso interesante de las locaciones en el Trastevere, como expresión del carácter esquivo, diferente y misterioso que encarna Marta como mujer.
El titulo original de la película hace referencia a tres cuencos que Marta se lleva a cambio de los puntos de las compras del supermercado, que son tomados simbólicamente puntuando en el vacío mismo que el cuenco crea, las tres ausencias y despedidas que se suceden a lo largo de la película: la separación, la negativa del regreso y la muerte de Marta.

Pese a que resulta innecesaria la intención de aportar un mensaje ligado a disfrutar de la vida sin buscar razones para ello, que se expresa en la voz en off del comienzo y del final sobre el movimiento aéreo de los estorninos (de clara raigambre en lo literario), a favor de Tres adioses se destaca la pericia cinematográfica con que Coixet aborda el dramatismo de la película. Tres adioses consigue, entonces, sumergirnos en la profunda experiencia emocional que vive la protagonista desde la sensorialidad que Coixet construye con los elementos de la puesta en escena y desde la mesurada interpretación que realiza Alba Rorhwacher. El resultado es una película sensible y bella, que logra producir la emotividad justa, al evitar patetismos lacrimógenos innecesarios.
Tres adioses (Tre ciotole, Italia-España, 2025). Dirección: Isabel Coixet. Guión: Enrico Audenino, Isabel Coixet. Fotografía: Guido Michelotti. Edición: Jordi Azategui. Elenco: Alba Rorhwacher, Elio Germano, Silvia D´Amico, Francesco Carril. Duración: 120 minutos.
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