“Yo creo que cuando uno empieza a preguntar, el otro se da cuenta de que tiene una historia.” Con esa frase la poeta Diana Bellessi se refiere a los relatos que su padre le narraba, los relatos familiares que a ella le toca hilvanar, como pequeñas “hilachitas” que zurce en palabras, porque si no se cuentan, “todo se vuelve polvo”. Para Diana la palabra es un mandato, es una dádiva que se asume con firmeza, a conciencia, para poder contar lo que otros no pueden, para poder hacer hablar a los demás. A Diana le gustan “esas plantas que no tenés que cuidar tanto, sino que se vuelven nativas”, porque en ellas logra ver la belleza natural. Una planta nativa se asienta, crece, se autorregula y alcanza “una magnitud de belleza que ningún jardín real tiene”. Las historias también se asientan, los relatos también decantan, las palabras saben, gustan, y en el goce de pronunciarlas el poeta invita a que el otro también hable, a que nos cuente su historia. Diana, que quería recuperar la saga íntima, sin estruendo pero inestimable, de su padre,  recuerda: “…cuando le empecé a preguntar mucho al papá, él en algún momento rompió en llanto y dijo: ‘no le pregunté suficiente al mío’ ”. Existen poetas, para que no se ausenten las voces.

Y enfrentar una película sobre un poeta no es simple, desde el momento en que la palabra hablada tiene un ímpetu que desafía todo el tiempo la veracidad de las imágenes. El jardín secreto corre ese riesgo. El título propone una consigna que la película se encarga de elaborar, a veces con un celo excesivo: El jardín secreto nos cuenta el quehacer diario de una poetisa que pasa mucho de su tiempo en la compañía íntima de las plantas, ya sea en el jardín del patio de su casa citadina o en el monte en su casa del delta. Plantas a las que verdaderamente adora, plantas que lleva y trae, como a ella sus viajes imaginarios y reales, desde el delta hacia el jardín y desde el jardín al delta. Cuando una planta desanima, marchita, sabe que es momento de hacer el viaje en lancha para trasplantarla al monte. En un plano bellísimo, Diana, con una sonrisa vaga en la mirada, sostiene sentada bajo el toldo de la lancha, el tallo de la planta que irá a ganar fuerzas en la tierra de monte. Diana reconoce en el ímpetu furibundo de la naturaleza, el vértigo tensado de la creación. Confía en “las dos instancias: el vértigo y el retorno, el vértigo y el retorno”.

Y el momento del retorno, de la placidez, se exhibe en la película. Cuando Diana visita a su hermana, las dos mujeres nos regalan momentos de un candor inestimable en gestos mínimos, pequeños. Lavan las verduras en la cocina, caminan en la noche acogedora, y la mesa espera servida en la galería de madera. El recuerdo siempre presente, siempre. En un cuaderno escolar de Diana, escrito con una caligrafía infante, se lee: “Qué lindo día de sol, dan ganas de andar, andar, andar”.  La niña, cuando trazó esas palabras, conoció y grabó en la escritura su destino.

En uno de los momentos más bellos de la película, Diana visita el cementerio con su tía y en toda la escena esplende el encanto de lo cotidiano. Las dos mujeres trabajan el memento de la muerte con la misma delicadeza y encanto con el que prepararían un tocado de flores. En ese rito de visita a nuestros muertos, trabajado desde el encanto cotidiano de la labor de las manos, se puede dialogar con esas voces ausentes. Y la mujer, no la poeta sino la mujer, las interpela desde la voz más arraigada, la voz familiar.
Si Diana Bellessi construye con sus manos “jardines que dialogan con el monte”, es porque sabe que “el jardín es una pasión que cuida, y el monte es una pasión que arrasa”, que ese doble movimiento, como lo tiene la vida, lo exige la escritura: “el vértigo y el retorno”. Tal vez eso se le puede reprochar a El jardín secreto: haber logrado representar el retorno, la placidez humana del poeta, el remanso de la palabra, pero haberse quedado a mitad de camino en la puesta en escena del vértigo, de la potencia verbal, visual, carnal que vive en los poetas. Es, en este sentido, una película plácida. En la “diferencia entre el aventurero y el viajero que vuelve y cuenta”, El jardín secreto sólo nos narra el regreso del viajero.
En una escena cargada de nostalgia, Diana se introduce en el monte en medio de un campo, y la vemos ver. Contempla cómo el monte, en sus adentros, devoró la casa de la infancia. De la casa materna quedan solamente ruinas que se incorporan como salvajes maseteros, como escombros de la vegetación. Otro jardín. Son ruinas encontradas que sostienen “el recuerdo de la infancia y la furia”. La “rabia” por la forma injusta en la que echaron a sus padres de la chacra. Junto a ese monte, Diana lee Detrás de los fragmentos, sola, en la vastedad de la llanura, con la única compañía de Talita Kumi, su fox terrier que la acompaña incansable donde vaya.
La película tiene un mérito seguro, y es el de mostrar a Diana Bellessi de una manera íntima, querible, entrañable. Después de ver El jardín secreto será difícil no quedarse encantado con esa mujer de mirada candorosa y cómplice que nos asegura que, como los “fantasmas” y los “aparecidos”, los ancestros, nuestros muertos, también nos dictan. Dictan un mandato que es mucho más que el resguardo de la memoria. Esas voces habitan al poeta y le piden que nombre, que dé nombre, que cuente. Y el poeta hará hablar a esas otras voces. Enhebradas por su ímpetu de palabra, las hará hablar en su escritura. El poeta asume las otras voces, da lugar (como el cine da lugar al otro), para llevarlas a otra parte. A donde Diana Bellessi, asumiendo el mandato, desea llevarnos: “Yo te digo que es ahí donde te quiero llevar: simple… y hondo”.

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