argentinean_la_patota_JC12007_CLa patota de Santiago Mitre resultó ser un corrimiento malintencionado de los ejes estéticos, genéricos y discursivos de la original de Daniel Tinayre en busca, quizás, de una solemnidad que a las claras pretende corregir los excesos melodramáticos del relato original, afectando negativamente a la relación entre el espectador y la protagonista. No me extrañaría que muchos experimenten algún tipo de fricción con la Paulina de Dolores Fonzi, de hecho ya he leído y escuchado a varios referir que el personaje les había resultado odioso, y es comprensible. Sin llegar a detestarla sentí algo similar mientras la veía, pero teniendo en cuenta el peculiar carácter del personaje que ya desde su génesis me resulta fascinante preferí concentrarme en cómo las transiciones que se llevaron a cabo arremetieron contra ella. Digo que La patota de Mitre no está a la altura de Paulina. Tal vez la original tampoco lo estaba, de una forma u otra siempre termina castigada y uno hasta llega a sentir que mucho de lo que le sucede después de la violación está puesto ahí de un modo apócrifo, forzado, con tal de no darle el brazo a torcer. La película, como sus atacantes, no puede, no quiere o no sabe cómo abordarla y necesita categorizarla de alguna manera al punto de ir contra su propia voluntad victimizándola.

Una relectura de la historia y del personaje hubiera potenciado a la original si partiendo desde la misma premisa no evadiera el género, explicitando sin temor su naturaleza de cine de explotación popular. Pero aun suponiendo que la decisión de volcarse hacia una puesta más naturalista tenga que ver con la necesidad (¿con qué necesidad?) de otorgarle al tema un tono más «comprometido» y acorde a la (híper)sensibilidad cifrada y reinante sobre la violencia de género, no resultaría tan llamativa si no estuviese acompañada por otros desplazamientos que desde el guión descubren una intencionalidad que cuadra con el discurso de Fernando (Oscar Martínez) antes que con el de su hija. Esta nueva versión de La patota termina asumiendo para sí todo lo que la protagonista le recrimina a su padre desde la primera escena (y que iré dilucidando a lo largo de este análisis) mediante un trillado discurso progresista con redundancia de adjetivos despectivos que hacen doler los oídos y que, hablando mal y pronto, la hacen quedar como una boluda con lindas intenciones pero al borde de transformarse en una nena de plata caprichosa que busca la atención de su papá. Esa escena inicial, filmada en un extenso plano secuencia que arranca desde un primer plano de Paulina mientras la voz paterna(lista) desde el fuera de campo nos completa el espacio y la mirada, antes que identificarnos con la protagonista nos enfrenta a ella. Debido a la situación planteada, la actitud combativa y ofensiva del personaje, sumadas a la rígida belleza de Dolores Fonzi hacen de esta nueva Paulina un personaje a priori más hermético que enigmático. Su invariable fortaleza la despoja de psicología y humanidad; Paulina es ahora toda discurso.

la_patota1Paulina, ahora, también es laica. Ya no enseña filosofía en una escuela religiosa barrial; con el mismo espíritu altruista es, ahora, una abogada recién recibida con un proyecto social. Da clases de derecho en una escuela rudimentaria en Misiones en contra de la voluntad de su padre que le augura (quiere imponer) otra clase de futuro. Este enfoque estrictamente político del personaje elude las cuestiones ontológicas que suponía la Paulina original, en primera instancia porque aquella ya se encontraba por fuera de las demarcaciones legales del caso, su mirada sobre lo ocurrido surgía de sí misma, de un fuego interno verdaderamente apasionado. Ante tanto delirio -o tal vez a causa de– visual, musical (las canciones interpretadas por Billy Cafaro, especialmente el leitmotiv Viento, viento, son inolvidables y generan un contraste por momentos sórdido) y de guión paradójicamente otorgan a las decisiones de la Paulina de Mirtha Legrand una lógica irrefutable; el sentir religioso comprende profundas contradicciones y un grado de locura. Vale decir, en aquella la entendemos porque la puesta nos conecta directamente con ese sentimiento. Ahora, Paulina forma parte de la insensible maquinaria legal institucional y además es sumamente pragmática y lúcida, lo que facilita la incomprensión y la anempatía ante su cruzada, más aun cuando tampoco presenta contrastes de carácter en ningún pasaje de la película.

Me atrevo a decir que la versión de Mitre/Llinás realiza una inversión de los roles de Paulina y el padre, beneficiándolo a él especialmente, como si humanizarlo implicara sí o sí deshumanizarla a ella. De un padre despótico y distante, como lo era el Juez interpretado por Cibrián, pasamos a uno sobreprotector y cariñoso como Fernando (Oscar Martínez); sin embargo, Paulina no sólo persiste en su postura sino que además pareciera estar en constante resentimiento, sin lugar en ella para ningún tipo de placer (la salida con su novio al carnaval o la escena en la que tienen sexo en el auto pasan sin pena ni gloria). En realidad, ni siquiera se la ve disfrutar mientras enseña. A la distancia se podría pensar que estamos ante un personaje femenino que “logra” romper con el patriarcado y afianzarse sola en el mundo frente a toda adversidad (así, con tono muy serio), pero mirando de cerca –y no tanto, con acercarse un poquito alcanza- vemos que esto no pareciera posible si los personajes masculinos no pierden todo poder y valor. La delgada línea entre feminismo y misandria es cada vez más difícil de delimitar, pero este es un buen ejemplo para abrir la discusión: no es posible una mujer emancipada sin un hombre derribado o directamente borrado. El personaje de Alberto, interpretado por Esteban Lamothe, no existe, lisa y llanamente, y el del padre queda emocionalmente desnudo, fuera de foco, detrás de la gigante Paulina que se retira triunfal.

La patotaNo hay que dejar de señalar que la nueva profesión de la protagonista la coloca mucho más debajo del ala de su padre. La forma en que Mitre y Llinás optan por enfocarse en la relación padre e hija no complejiza en absoluto lo que en la original estaba trabajado con más potencia al contextualizarse dentro de los códigos de la puesta en escena melodramática a la hora de exponer la tensión sexual y la violencia implícita de la relación. «De pronto, en medio de la fiesta vi la mirada de mi padre. A mí siempre me había mirado como a una extraña. Como si yo fuera una culpa, un delito, algo que él debía castigar», nos decía Paulina casi como en una confesión. En la nueva versión los códigos institucionales religiosos pasan a ser judiciales y el flashback llega a nosotros en forma de exposición ante una psicóloga forense. Ya no tenemos una voz directa con Paulina, nuestro encuentro con su verdad se verá filtrado por otros personajes.

Lo terrible no es tanto que intencionalmente se nos haya alejado de ella sino que la puesta visual de Mitre replique los discursos reaccionarios de la primera que el guión pretende acallar. Nadie va a decirle a Paulina que vaya a dar clases con ropa menos provocativa, como en la primera lo hacía la rectora del colegio pocas escenas antes de la violación, pero ahora la película se va a encargar de mostrarla dando clases con una remerita colorada suelta y sus pezones erectos (detalle fisiológico para nada menor) el mismo día del ataque. Con la misma cobardía obra sobre los atacantes. Fernando, pese a las acusaciones de su hija, no verbaliza pensamientos reaccionarios como los del personaje de Cibrián; en ningún momento va a referirse sobre los futuros alumnos de su hija de forma despectiva, tratándolos de bestias, sin embargo la película los presenta y desarrolla como tales. Peor aún, el único personaje que los catalogue de esta manera será Laura (Laura López Moyano), una lugareña, colega de Paulina, y perteneciente a la misma clase social que los pibes.

Entre ellas se forjará una supuesta férrea amistad (digo supuesta porque toda la película divaga sobre un potencial visual y dialéctico que no mete las manos en el barro nunca porque le falta valor) realizando otra operación deplorable: si Fonzi es una de las actrices más lindas que tenemos en nuestro cine, su partenaire es una mujer ignota y muy afeada. Pero la antagonista de Paulina va a ser otra chica, Vivi (Andrea Quattrocchi), una morocha muy linda que tuvo una relación con uno de los chicos que forma parte de la supuesta patota y al que abandona en muy malos términos (otro hombre menospreciado y van…) siendo este el disparador de la violación. No es el puro deseo incontrolable de una banda de rufianes lo que provoca el hecho, el móvil ahora es la venganza. Y más: escenas antes del ataque a Paulina, vemos a Ciro (Cristian Salguero), principal violador -o único en realidad-, sin poder enfrentarse en un mano a mano con otro hombre lo que carga de una terrible cobardía a la posterior situación y a este personaje en particular, animal al que Paulina ya no podrá adiestrar.

19_Jun_2015_14_44_09_la-patotaEn otro acto impiadoso La patota le roba la posibilidad de enfrentarse a sus victimarios y darles la lección que en la original desencadenaba una de las líneas de diálogo finales más alucinantes que escuché (teniendo en cuenta todo lo ocurrido): “Flor de lección nos dio la maestra. Y no la vamos a olvidar en la vida”. Hermoso. Ahora no, la intención de Paulina se verá interceptada por la voz mandante del culpógeno padre que ordena detener y torturar a los atacantes en una escena que tampoco se anima a filmar con todo el morbo que contiene. Precisamente, ante cada hecho violento la película se contiene (la violación grupal que no es grupal y el ataque en la cárcel que no incluye violación). El discurso social que a partir de este hecho se desprende y que monologa Paulina en la escena final frente a su padre -con el mismo tono y el mismo gesto aguerrido del comienzo o de toda la película- es otro compendio de lugares comunes sin ningún tipo de profundidad. En el mejor de los casos, nos quedamos acurrucados con el viejo, ya que al menos ahí hay un sentimiento del que agarrarse. Aunque evada la religiosidad, la nueva patota no puede sacarse la culpa de encima.

Aquí puede leerse un texto de Gabriel Orqueda y otro de Marcos Rodríguez sobre La patota de Santiago Mitre.

La patota (Argentina, 2015), de Santiago Mitre, c/Dolores Fonzi, Oscar Martínez, Esteban Lamothe, Cristian Salguero, Verónica Llinás, 103’.


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