Aunque de esto ya pasaron muchos años, algo así como unos treinta y cinco, estoy seguro de que la primera vez que vi a Ray Liotta en una película fue en «Something Wild» (Jonathan Demme, 1986), que acá se conoció con el título que encabezan estás líneas un poco perplejas, un poco afligidas: «Totalmente salvaje«. Y  si bien el título hace referencia al personaje protagónico (Melanie Griffith),  es inevitable asociar la actuación de Liotta a esa calificación, en tanto exhibe algunas características que luego confirmaría: una tendencia inmediata al desborde, un rechazo casi absoluto a solucionar las cuestiones adversas por el camino del diálogo o por las buenas. Me voy a saltear su siguiente aparición en «El campo de los sueños«, porque si bien su participación es muy buena, en un registro muy distinto y rodeado de un cast glorioso, el papel y la actuación de su vida lo consigue por ese nervio desplegado en la película de Demme.

Por los siglos de los siglos Ray Liotta será el Henry Hill de «Goodfellas» (Martin Scorsese, 1990). El niño irlandés adoptado por los italianos (en efecto, Liotta fue adoptado por el matrimonio que conformaban una madre irlandesa y un padre italiano). Una aparición inesperada y sorprendente. Una actuación consagratoria (y ya volveremos a esta palabra). Una obra maestra en donde el actor muestra un registro amplísimo, que va de la galantería absoluta cuando ingresa con Karen (Lorraine Bracco) por la puerta lateral del Copacabana (una escena cuya fascinación sigue intacta) hasta la escena donde Karen es atacada por su vecino. En esta escena hay una ferocidad y una determinación que lo emparentan con James Cagney: no importa cuántos tenga enfrente y si va armado o desarmado: todos los que se le crucen en el camino la van a pasar muy mal. 

Renglones arriba escribí sobre la actuación «consagratoria» que significó su Henry Hill de «Buenos muchachos» y prometí regresar a esa palabra. Un par de años después, Liotta filma «Unlawful Entry«, un thriller rutinario que acá se llamó «Obsesión fatal«, donde interpreta a un policía psicópata: otra vez el desborde, la locura y la estabilidad emocional de la nitroglicerina. Otra consagración, pero que esta vez lo arrojaría a eso que los actores temen tanto: el encasillamiento. No se le permitiría ya la posibilidad de un hipotético papel como un apacible bibliotecario, por ejemplo. 

Hay algunas buenas películas desde ese entonces: está la subvalorada Cop Land (1997). Y también el rol altamente desagradable en Hannibal (2001), y después demasiadas películas del montón más ingrato y con actuaciones mejores o peores, pero alejadas de esa «cima del mundo» que fue Goodfellas.

Algo más, que es una curiosidad reveladora y que creo que le da al personaje, al hombre, al actor que estamos despidiendo con afecto y tristeza, un matiz muy autoconsciente, noble y hasta divertido: en 2007 Liotta participa como él mismo en «Bee Movie» (dirigida por Simón Smith), y en la escena del juicio, donde su personaje declara como testigo, el protagonista Barry B. Benson (Jerry Seinfeld) le dice que «tiene un tumulto interno a punto de explotar». Por supuesto, Liotta explota, demostrando un enorme sentido del humor que es lo que también -y créanme, que no es poco asunto- me da la posibilidad de terminar estas líneas con una sonrisa…


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