Paul Thomas Anderson ama filmar videos para Radiohead, Tom Yorke y Haim volviéndolos, realmente, piezas cinematográficas exquisitas.

Paul Thomas Anderson ama a las hermanas Haim. Las ama y las puso a todas juntas en su Licorice Pizza.

Paul Thomas Anderson las puso, además, junto a su padre y su madre en la vida real y le dio el papel estelar a Alana, quien en la película se llama también Alana (aunque de apellido Kane), es judía, dice tocar la guitarra y saber cantar aunque nunca lo hace en el film, tiene veinticinco años y una vida entre anodina e intrascendente aunque sea un “pitbull inglés” por dentro -como bien le dice la manager de actores (Harriet Harris) en una escena memorable de las tantas que tiene la película-.

Paul Thomas Anderson ama a Philip Seymour Hoffman. Y ama a su hijo Cooper. Y le dio el otro papel estelar en la película, el de Gary Valentine: un coloradito de quince años, robusto, lleno de acné, ex estrella infantil a lo Cris Morena que ya no da para la pantalla pero que es altamente emprendedor y está perdidamente enamorado de Alana por más que le lleve diez años de edad.

Paul Thomas Anderson debió odiar[1] Érase una vez en Hollywood (2019), ese centón fílmico de un Tarantino medio agotado donde, con la excusa de “amar al cine”, se rendía homenaje -entre narcisista y pajerto- a sí mismo y su forma personal de ver películas en un bodoque de casi tres horas diseñado con todos los gags tarantinescos para que uno se los aplauda como foca al reconocérselos.

Paul Thomas Anderson sabe que los 70 fueron el clímax de su cultura: Estados Unidos terminó -como en una figura que se une por puntos- de delinear su identidad (especialmente cultural) post segunda Guerra Mundial antes de arrojarse al mundo en los 80-90 como los nuevos amos (económicos) del mismo entre la caída de la Guerra Fría junto a todas sus ideologías y el comienzo indetenible de la era digital con sus sembradíos de aldeas globales.

Paul Thomas Anderson, por eso, filma sus 70 como el “final de la inocencia” entre la nostalgia y la crueldad, lo analógico y lo fisiocrático, la felicidad y el cinismo aunque no haya ninguna inocencia allí, precisamente, pues, el comienzo del verdadero sueño americano es, circular e irónicamente, siempre su final.

Paul Thomas Anderson filma un amor tan imposible como posible entre el Hollywood californiano mal calibrado, el capitalismo naif y emprendedor, la juventud que caducó en sus signos y a la que sólo le quedan algunos símbolos vivaces, la familia como núcleo de los simulacros sociales a pesar de sus disfuncionalidades, y la licencia de desear todo y a todos sin mayores culpas ni permisos, con pasión de verdad.

Paul Thomas Anderson agobia, y para bien, con la música de los 70, con sus guiños cinéfilos, con el inmenso Tom Waits haciendo de un apócrifo Rex Blau, con el efectivo Sean Penn haciendo de William Holden, con el apenas Herman Munster de John C. Reilly, con su mujer Maya Rudolph haciendo de una ayudante de casting, con un hermano Safdie, Ben, haciendo de Joel Wachs y un genial Bradley Cooper interpretando a un Jon Peters de antología, entre otras menudencias.

Paul Thomas Anderson filma tres secuencias memorables: la de la presentación de Alana con la manager como ya mencionamos, la corrida de Gary al compás de Life on Mars? de Bowie mientras Los Ángeles parece una parodia pos apocalíptica ante la escases de nafta, y la del camión que conduce Alana con el tanque vacío después de las idas y vueltas con Jon Peters.

Paul Thomas Anderson es uno de los imprescindibles del cine. Del actual: pues es, por lejos, el mejor de su generación; de todos los tiempos: pues está haciendo películas que se agradecerán en la inmortalidad del séptimo arte. De cualquier arte.

Paul Thomas Anderson deja, en definitiva, con su Licorice Pizza, una joyita del verano para apreciarla en cine -o, en definitiva, donde se pueda: pero apreciarla-, proyectando a un Cooper Hoffman y a una Alana Haim como potenciales estrellas a futuro en un tiempo donde la red social es lo que para Gary fueron las ventas de camas de agua y donde el amor -entre la ironía de la inversión “tradicional” de las edades- juega a ser una hermosísima aunque nada complaciente parábola del destino: ese que ya en Petróleo Sangriento (2007) se cuajó y resolvió en una canchita de bowling matando a Dios; ese que de tan inevitable e innegociable se vuelve delicioso fatalismo para disfrutar hasta el final en un bodegón de pinball recién habilitado para mayores de edad.


[1] Por eso lo hizo actuar al padre de Leonardo Di Caprio, George, como vendedor efímero de camas de agua…

Licorice Pizza (Estados Unidos, 2021). Guion y dirección: Paul Thomas Anderson. Fotografía: Paul Thomas Anderson y Michael Bauman. Música: Jonny Greenwood. Reparto: Alana Haim, Cooper Hoffman, Sean Penn, Tom Waits, Bradley Cooper, Ben Safdie, Maya Rudolph, Joseph Cross, Emma Dumont, Skyler Gisondo, John C. Reilly, Mary Elizabeth Ellis, Emily Althaus. Duración: 133 minutos.


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