El problema no son las adaptaciones, sino las omisiones y cómo esas omisiones construyen un nuevo relato que traiciona el espíritu de la obra que se adapta. No se trata de acordar o no con las diferentes lecturas de los textos en cuestión (en este caso, el literario y el cinematográfico) sino, como dice Eduardo Romano en Entre cine y literatura, comprender qué significa adaptar una obra de un lenguaje a otro. «En general, se entiende que ‘adaptar’ una obra literaria a la pantalla es hallar un conjunto de analogías audiovisuales dentro del texto, partiendo del presupuesto de que no se trata de una réplica exhaustiva. ¿En qué consiste, entonces, una buena adaptación? (…) En el respeto por los núcleos significativos e ideológicos fundamentales del texto al que se apela y no la sujeción al detalle argumental”.

Es precisamente el respeto por esos núcleo significativos e ideológicos lo que se omite en la película de Rodrigo Sepúlveda. Tengo miedo, torero no sólo es la primera novela de Pedro Lemebel sino su primera historia de amor: la de La Loca del Frente y Carlos. Publicada en 2001 el autor elige situar su historia en Santiago de Chile en 1986, precisamente en septiembre de ese año, y el disparador es el frustrado atentado contra el dictador Augusto Pinochet y más allá (o acá) de la data pura y dura esta historia, como toda la narrativa de Lemebel, es “parte real y parte silicona”, como solía decir.

Avancemos entre traiciones y cuplés. En este punto bien vale la advertencia: si no han visto la película no sigan leyendo ya que, necesariamente, se desvelarán “como descorriendo una gasa” algunos tramos de la película.

La noche, una razzia, la policía, una muerte, el miedo, la huida, el cine porno feo y sucio, todos los tópicos que abrevan en la construcción del imaginario de la “marginalidad” que, en la mirada del director, es el espacio en que el, necesariamente, habita esta (¿y otres?) travestis, putas o transexuales. La aparición mágica y salvadora del héroe (nuestro hombre) y el inicio de la relación. Esta mirada estereotipada y cargada de prejuicios se cuela e impregna la película. “Aquella casa primaveral del 86 era su tibieza. Tal vez lo único amado, el único espacio propio que tuvo en su vida la Loca del Frente”, escribía Lemebel[1], y ahora la vemos convertida en un espacio oscuro y derruido, sucio y abandonado.

La calle, las movilizaciones, las protestas, las madres, la represión forman parte de este relato chileno hasta la médula y también forman parte de la construcción de la mirada de nuestra Loca en medio de este amor atravesado por la realidad. El proceso está ausente y lo que se muestra, y cómo y cuándo se muestra, engorda innecesariamente el discurso bienpensante. La secuencia de la calle, de las madres con las fotos de sus hijos desaparecidos, la música incidental, todo al inicio del relato es de un maniqueísmo imperdonable, más aún si tenemos en cuenta que Lemebel -consecuente con su ética militante- rechazó la propuesta de Pablo Larraín (director de Neruda y Jackie, entre otras y nominado al Oscar) para adaptar al cine esta novela, con Benjamín Vicuña como Carlos, por ser el hijo de Hernán Larraín, político de derecha, miembro de la Unión Demócrata Independiente (UDI) y actual ministro de Justicia y DD.HH. en el gobierno de Piñera.

La omisión manifiesta de la pareja Pinochet-Doña Lucy es, quizás, la segunda traición y la más costosa en términos narrativos. Ambas parejas funcionan como extraños espejos: el amor incipiente, leal y confiado (La Loca y Carlos) frente al matrimonio hastiado que se soporta (Pinochet y señora). Las intervenciones de Doña Lucy, que con su incesante parlotear construye y destruye todo al paso de su palabra, nos deleitan con la más exquisita y feroz de las caricaturas que he leído sobre el dictador y el régimen. Todo eso falta, todo está omitido.

Y llegamos al mantel, esa pieza de tela que recorre todo el relato y se vuelve objeto mágico y toma de conciencia. La Loca del Frente borda sábanas y manteles para los ajuares de los ricachones del régimen, y de eso vive. El encargo de Doña Clarita, su mejor clienta, ha devenido en su mejor pieza y como tal será este mantel el que enmarque sus encuentros enamorados. Pero el mantel tiene otro destino aparente: engalanar la mesa a la que asistirá “el general” y de ahí el pedido de agregar el escudo nacional. La Loca se resiste, primero con elegancia tratando de convencer a su clienta, y después con fiereza, con el alma henchida de orgullo, negándose y perdiendo. Este gesto es un momento de quiebre, su mirada sobre la realidad, esa “que le daba susto” ya no es la misma. Ella no es la misma y se va y se encuentra en medio de una marcha de las madres y alguien le da una foto que ella prende en su camisa y está ahí y es parte de esa realidad histórica y se sumerge y se involucra. “Uno también tiene su dignidad, y como dice Carlos: Todos los seres humanos somos iguales y merecemos respeto. Y apretando el paquete del mantel bajo el brazo, sintió nuevamente y por segunda vez en ese día una oleada de dignidad que la hacía levantar la cabeza, y mirarlo todo al mismo nivel de sus murciélagos ojos”.[2]

Hay una épica del amor, de la otredad y de la conciencia en este pasaje. Es inentendible la operación que realiza Sepúlveda: en la película el mantel es reemplazado por otro con el escudo bordado y entregado a su dueña. En ese gesto en apariencia menor reside la más abyecta de las traiciones, se traiciona el espíritu de la novela y el director -y autor de esta narración audiovisual- traiciona su creación y por la espalda.

Tengo miedo, torero es una novela chilena hasta la médula y de ahí que haga tanto ruido la elección de los protagonistas, Alfredo Castro (La Loca del Frente) es un gran actor, dúctil como pocos y, de alguna manera, sostiene -quizás en gran parte producto de las omisiones y “recreaciones” que mencionamos- el relato sobre sus hombros pero no alcanza. Está ausente esa fuerza y ese color vital que hacían de La Loca el personaje enamorado y transformado por la ternura y el deseo que imaginó Lemebel. El tema de Carlos es más complejo, teniendo en cuenta la elección del actor mejicano Leonardo Ortizgris para un personaje tan chileno. No alcanza con forzar el argumento ubicando en México ese pasado que estaba en Chile y tampoco se justifica su pertenencia al Frente Patriótico de Liberación Manuel Rodríguez, aunque lo más notable es que no aparece en ningún tramo del film ese vínculo que se forma entre los protagonistas que nos hace pensar en la historia de amor. Otra cuestión que se suma a esto es la edad de ambos actores, tanto La Loca como Carlos son mucho más jóvenes que como aparecen retratados. Sin ánimo de ofender Castro no da una cuarentona ni Ortizgris un joven estudiante universitario.

Estoy segura que esta película no le habría gustado nada de nada a Lemebel y que será rápidamente olvidada, pero si de alguna manera invita a les espectadores a acercarse a su obra, salimos ganando.


[1] Tengo miedo torero, Pedro Lemebel, 2001.

[2] Tengo miedo torero, Pedro Lemebel, 2001

Calificación: 5/10

Tengo miedo, torero (Chile/México/Argentina, 2020) Director: Rodrigo Sepúlveda. Guion: Rodrigo Sepúlveda, Juan Tovar. Fotografía: Sergio Armstrong. Montaje: Ana Godoy, Rosario Suárez. Música: Pedro Aznar. Elenco: Alfredo Castro, Leonardo Ortizgris , Julieta Zylberberg, Sergio Hernández , Ezequiel Díaz , Luis Gnecco , Amparo Noguera, Paulina Urrutia. Duración: 93 minutos. Disponible en Cine Ar Play.


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